Franceska Mann se apoyó contra una columna de concreto con el brazo izquierdo, se inclinó y levantó ligeramente el pie como si fuera a quitarse el zapato. Los dos suboficiales SS que la miraban (Josef Schillinger y Walter Quackernack) tenían los brazos en jarra, los látigos colgando de las muñecas y los ojos fijos en ella. Llevaban minutos observándola. La mujer de pelo negro se había quitado la blusa y estaba en corpiño frente a ellos, en el vestuario del Crematorio II de Auschwitz-Birkenau . Era la noche del 23 de octubre de 1943 . Alrededor, decenas de mujeres judías recién llegadas en un transporte desde Bergen-Belsen se resistían a desvestirse. Los SS les habían dicho que debían desinfectarse antes de cruzar la frontera hacia Suiza. Algunas habían obedecido y ya estaban del otro lado de la puerta de la cámara de gas. Las demás, de pie, no se movían. Filip Müller , miembro del Sonderkommando judío, el grupo de prisioneros forzados a operar los crematorios, estaba en ese vestuario. Parado contra la pared, sosteniendo una tabla, observaba todo. En su libro Eyewitness Auschwitz , publicado décadas después, reconstruyó lo que vio. Después de unos minutos de vacilación, los SS empezaron a empujar hacia la cámara de gas a las mujeres que ya se habían desvestido, tal vez con la idea de que, una vez sacadas del medio, podrían ocuparse con más eficacia de las que se resistían. Más de la mitad del grupo quedó detrás de la puerta de la cámara. Las que permanecían en el vestuario parecían intentar ganar tiempo. Tiempo para qué, se preguntó Müller. El crematorio estaba rodeado de SS armados. Ninguno de los prisioneros del Sonderkommando estaba dispuesto a sumarse a lo que habría sido un intento absurdo de fuga. Tampoco había forma de decirles a esas personas que estaban a punto de ser gaseadas. “Cada fase, desde su llegada a la rampa hasta el momento en que eran empujados a la cámara de gas, se llevaba a cabo deliberadamente a toda velocidad, sin dejar a las víctimas tiempo para pensar o tomar decisiones”, escribió Müller. Los SS Quackernack, Schillinger, Voss, Boger, Emmerich, Gorges, Hustek, Kurschuss, Ackermann y otros salieron del vestuario uno por uno y volvieron poco después armados con bastones. El Lagerführer Schwarzhuber les había dado luz verde para actuar de la manera habitual. La cortesía fingida y las mentiras se terminaron. Ahora las órdenes eran secas. “¡Desvístanse! ¡Rápido! ¡Prepárense para el baño! ¡Vamos, vamos!”. Las mujeres no respondieron. Se quedaron de pie, sin hacer nada. Los SS se pusieron nerviosos. Se pasaron las fundas de las pistolas hacia el frente y abrieron las tapas. Se acercaron a la multitud con actitud amenazante y empezaron a gritar. Cuando eso tampoco funcionó, comenzaron a golpear a ciegas. Las que estaban adelante intentaron retroceder para esquivar los golpes. Las de atrás intentaron apartarse a su vez. El caos fue total. Los SS golpeaban sin piedad. Muchas mujeres sangraban. Y al final, las que quedaban comprendieron que resistirse era inútil. Empezaron a desvestirse. Los SS dejaron de golpear. Quackernack y Schillinger caminaban de un lado a otro frente a la multitud humillada, pavoneándose. Entonces se detuvieron. Lo que pasó después, según Müller, ocurrió a una velocidad que él describió como un relámpago. Franceska agarró el zapato de tacón y lo estrelló contra la frente de Quackernack. El SS se cubrió la cara con las dos manos. En ese instante ella se lanzó sobre él y le arrancó la pistola de la funda. Schillinger gritó y cayó al suelo. Los dos tiros le dieron en el estómago. Segundos después, un segundo disparo dirigido a Quackernack, que falló por poco. La mujer desapareció entre la multitud de cuerpos desnudos y semidesnudos que llenaban el vestuario. Los SS comprendieron que podía reaparecer en cualquier punto y apuntar de nuevo. Uno a uno, se arrastraron hacia la salida. Schillinger quedó tirado en el piso, sin que nadie lo atendiera. Cuando algunos guardias volvieron a arrastrarlo hacia la puerta, sonó un tercer disparo. Uno de los SS que cargaban a Schillinger soltó el cuerpo y salió rengueando. Franceska Mann tenía 26 años. En unas horas estaría muerta. La bailarina que llenaba salas en Varsovia Franciszka Manheimer nació el 4 de febrero de 1917 en Varsovia, en una familia judía acomodada. Desde niña mostró