“Que lean a Javier Marías, a Enrique Vila-Matas, a Rodrigo Rey Rosa, a Juan Villoro”, fue la recomendación certera y urgente que hizo Roberto Bolaño en aquella memorable entrevista que dio a La belleza de pensar, en 1999 . Para el autor de Los detectives salvajes. El escritor español, oriundo de Barcelona , era amigo de Bolaño, quien residió justamente en la ciudad condal. Luego se mudó al balneario catalán de Gerona y posteriormente, en 1985, a Blanes , su residencia definitiva. Más aún: a inicios de la década de los 2000 ambos compartían una página en el diario Las últimas noticias donde cada uno escribía una columna sobre Libros. Por entonces, el hispano ya era considerado un nombre relevante de las letras de su país, y el chileno si bien tenía un respeto, no era la estrella literaria y distante que es hoy. “El bolañismo vino después de su muerte”, apuntó a este medio el entonces editor de LUN, Andrés Braithwaite. Hoy la noticia es que Vila-Matas acaba de recibir el Premio Nacional de las Letras Españolas 2026 , en reconocimiento a una trayectoria que a sus 78 años lo tiene encumbrado como un referente. En sus palabras, su trabajo literario es “una reflexión sobre la escritura y la literatura”. De hecho, según el acta del jurado, Vila-Matas “encarna de manera magistral los principios medulares de la ficción posmoderna a través de un estilo particular donde las fronteras entre realidad y fabulación se difuminan y entremezclan con absoluta fluidez, construyendo un universo literario que dialoga con la tradición mientras la reinventa. Al convertir la duda en método y la lectura en aventura, reivindica la creación literaria como un arte de la inteligencia y del placer”. En el fondo, Vila-Matas es un escritor obsesionado con los escritores y los libros. Literatura sobre literatura. Entre sus libros más importantes destaca la trilogía metaliteraria de principios de siglo. Bartleby y compañía (2000) es quizá su obra más emblemática: un ensayo-novela sobre los escritores que un día dejaron de escribir (Rulfo, Rimbaud, Salinger…), inspirado en el personaje de Melville que “preferiría no hacerlo”. Le siguen El mal de Montano (2002), donde un crítico “enfermo de literatura” ve la realidad exclusivamente a través de los libros, y Doctor Pasavento (2005), centrada en el deseo de desaparecer y en “la dificultad de no ser nadie”. Otras piezas clave son Historia abreviada de la literatura portátil (1985), su obra fundacional que ya anuncia todo su universo; París no se acaba nunca (2003), recreación irónica de sus años juveniles en una buhardilla de Marguerite Duras; Dublinesca (2010), homenaje a Joyce y Beckett; Kassel no invita a la lógica (2014), sobre el arte contemporáneo; y títulos más recientes como Montevideo (2022) o Canon de cámara oscura (2025). Candidato español al Nobel, ha señalado: “Mi visión de la literatura es la del juego y cuando entré en el top 5 de candidatos para el Nobel me dediqué a criticar a mis supuestos rivales en artículos, para jugar a creerme que ya estaba todo hecho”. Vila-Matas también ha recibido otros importantes galardones, entre otros: el Premio Rómulo Gallegos, el Premio Herralde de Novela, el Formentor de las Letras y el FIL de Literatura en Lenguas Romances. Historia de una amistad Quizás esa mirada de la literatura fue precisamente lo que lo acercó a Bolaño. Los juegos, los cruces de voces, y sobre todo, hacer literatura sobre literatura, donde los personajes son narradores, profesores de literatura o poetas salvajes. De hecho, tras su muerte en 2003, en uno de los cuadernos de Bolaño se encontró un poema inédito dedicado justamente a su amigo Vila-Matas. “Qué lugar es ése al que nos llevarán nuestras palabras, las / bellas durmientes, por caminos a menudo distintos, qué eriazo, / qué infierno, qué nos espera allí, Enrique, en esa blancura en la / que nos reuniremos finalmente, qué aullidos, qué silencio”. Es que su relación fue muy cercana, el mismo Vila-Matas escribió una columna sobre eso años después, para el catálogo del Archivo Bolaño 1977-2003 . “Le conocí un 21 de noviembre de 1996 en Blanes en el Bar Novo, un local que era una especie de ‘granja catalana’, uno de esos centros que se caracterizaban por su decorado lechero e impoluto; lugares en realidad tan supuestamente higiénicos como horribles, sobre todo para quien, como yo en aquellos días, amaba la turbia negrura de los grandes bares nocturnos”. “Había entrado en el Novo con Paula de Parma a tomar un zumo, y justo lo acababa de pedir cuando entró Roberto Bolaño. Ella, que trabajaba en un instituto de Blanes, acababa de leer Estrella distante (recién publicado por Anagrama) y recuerdo como si fuera ahora que le preguntó a Bolaño si era Bolaño. Lo era, dijo él. Y yo era Vila-Matas, añadió Bolaño”. El hombre de Estrella distante, al señalar al español agregó una interjección que ya había adoptado como propia. ¡Hostia! “Le conocí a Bolaño justo cuando salía de esa etapa de infinitos domingos en los que se había ido forjando su salvaje ánimo, le conocí al final de ese prodigioso año donde algunas cosas acababan justo de dar un vuelco para él y para su familia, ese año que empezó con Seix Barral publicándole La literatura nazi en América y terminó con Anagrama editándole Estrella distante” . Vila-Matas conoció a Bolaño en la bisagra en que dejó de ser un escritor desconocido a un autor famoso . “Todo en su etapa a partir de Estrella distante se fue rigiendo por las pautas de la intensidad y del tiempo récord. Tanto es así que a veces le imagino protagonizando Sobre el paso de algunas personas a través de una corta unidad de tiempo, el cortometraje de Guy Debord”. Por supuesto, lo cotidiano estaba presente, y con esa imagen se queda Vila-Matas. “Me encontraba y paseaba con Bolaño algunas tardes junto al mar y a veces me preguntaba si no sería que aquel amigo llevaba de verdad la literatura en la sangre. Todavía hoy, su más famosa declaración de principios me ayuda a poder seguir con salvaje ánimo hacia adelante: ‘La literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura’“. Cuando Bolaño falleció, Vila-Matas le dedicó una columna en LUN titulada La ausencia de Bolaño , publicada el 14 de agosto de 2003, casi un mes exacto de la muerte del autor. “Así vivió y escribió Bolaño. La intensidad de sus últimos textos —uno de ellos inacabado, como deberían ser siempre nuestros textos favoritos— proviene de la fuerza de una escritura consciente de que ha de sentirse la tristeza de la vida, pero que al mismo tiempo uno puede amarla, amar con intensidad esa tristeza (que algunos llaman escritura y otros lágrimas perdidas), amar el mundo en todo instante, amarlo tan conscientemente que podamos decir: hemos vivido”.
“Que lean a Javier Marías, a Enrique Vila-Matas, a Rodrigo Rey Rosa, a Juan Villoro”, fue la recomendación certera y urg




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