Algunos economistas dicen que el último gran episodio de estanflación se produjo en 1973, después de la guerra de los países árabes contra Israel, que derivó en que por unos meses todos esos países cesaron de venderle petróleo a Estados Unidos. El efecto fue desabastecimiento más aumento de los precios. Es una situación bastante parecida a la de estos días. Crecimiento estancado, alta inflación y, por añadidura, alto desempleo. Es algo que está ocurriendo en muchas regiones del mundo, casi totalmente al margen de los modelos económicos y políticos. Y puede ser peor que 1973, porque hay un factor difuso que parece estar detrás: la percepción de que el mundo cambió para siempre, que ya no será como era, poblado ahora por pandemias, climas extremos, milmillonarios, asesinatos masivos, redes sociales, líderes descentrados, guerras de drones y esa inveterada costumbre de la humanidad de caminar por la cornisa. Una percepción, para decirlo en una sola palabra, pesimista. No es la primera de la historia, ni es la primera vez que mucha gente se siente atrapada ente la falta de horizontes lejanos y el imperio de la emergencia. Por eso cabe preguntarse si, antes de despejar esta interrogante, puede alguien comprometer que el próximo año será “extraordinario”, como ha hecho el Presidente Kast. Es una afirmación arriesgada. Y también delicada, desde que la misma expectativa ha sido defraudada una y otra vez. Hasta las perspectivas pesimistas, como las que tuvo en marzo el ministro Quiroz, se quedaron cortas: los precios del petróleo cuelgan de dos guerras, Ucrania e Irán, que carecen de salida visible. En marzo parecía que al menos una, la de Irán, duraría solo unas cuantas semanas. ¿Qué ha cambiado? Bueno: terminó ese mundo de la abundancia que se abrió desde fines de los años 80, con el fin de la Guerra Fría y el gran impulso del libre comercio y el multilateralismo. Se acabó. Ahora se asoma un mundo donde los bienes más preciados ya no son tradicionales ni no tradicionales, sino extraños: energía, metales y minerales, tierras raras, agua, superficies, muchas de (pero no todas) las cosas que devora la IA con un apetito insaciable y una promesa brumosa. Empezando por Donald Trump, muchos creen que la IA será el motor del crecimiento en los próximos años. Y si esto es cierto para los que son dueños de la tecnología, debería serlo también para quienes poseen los recursos que la habilitan, entre los cuales hay que contar ahora, como otro recurso más y una ingente ventaja competitiva, la velocidad con que se tramitan los propios permisos. (Los otros motores, dicen los expertos, serán la industria armamentista y las redes eléctricas, menuda tripleta). Igual que Europa o Estados Unidos, las perspectivas de crecimiento de América y Chile para los años venideros se mueven entre 0% y 3,9% anual (Consensus Forecast). Esto significa que los chilenos tendrían que esperar entre 10 y 15 años para eliminar el actual nivel de pobreza; y si el ritmo es más cercano al 2%, como ha sido desde Bachelet II, mucho más de doble de tiempo. De manera que ningún gobierno, ni el actual ni cualquiera otro, podría aspirar a reducir de manera razonable la principal de las emergencias sociales si no cambia completamente el enfoque, mirando al globo desde una nueva perspectiva. En diez días más, las elecciones parlamentarias de Estados Unidos resolverán si Donald Trump es más fuerte o más débil en la segunda mitad de su mandato. De las numerosas disrupciones que su gobierno ha producido, algunas son perdurables y reflejan pulsiones profundas de la principal economía capitalista del mundo. Por ejemplo, la definición de un gran competidor adversarial, China. Por ejemplo, el fin del multilateralismo al estilo de la ONU. Por ejemplo, el dominio del neomercantilismo comercial. Y lo mismo en materias más políticas. Como la inestabilidad en el Medio Oriente. O la polarización de América Latina. O el fin de las fronteras abiertas. Este es un mundo donde se han acabado algunas cosas que solían ser “fáciles”, como las visas, los paraísos fiscales y el dinero multilateral o de grandes bancos para ir al rescate de países que solían hacer presupuestos solo para cumplir con el trámite, como Argentina. En Europa han estallado movimientos estudiantiles que demandan más prestaciones de estados que ya gastan más que su PIB, como Francia (119%) e Italia (139%). No son los que ahorran, sino los que gastan. Los grandes grupos económicos saben estas cosas y llevan tiempo buscando espacios más predecibles para llevar sus inversiones. No sería extraño que la Macrozona Sur chilena, con su incesante conflictividad, haya matado a su gallina de los huevos de oro, si se observa tanto la caída de la producción silvoagropecuaria como el movimiento de las grandes madereras hacia otros países de Sudamérica. Se puede decir lo mismo de otros sectores. Cosa de escarbar. Se trata de un problema de gran escala, no de las siguientes elecciones con caras repetidas. En los 90 estuvo la gente adecuada para interpretar el mundo a esas dimensiones (Frei, Lagos, Bitar, Foxley, Boeninger, Correa), huyendo, a veces con dificultad, del parroquialismo; ¿existe ahora algo semejante? Después de haber cambiado drásticamente el color del gato, ¿se le podrá pedir que cace otros ratones?
Bueno: terminó ese mundo de la abundancia que se abrió desde fines de los años 80, con el fin de la Guerra Fría y el gra




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