interés por el ballet y sus padres la inscribieron en la escuela de danza de Irena Prusicka , una de las más prestigiosas de Polonia. Estudió danza clásica, moderna y claqué. El público la conocía con el nombre artístico de Lola Horovitz . En 1939 , antes de que el mundo se partiera, participó en la Competición Internacional de Danza de Bruselas y obtuvo el cuarto puesto entre 125 bailarinas. El Museo del Gueto de Varsovia la describió como “una de las bailarinas polacas más prometedoras” de la década de 1930. Actuaba con regularidad en óperas, cabarets y en el club nocturno Melody Palace de Varsovia. Apareció en el cortometraje Polki słyną (“Las mujeres polacas son conocidas por”). Se casó con un músico, Mark Rosenberg . La pareja tuvo una hija. Todo eso terminó en septiembre de 1939, cuando las tropas del Tercer Reich invadieron Polonia. Como todos los judíos de Varsovia, Franceska fue obligada a trasladarse al gueto. Eran 400.000 personas hacinadas en 3,4 kilómetros cuadrados. Hambre, enfermedades, ausencia de medicinas y de saneamiento básico diezmaban a la población. No hay registros sobre la vida de Franceska dentro del gueto ni sobre cómo o cuándo logró salir y esconderse en el lado ario. Lo que se sabe es que sobrevivió a las grandes deportaciones y a la liquidación del gueto en mayo de 1943. Y que, en algún momento de ese mismo año, creyó que podía salvarse. Tres diamantes por un pasaporte a Paraguay En la primavera de 1943, una noticia corrió entre los judíos que se escondían en el lado ario de Varsovia. En el Hotel Polski , en la calle Długa 29, se podían comprar pasaportes de países sudamericanos. Los documentos prometían una salida legal del territorio del Gobierno General. Para quienes llevaban meses ocultos en sótanos, un pasaporte era la única esperanza de escapar con vida. La operación tenía como intermediarios a León Skosowski y Adam Żurawin , dos colaboracionistas judíos que, según el Instituto Histórico Judío Emanuel Ringelblum , trabajaban para la Gestapo. La hipótesis más aceptada desde la posguerra es que toda la maniobra fue una trampa diseñada por los alemanes para identificar y capturar al mayor número posible de judíos que aún vivían en Varsovia. Más de 2.500 judíos escondidos en el lado ario creyeron la promesa. Franceska fue una de ellos. Permaneció en el Hotel Polski hasta julio de 1943, cuando los nazis trasladaron al último grupo al campo de Bergen-Belsen , en Alemania. Allí fueron instalados en un sector especial reservado para los llamados “judíos de intercambio”. Eran prisioneros que supuestamente serían canjeados por ciudadanos alemanes internados por los Aliados. Un experto del equipo de Adolf Eichmann , el doctor Seidl, de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA), examinó la documentación. Los judíos fueron informados de que se dirigían al campo de Bergau, cerca de Dresde, y de que su equipaje los seguiría. A mediados de octubre de 1943, unos 1.800 de ellos fueron sacados de Bergen-Belsen y subidos a un tren. El tren tenía como destino final Auschwitz. Cuando el transporte llegó a la rampa de Birkenau el 23 de octubre, los alemanes montaron la última función de la farsa que había empezado meses antes en el Hotel Polski. Un oficial SS, el Lagerführer Johann Schwarzhuber , jefe del campo de hombres de Birkenau, recibió a la multitud desorientada. “Damas y caballeros. En nombre de la administración del campo, les doy la bienvenida. Se nos ha instruido para hacer todo lo posible por acelerar su partida al extranjero. Con ese propósito, un representante del Ministerio está con nosotros y les explicará cómo continuará el resto de su viaje”, sostuvo el nazi. El supuesto representante del Ministerio de Relaciones Exteriores era Franz Hössler, Obersturmführer y líder de la custodia preventiva del campo de mujeres de Birkenau. Hössler se dirigió al grupo. “Damas y caballeros, he recibido instrucciones del Ministerio de Relaciones Exteriores para organizar su viaje a Suiza. Esta es la última parada en territorio del Tercer Reich. Los trajimos aquí porque las autoridades suizas insisten en que todos sean desinfectados antes de cruzar la frontera. Tenemos nuestras propias instalaciones aquí para procedimientos de desinfección a gran escala”. Señaló el Crematorio. “En este edificio se ha instalado una gran casa de