Oscar Wilde asestó que cuando los dioses desean castigarnos, le hacen caso a nuestras plegarias. Donald Trump ha pedido insistentemente a los estadounidenses en sus mítines que en las elecciones de medio periodo del próximo martes sufraguen como si él estuviera en la boleta. Pues eso es justo lo que muchos votantes parecen estar preparados a hacer, y ello podría significar un duro revés electoral para el presidente y su partido. Estados Unidos acude a las urnas de unas elecciones legislativas que -como casi siempre en la historia moderna del país- serán de nueva cuenta un referéndum sobre el presidente en turno. Se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes, 35 de los 100 del Senado y la friolera de 36 gubernaturas. La historia política moderna del país ofrece una regla casi inquebrantable: desde 1946, se han celebrado 20 elecciones de medio periodo, y en 18 de ellas el partido del presidente -especialmente cuando éste es impopular- perdió la mayoría en la Cámara de Representantes. Las de este año no parecen ser la excepción, pero lo que distingue al 2026 no es la dirección del péndulo, sino la intensidad con la que podría moverse. El contexto no puede ser más adverso para el Partido Republicano. La aprobación de Trump ha caído a mínimos históricos. Reuters/Ipsos la ubicó la semana pasada en 31%, la encuesta del Washington Post/ABC en 33% y los promedios rondan el 35-37%, con una desaprobación superior al 60%. Y la encuesta de cierre del New York Times/Siena reveló que Trump tiene el índice de aprobación más bajo de cualquier presidente cara a unas elecciones de mitad de mandato desde los albores de las encuestas modernas. Más de siete de cada 10 estadounidenses consideran que el país va por el camino equivocado, y en el voto genérico por partido para el Congreso, los Demócratas aventajan a los Republicanos por entre cinco y 12 puntos, dependiendo de la encuestadora, un margen que no se veía desde la ola Demócrata de 2018. ¿Qué ha movido al electorado? Primero y ante todo, la economía. La promesa trumpiana de abaratar el costo de vida de entrada se estrelló contra la realidad del gansterismo arancelario de Trump cuyos costos terminaron pagando los consumidores, y luego contra su vandalismo diplomático y su guerra de elección en Irán que desde fines de febrero ha descorchado los precios de gasolina (el precio promedio nacional del galón está arriba de los $4 dólares -cuando el umbral de kriptonita es arriba de los $3) y de diésel. Cuando ocho de cada 10 electores dicen que la gasolina se ha vuelto inasequible, ningún discurso sobre una supuesta grandeza recuperada alcanza para compensar. Segundo, el desgaste de un estilo de gobierno que ha hecho del escándalo y la corrupción su método; que ha declarado la guerra comercial a socios y aliados; que ha lanzado redadas migratorias indiscriminadas en ciudades; y que ha ejecutado una política exterior que ha añadido alarma, incertidumbre y rechazo. Tercero, la movilización: los Demócratas llegan con la energía de las victorias el año pasado en las gubernaturas de Virginia y Nueva Jersey, mientras que la coalición sociodemográfica que le otorgó la reelección a Trump se ha resquebrajado, con una porción del electorado independiente e hispano que votó por él en 2024 expresando hoy arrepentimiento o apatía. Si los Demócratas podrán o no convertir estas enormes ventajas nacionales en una amplia mayoría en la Cámara de Representantes (probable) y sobre todo en un control del Senado (en el filo de la navaja) es una cuestión más compleja. De entrada hay un contrapeso estructural que no debe subestimarse: la guerra de redistritación. Instados por Trump, Texas, Florida, Ohio, Carolina del Norte, Tennessee, Alabama y Luisiana han redibujado sus mapas para artificialmente fabricar más escaños Republicanos seguros, y la decisión de abril de la mayoría conservadora en la Suprema Corte en ‘Louisiana v. Callais’, que debilitó la Ley de Derecho al Voto, abrió la puerta a suprimir distritos de mayoría afroamericana. California respondió con su propio rediseño del mapa distrital, pero el saldo neto de todo este proceso favorece a los Republicanos por alrededor de nueve escaños. Dicho de otro modo, los Demócratas necesitan una oleada, no una ola, para recuperar la Cámara. Pero todo indica que esa oleada -algunos más agresivamente apuntan a un tsunami- se materializará. En la Cámara de Representantes, el escenario más probable