El mecanismo de un thriller se construye pieza a pieza, cada engranaje es fundamental y milimétrico en la maquinaria para que una vez en marcha sea imparable. Alimentar la intriga es lo que enciende a Manel Loureiro , un escritor por accidente que se distancia del arquetipo del poeta sufrido y reniega de cierta intelectualidad de los autores. Él dice que, con su pluma, apunta, dispara y entretiene . Entiende su función como la de un showman de las letras. Muchas obsesiones lo inquietan, pero una le gana al resto: divertir a su público. El escritor de 50 años, oriundo de Pontevedra, dio sus primeros pasos en la literatura a través de un blog, en tiempos de una internet prehistórica. Publicaba fragmentos de historias apocalípticas y cataclismos sociales en foros virtuales y html desabridos, quería escapar del tedio de las normas jurídicas y evadir sus responsabilidades de abogado . Se volvió un fenómeno viral y la obra se propagó en Europa con la masividad de los zombis de su ficción. Jurista y escritor convivieron en él hasta que fue momento de “colgar la toga negra”. Hoy sus novelas se traducen en veinte lenguas: “Me leen en Letonia, Kazajstán y otros rincones donde Cristo perdió la zapatilla; lugares del mundo donde no sabía que existía un mercado editorial”, dice Loureiro. Desde la calidez de una librería porteña, mientras un músico interpreta de fondo una arabesca de Debussy, el autor -de paso por Buenos Aires- conversa refugiado entre los libros, tantos como los que componen su biblioteca personal, que asegura alcanza los 4000 ejemplares. A Loureiro lo motiva presentar Antes de que todo cambie (Editorial Planeta), su última novela, a los “exigentes y psicoanalizados lectores argentinos”. En ella trata el más nuevo de sus miedos: “el mundo convulso”, dice, el polvorín terrestre agitado por la tecnología, el personalismo político y el terrorismo internacional. En el último tiempo, el autor adoptó la filosofía de la paradoja. “Todo es verdadero y falso a la vez”, diagnostica el síntoma de la época y penetra en la mente de un terrorista para poner al lector bajo su lente, tender su trampa y atraparlo con la empatía hacia un villano. –Con una decena de novelas publicadas, ¿qué queda de aquel jurista de Pontevedra? –Muy poco, pero algo permanece. Todavía sigo colegiado como abogado ejerciente, no me di de baja y pago religiosamente cada año la matrícula. Porque durante mucho tiempo, cada vez que viajaba y tenía que rellenar el formulario de profesión en migraciones, me daba muchísima vergüenza decir que era escritor. No me terminaba de creer que fuera un trabajo de verdad, y ponía entonces “abogado”. Recién hace dos años, cuando gané el Premio Fernando Lara, me animé a considerarme escritor. – ¿A qué te dedicabas como abogado? –Comencé con temas penales y al final me fui a lo civil y mercantil. Divorcié a muchísima gente. Durante mucho tiempo mi padre, que era el alcalde de un pequeño ayuntamiento rural en Galicia, oficiaba los casamientos en el pueblo. Cuando iba a comer a su casa, los domingos, bromeaba con lo mal que él casaba, porque al final yo deshacía aquellos matrimonios; me conseguía mucho trabajo. Ya como escritor, me pedía ayuda para que le escribiera los votos y discursos de las ceremonias. Es curioso que a todas las parejas, a las que les escribí sus casamientos, también las terminé divorciando. – ¿Cuándo llegó el momento de hacer el corte profesional? –Por cuatro años llevé las dos profesiones, pero no podía estar en la promoción de un libro y dejar sin preparar un juicio. Los abogados, en España, visten toga negra en los tribunales, y yo la colgué en 2011. Decidí saltar al vacío, que no era tal, porque mis libros ya se vendían en todo el mundo. Había donde caer, pero aun así sentí el vértigo, me daba miedo. Tenía 35 años y acababa de tener a mi primer hijo. Recuerdo que fui a cenar a lo de mis padres a explicarles que renunciaba a la carrera que me habían pagado con tanto esfuerzo y que cerraba definitivamente mi bufete. Mi padre, un hombre siempre muy sensato y sereno, apoyó los cubiertos sobre la mesa, me miró y sentenció: “A ver si lo he entendido bien. ¿A partir de ahora vas a vivir del cuento?”