baños, adonde irán después. Después de la ducha, tengan sus documentos de viaje a mano para asegurarse de que hayan sido desinfectados”. Hössler continuó. Trajeron carteles con letras del alfabeto, de la A a la Z, y los mostraron uno por uno. “Cuando estén vestidos, después de la ducha, fórmense detrás del cartel con la inicial de su apellido. Entonces recibirán un certificado que confirme su desinfección. Recuerden también los números de las perchas en los vestuarios para que los trámites necesarios se completen rápida y eficazmente”. Cerró con una advertencia. “Recuerden que las vías del tren a menudo están bloqueadas por acciones terroristas enemigas. Así que dense prisa si quieren salir de aquí rápido”. Hombres y mujeres fueron separados. Las mujeres fueron conducidas al Crematorio II. Los hombres, al Crematorio III. Lo que encontraron adentro no era una casa de baños. Filip Müller recordó que, ya en la oscuridad del vestuario, un hombre que no pertenecía al Sonderkommando se acercó a los prisioneros y les habló en la penumbra. Estaba agitado. “No entiendo de qué se trata todo esto. Después de todo, tenemos visas de entrada válidas para Paraguay y, además, le pagamos a la Gestapo una gran cantidad de dinero para obtener nuestros permisos de salida. Yo entregué tres diamantes que valían al menos 100.000 zlotys . Y esa joven bailarina, la que disparó hace un rato, ella tuvo que pagar mucho más”, dijo. La puerta se cierra desde adentro Lo que siguió al primer disparo de Franceska Mann fue una reacción en cadena. Las mujeres que estaban en el vestuario se lanzaron sobre los SS. Según el relato de Jerzy Tabeau , un prisionero polaco que logró escapar de Auschwitz y declaró ante el Tribunal Militar Internacional de Núremberg, a un guardia SS le rompieron la nariz y a otro le arrancaron el cuero cabelludo. Las mujeres cerraron la puerta del vestuario desde adentro. Intentaron llegar al corredor por donde podrían escapar. Müller, atrapado en la misma sala, describió lo que vino después. Las luces se apagaron. La oscuridad fue total. Las personas que habían perdido la orientación corrían en todas direcciones. Algunas lloraban. Otras rezaban. Otras se despedían entre sí. Había especulaciones sobre la identidad de la mujer que había disparado. Müller empezó a avanzar a tientas por la pared hacia la salida. Cuando llegó, encontró a casi todos sus compañeros del Sonderkommando y a muchos de los recién llegados, agolpados contra la puerta. “Estaban llorando y lamentando su destino, algunos rezaban, otros se despedían unos de otros”, escribió. Afuera, los SS que estaban de guardia habían oído la conmoción y pedido refuerzos. La puerta se abrió de golpe. Müller quedó cegado por el resplandor de varios reflectores. Escuchó al SS Voss gritar. “¡Todos los miembros del Sonderkommando, afuera!”. Los hombres del comando especial salieron corriendo, subieron las escaleras y llegaron al patio. Frente a la puerta del vestuario habían montado dos ametralladoras. Detrás, reflectores. SS con cascos de acero estaban tendidos en posición de tiro. Una horda de SS armados se movía por el patio. Un auto se detuvo. De él bajó el comandante del campo, el SS-Obersturmbannführer Rudolf Höss . Entonces sonaron las ametralladoras. Las mujeres que intentaron esconderse detrás de las columnas o en los rincones del vestuario fueron encontradas después y fusiladas. Mientras la masacre ocurría de un lado de la pared, del otro lado, en la cámara de gas, los SS ya habían arrojado el Zyklon B sobre el grupo que había entrado menos de una hora antes, el grupo que había creído las palabras de Hössler sobre la desinfección y el tren a Suiza que saldría a las siete de la mañana. Nadie sobrevivió. Ni las que pelearon ni las que obedecieron. Franceska Mann murió esa noche. Tenía 26 años. Según el informe del propio Höss, fue gaseada tras resultar herida durante la revuelta. Otras versiones sostienen que fue abatida a tiros. Otras, que se suicidó con la misma pistola para no morir en manos de los nazis. No hay forma de saberlo con certeza, porque ella y casi todos los testigos de su acto fueron asesinados esa misma noche. El cuerpo que los SS fueron a mirar A la mañana siguiente, la noticia recorrió el campo. Schillinger había muerto camino al hospital de Katowice. En el sector B2d del campo de hombres, donde