es una mayoría Demócrata sólida. Los principales modelos coinciden: el de Nate Silver otorga a los Demócratas más de 90% de probabilidades y un promedio cercano a 238 escaños; el de Decision Desk proyecta 236; Cook Political Report ya contabiliza 214 distritos con tendencia Demócrata y 21 en disputa, cuando bastan 218 para la mayoría. Mi estimación es que los Demócratas terminarán con 228 a 238 escaños, una ganancia neta de entre 15 y 23, suficiente para controlar la agenda legislativa y, sobre todo, la capacidad de investigación y supervisión que se vendrá sobre el Poder Ejecutivo, sobre Trump, su familia y los negocios que han hecho al amparo del poder. El Senado es otra historia porque el mapa de los escaños en contienda en este ciclo electoral favorece de entrada a los Republicanos, y el partido de Trump llega a las urnas con una mayoría de 53 escaños. Los Demócratas necesitan una ganancia neta de cuatro para alcanzar 51, ya que el vicepresidente funge de oficio como presidente del Senado y emite el voto de desempate, dándole así la mayoría al GOP. La buena noticia es que los escaños Demócratas vulnerables -Georgia, Nueva Hampshire y Minnesota- lucen relativamente sólidos; Michigan está más cerrado, y ese podría ser un escaño que caiga al final del día en el casillero Republicano. No obstante, el que la moneda esté en este momento en el aire dice mucho. Apenas en febrero, antes de la guerra con Irán, el Cook Political Report le daba a los Demócratas 16% de probabilidades de ganar el Senado. Hoy los Demócratas han llevado la contienda a territorio impensable hace un año: candidatos Demócratas van arriba en Carolina del Norte, Ohio, y hasta en Texas; en Maine, un escaño hoy Republicano, hay empate, e incluso Alaska y Iowa se han vuelto competitivos. Por ello, algunos modelos, como el de Nate Silver, otorgan a los Demócratas 75% de probabilidades de ganar la cámara alta; los mercados de predicción, alrededor de 63%. Yo soy algo más cauto. Primero, los Republicanos superan por mucho a los Demócratas en fondos de campaña y gasto publicitario, y su ventaja es más pronunciada precisamente en el Senado: en las siete contiendas que el Cook Political Report calificó como muy disputadas, el GOP ha gastado $320 millones de dólares más en publicidad que los Demócratas. Y, al igual que en 2024, han recibido mucha ayuda externa, incluyendo de Elon Musk, quien ha invertido más de $276 millones en la creación de una enorme operación de movilización electoral Republicana de tierra. Y un análisis histórico de las encuestas sobre elecciones para el Congreso revela que cuanto más partidista es un estado, más tienden a subestimar las encuestas la fuerza del partido dominante ahí. Si esta tendencia no varía este año, moderaría las expectativas Demócratas precisamente en esos estados como Alaska, Texas, Ohio, Iowa y Kansas donde hay expectativas de un campanazo Demócrata. Para rematar, la marca Demócrata no anda bien; solo el 28% de los votantes se declaran satisfechos con el Partido Demócrata, según la encuesta de cierre del New York Times/Siena , ocho puntos menos que la satisfacción con el Partido Republicano. Gran parte de ese descontento proviene de los propios Demócratas: 43% de ellos afirmó estar insatisfecho con su partido, en comparación con solo el 16% de los Republicanos que dijeron lo mismo sobre su partido. Son, sospecho, Demócratas progresistas que están cabreados con la dirigencia nacional del partido. Por ello, mi escenario más optimista es un Senado Demócrata por 51 a 49, con un riesgo real de un 50-50 o incluso un 49-51, lo cual preservaría el control Republicano. Si el escenario de una victoria Demócrata en ambas cámaras llega a materializarse, Trump enfrentará en la segunda mitad de su mandato lo que más detesta: límites. Un Congreso dividido o en manos Demócratas significaría parálisis legislativa, comisiones investigadoras, disputas presupuestales a todo lo que da y la tentación presidencial de gobernar aún más por decreto. A seis días de la elección, conviene recordar que las encuestas no votan. Pero si las tendencias se sostienen, el 3 de noviembre los estadounidenses le dirán a su presidente que escucharon su arenga, votaron contra él y que su país no le extendió un cheque en blanco.
Primero y ante todo, la economía. La promesa trumpiana de abaratar el costo de vida de entrada se estrelló contra la rea

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