El premio Planeta otorgado a Isabel Allende tuvo al menos dos efectos colaterales de importancia, el primero fue editorial. Durante los años anteriores el galardón había recaído en autores de gran popularidad mediática –una presentadora y un panelista de la televisión española–, carentes de una carrera literaria. Una vez publicadas sus respectivas novelas la crítica las destrozó, provocando una crisis de prestigio para el sello: el nombre de Isabel Allende, por lo tanto, rescató de carambola una reputación dañada. En este punto cabe insistir en que el premio Planeta no es uno que honre una trayectoria –como el Nobel o el Cervantes– ni una obra específica ya publicada –como el Goncourt o el Booker–, sino que distingue una novela inédita presentada bajo un seudónimo. Es decir, es un recurso que podría considerarse más propio de debutantes que de escritores reconocidos. El solo hecho de que una autora que ha vendido más de 70 millones de ejemplares tomara el riesgo de quedar “a la cola”, como dijo la misma Isabel Allende durante la ceremonia de premiación, resulta desconcertante, pero seguramente su agencia literaria –la misma que representó a los autores del Boom – conoce con más detalle las lógicas internas de la decisión, aquellas que explicarían lo que al resto de los mortales les resultó sorpresivo: cómo lo hizo para disimular en el manuscrito que se trataba de la segunda parte de La casa de los espíritus . Como sea, el resultado es que Allende dejó Penguin Random House –el conglomerado dueño del sello Plaza y Janés en el que publicó durante 44 años– y abrazó a Planeta en una ceremonia que tuvo a los reyes de España como anfitriones. Más fanfarria, imposible. El segundo efecto colateral fue la reaparición de las críticas al valor artístico de la obra de Allende. Aunque es la escritora viva más leída en español, su calidad literaria se ha cuestionado durante décadas, sobre todo en nuestro país. Tras el anuncio del premio Planeta, los medios y los seguidores de Isabel Allende reflotaron esas críticas sintetizadas en las palabras que le ofrendó Roberto Bolaño en una entrevista publicada en La Tercera en 2002. Bolaño sostuvo que le parecía una “mala escritora”, añadiendo que “ni siquiera creo que Isabel Allende sea escritora, es una escribidora”. Aunque hubiera bastado con decir que Allende representaba una estética distinta de la suya, mal que mal su rol no era el de crítico literario, Bolaño decidió disparar para marcar distancia. Ocurrió lo que suele pasar en esos casos: el medio literario local se dividió en hinchadas intentando zanjar aquello imposible de dirimir de ese modo. Todo escritor es una criatura ansiosa de reconocimiento, por más que lo disimule con frases para el bronce en las que sugiere que su aspiración es el arte por el arte. La consecuencia más mortificante de esa condición es aceptar el éxito ajeno con serenidad. Basta leer los diarios de Donoso para asomarse a esa dimensión doliente que circula a contramano del propio talento y se expresa de diferentes maneras. Jorge Luis Borges, por ejemplo, tenía una pasmosa capacidad para referirse en forma desdeñosa a la obra de otros escritores contemporáneos célebres como Mistral o Neruda; Norman Mailer llamó un “fracaso de la imaginación” la novela A sangre fría , aquella que le reportó elogios y mucho dinero a Truman Capote; y las guerrillas literarias entre poetas en Chile demuestran que, aun cuando haya muy poco que repartir, nadie quedará conforme con la atención lograda por la obra ajena. El comidillo bajo cuerdas ha existido siempre empapado de todos los vicios sociales –machismo, clasismo, racismo, homofobia– que correspondan. Siembre habrá quien esté atento a las grietas discursivas del exitoso, a sus contradicciones –políticas, éticas, estéticas– y al oportunismo que habría impulsado su triunfo editorial. No es una característica exclusivamente chilena, como los seguidores locales de Isabel Allende suelen asumir. Aún más, la inquina por la fama ajena entre escritores puede funcionar de manera retroactiva, como en el caso de León Tolstoi a quien le parecía intolerable la admiración que despertaba el trabajo de William Shakespeare. En un ensayo publicado en 1905 indicó que el autor inglés del siglo XVI siempre le había provocado “tedio y una repulsión irresistible”, sosteniendo que la admiración que despertaba Shakespeare solo se explicaba por una “sugestión epidémica”. De más está decir que la opinión que tuviera el autor de Guerra y paz y Ana Karenina sobre el autor de El rey Lear , no pasa de ser una anécdota curiosa que revela el talante de un novelista que, como Borges, nunca ganó el Nobel pese a ser firme candidato. Cabe agregar que a Tolstoi, Shakespeare y Borges los une algo más importante: sus obras están condenadas a sobrevivir el paso de los siglos, que es el mejor cedazo que separa lo prescindible de lo necesario. En 1946, un año después de Rebelión en la granja , George Orwell publicó un texto breve titulado Por qué escribo . En ese ensayo distingue cuatro motivos para dedicarse a la escritura, al menos a la prosa: el entusiasmo estético, el impulso histórico, un propósito político, y el puro y simple egoísmo. Sobre este último aspecto, Orwell añade que “los escritores serios son, por lo general, más vanidosos y egocéntricos que los periodistas, aunque están menos interesados en el dinero”. Siguiendo a Orwell, cabría entonces distinguir los elementos que hacen que un escritor serio sea, además, comercialmente exitoso en vida. En este caso me atrevo a considerar que si bien el talento y la capacidad de trabajo parecen fundamentales, solo rinden el máximo si se combinan con altas cuotas de suerte, que muchos considerarán oportunismo, un carácter que le resulte encantador a la opinión pública, y una agencia literaria capaz de ver un filón de oro donde otros solo ven una historia bien contada.
El premio Planeta otorgado a Isabel Allende tuvo al menos dos efectos colaterales de importancia, el primero fue editori



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