Schillinger era conocido como un sádico brutal y caprichoso, la información fue recibida con satisfacción por muchos prisioneros. El SS-Unterscharführer Wilhelm Emmerich , herido en la pierna, sobrevivió. El cuerpo de Franceska Mann fue colocado sobre una mesa en la sala de disección del Crematorio II . Los SS fueron a verlo antes de que lo incineraran. El cadáver de la bailarina, expuesto en una mesa de metal, cumplía una función. Era la prueba de lo que podía pasar si un guardia bajaba la vigilancia, aunque fuera un instante, aunque fuera ante una mujer aparentemente frágil. Pero la advertencia funcionó en las dos direcciones. Wiesław Kielar , prisionero polaco de Auschwitz, escribió en sus memorias. “Los actos de Franceska Mann empezaron a contarse y a recontarse y a adornarse de varias formas hasta convertirse en una leyenda. Sin duda, ese acto heroico, de parte de una mujer frágil que se encaminaba a una muerte segura, dio apoyo y coraje moral a todos los prisioneros. De repente, nos dimos cuenta de que si nos atrevíamos a alzar el puño contra ellos, ese puño podía matar. Porque ellos también eran mortales”. En el juicio a Adolf Eichmann , celebrado en Jerusalén en la década de 1960, Schillinger fue descrito como uno de los guardias más brutales del campo, un hombre que fue “asesinado por una mujer en un transporte”. Lo que se sabe, lo que se cree, lo que se cuenta La historia de la mujer que disparó contra un SS en el vestuario del Crematorio II circuló por Auschwitz de boca en boca. Los sobrevivientes la llevaron consigo cuando el campo fue liberado. Aparece en memorias, en declaraciones judiciales, en libros de historia. Pero la identidad exacta de esa mujer nunca fue establecida de manera concluyente. Robert Jan van Pelt , historiador y uno de los mayores expertos en Auschwitz, explicó las capas del problema documental. Hay tres fuentes primarias. La primera es el informe de Jerzy Wesołowski , alias Tabeau, un prisionero que escapó de Auschwitz y redactó un testimonio publicado en 1944 por la Junta de Refugiados de Guerra como parte de los Protocolos de Auschwitz . Tabeau describe que las mujeres se defendieron y que un SS llamado “Schiller” murió, pero no identifica a la mujer que tomó el revólver. La segunda fuente es la declaración de Rudolf Höss del 14 de marzo de 1946 , hecha inmediatamente después de ser capturado por los británicos. Höss confirma que quienes se rebelaron fueron mujeres, pero no ofrece detalles. La tercera es la declaración de Stanisław Jankowski , hecha en Polonia en abril de 1945, que menciona a una mujer que le arrebató el revólver a Quackernack y disparó contra Schillinger. La primera mención de que la mujer podría haber sido una bailarina aparece en 1946, en un texto de Eugen Kogon , superviviente del Holocausto e historiador, que ni siquiera estuvo en Auschwitz sino en Buchenwald. La identificación con Franceska Mann fue construyéndose con el tiempo, a partir de testimonios cruzados, del hecho de que ella viajaba en ese transporte y de la referencia del hombre que habló con Müller en la oscuridad sobre “esa joven bailarina, la que disparó“. Los guardias SS Rudolf Grimm y Fritz Lackner recibieron una medalla por ayudar a sofocar la revuelta. El documento que certifica la condecoración no describe la naturaleza del levantamiento ni ofrece ningún otro detalle. La novela A Prayer for Katerina Horovitzova , publicada en 1964 por el escritor checo Arnošt Lustig —él mismo sobreviviente de Auschwitz—, cuenta la historia de una joven bailarina retenida como rehén por las autoridades alemanas en la Italia ocupada. Al comprender que morirá de todos modos, dispara a sus captores en la puerta de la cámara de gas. La novela fue adaptada al cine en 1965. El apellido del personaje, Horovitzova, es casi idéntico al nombre artístico de Franceska: Lola Horovitz. Filip Müller cerró su relato de esa noche con una reflexión que no era sobre el coraje ni sobre la resistencia, sino sobre el mecanismo que hacía funcionar la trampa. “Estos acontecimientos nos enseñaron una vez más que simplemente no había posibilidad de escape una vez que una persona entraba al crematorio. Para entonces era demasiado tarde”, escribió.

QUOTE · 引述
”. Las mujeres no respondieron. Se quedaron de pie, sin hacer nada. Los SS se pusieron nerviosos. Se pasaron las fundas