Hasta que llegó el alambrado , según el viajero William Mac Cann, “la dificultad con que se tropieza de inmediato en cualquier empresa agrícola es la construcción de vallados para contener las haciendas, porque los gastos de zanjeo resultan muy crecidos y el trabajo se paga por vara. Los peones empleados en las labores de granja y en la construcción de fosos para cercados ganan generalmente tres libras por mes, incluida la ración diaria. Casi todos estos trabajos son desempeñados por escoceses e irlandeses ”. Casi al mismo tiempo que observaba esta labor, el escocés Richard Blake Newton introducía el primer alambrado para proteger los jardines y la huerta de su estancia Santa María , ubicada sobre la margen derecha del río Samborombón, en el partido de Chascomús. En un reciente viaje a Inglaterra con su familia le habían llamado la atención, en un parque del condado de Fitzwilliam, los alambres del espesor de un dedo que cercaban un prado donde había una cantidad de ciervos, cosa que lo impulsó a pedir postes de hierro y rollos del novedoso producto. Tal fue su interés que, habiendo naufragado el barco, utilizó el dinero del seguro para repetir el pedido. Una década más tarde, en 1855, Francisco Halbach, comerciante, estanciero y cónsul de Prusia, propietario del establecimiento Los Remedios , ubicado en la zona del actual Aeropuerto Internacional de Ezeiza, donde criaba ovinos, concretó una iniciativa similar. Un año antes, en su viaje a Europa, había adquirido el alambre necesario para cercarlo, cosa que hizo con cuatro hilos sujetos con grampas y postes de ñandubay plantados cada 40 varas y con medios postes cada cinco varas. Además, rodeó el cercado con una zanja para contener a los animales invasores, encerrando de ese modo 1500 vacunos, 600 yeguarizos y 30.000 lanares . “Cerquen, no sean bárbaros”, decía Sarmiento, y hasta desde los diarios El Nacional y La Tribuna se trenzaron en polémicas que continuaban en las tertulias, a favor o en contra del alambrado, de las que Pastor Obligado dejó este vivido retrato en sus Tradiciones. A la de Manuel José de Guerrico concurrían, entre otros, Silverio Ponce, Nicolás de Anchorena, Juan N. Terrero y gente con intereses rurales como José Gerónimo Iraola, Jorge Atucha y Nicanor de Elía. Ponce defendía el alambrado ante el escepticismo de los otros, a lo que Terrero recordó que su consuegro Juan Manuel de Rosas , “entre sus muchos aciertos, no negados por sus enemigos más acérrimos, le reconocen haber sido el más práctico estanciero, empezó a cerrar con tapiales una estancia de cuatro leguas”. El alambre de púa, que llegó al país hacia 1878, también creó dudas entre los estancieros por el temor a cualquier cicatriz que hiciera perder valor a los cueros que se exportaban . Lo cierto es que una década después se había impuesto y era realidad aquella frase sarmientina: “Antes del alambrado, podía decirse, todo el país es camino”. Las revistas de comienzos del siglo pasado exhibían no pocos avisos de casas de venta de alambres, y abundaban las chapas indicadoras de esos comercios en estaciones ferroviarias y otros lugares, como lo conocimos hace pocos años en la exposición organizada por Cecilia Cavanagh en el Pabellón de las Artes de la UNA, con objetos de la colección de Oscar Carrigal, quien además nos ilustró sobre el tema. El trabajo del alambrado era muy duro: en invierno, por el rigor del frío y de las lluvias; y en verano, por las altas temperaturas y por tener que trabajar bajo un sol implacable . Por eso, en esta época preferían hacerlo en noches de luna llena. Los irlandeses y los vascos eran los más hábiles para estas labores. Muchas veces armaban cuadrillas y, en un carro, llegaban a los campos con sus herramientas, los enseres para cocinar y algunos platos de lata, donde instalaban su campamento. Vestían chiripá hecho con bolsas de arpillera y, a modo de carpa, dormían generalmente debajo del carro, sobre el recado, ya que siempre, por alguna urgencia, llevaban uno o dos caballos de andar o de tiro. “Una vida de gitanos” , al decir del estudioso uruguayo Roberto Bouton. Cuando por alguna razón se retrasaba la llegada del material, si bien la carne era abundante, salían del carro unas cañas de pescar para variar la dieta. Eran artistas con la llave y las tenazas. Llamaba la atención cómo calculaban las distancias con exactitud y lograban la tensión precisa valiéndose del sonido producido al golpear el hilo con la llave. El médico platense Noel H. Sbarra (1907-1974) escribió un libro sobre la historia del alambrado y también sobre las aguadas y el molino. Atraído por todo lo criollo, recuerda María Sáenz Quesada, fue capaz de recorrer con una tropilla el trayecto entre La Plata y la estancia La Protección, en General Guido, para charlar y rasguear la guitarra en compañía de su entrañable amigo Justo P. Sáenz. Y si hablamos de El arte de alambrar , el doctor Jorge David Cuadrado , colaborador de esta sección, acaba de dar a conocer una nueva edición del libro con ese título bajo el sello de Hemisferio Sur, que sin duda podría agregar mucho más a estas líneas con su sobrada experiencia en un oficio que le es familiar.
Hasta que llegó el alambrado , según el viajero William Mac Cann, “la dificultad con que se tropieza de inmediato en cua





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