. – ¿Valió la pena romper el mandato y perseguir una carrera literaria? –Fue de las decisiones más maravillosas de mi vida. Mis libros se leen en todos lados y se transforman en series y películas. Lo cierto es que hay que estar en el lugar adecuado, con las circunstancias justas, aprovechar las oportunidades y tomar las decisiones correctas; entender el mercado editorial y el equilibrio de que escribir es artesanía, pero vender libros es una industria. Soy consciente de que el privilegio se dio por tres cosas: tener una pequeña dosis de talento, trabajar como un cabrón y tener suerte. – ¿Cuál fue tu suerte? –Publiqué una historia por capítulos, en un blog, en 2005, en un momento en que no lo hacía nadie. No respondió a una estrategia de marketing premeditada. Simplemente explotó y se viralizó cuando esos fenómenos no existían. El blog se volvió un libro en 2007 que fue best seller en España, el resto de Europa y después en los Estados Unidos. Pasaron quince años. Ahora ser escritor es mi vida. Soy un afortunado. – Entonces ¿te volviste escritor por accidente? –Sí, me atropelló la literatura. Comencé a escribir recién a los 30, en plena crisis de la edad. Mi profesión me tenía escribiendo querellas, demandas, recursos y apelaciones, textos áridos y agotadores. Hasta entonces, la literatura sólo me interesaba como lector. Por higiene mental comencé a escribir una historia para mí, solo para soltar la presión. – ¿Qué recordás del día que comenzaste? –Fue el 30 de diciembre de 2005, el mismo día en que cumplí 30. Empecé con lo que luego fue Apocalipsis Z , algo que nunca imaginé que iba a transformarse en un libro. Lo hacía para entretenerme. Lo subí a internet y, como no existían las redes sociales, lo anuncié en un foro literario donde dejé copiado el enlace. Puse un contador de visitas y la primera semana tuvo una decena de lectores, luego mil, ciento cincuenta mil, medio millón, hasta alcanzar casi dos millones en menos de tres meses. Era una cosa rarísima. Lo escribía en mis tiempos libres y la gente le daba a cada rato F5 para refrescar la página, y se ponía rabiosa si no había novedades. Sentí que se me había ido de las manos. – ¿Qué cambió entre aquella primera historia y la de un escritor famoso? –La responsabilidad. Cuando escribes para ti da igual, es la ilusión de que alguien te lea. Cuando escribes con la certeza de que lo van a leer miles de personas que te entregan su tiempo libre, que es muy escaso, tienes que hacer que merezca la pena. Me lo tomo muy en serio. En una firma de libros, hace unas semanas, se me acercó una mujer de mediana edad con muletas. Me cuenta que tenía esclerosis múltiple y que era la primera vez que salía de su casa en dos años. Porque leyó mi libro, se emocionó, quería conocerme. Otro, un hombre, vino a contarme que su padre leyó una novela mía agonizando en el hospital, fue de las últimas cosas que hizo en su vida. No llegó a terminarlo, pero su hijo me contó que la lectura hizo que el final fuera más llevadero. – Suena casi como una carga… –Te abruma, la ficción es poderosa y me llevó a sitios que no soñé. Nunca sabes qué fibra vas a tocarle a la gente, qué vas a invocar en ellos o en qué momento vital les va a llegar tu obra. Esa es mi responsabilidad, cumplir con el compromiso de contarles una historia que los haga emocionar y evadirse de sus vidas. “Hasta mis 30 años, la literatura solo me interesaba como lector. Por higiene mental comencé a escribir una historia para mí, solo para soltar la presión” – ¿Por qué comenzaste con los zombis? ¿Era una historia que hace tiempo querías contar? –Para nada. Apocalipsis Z era la historia de un abogado gallego, en una tranquila y pequeña ciudad de provincia en el norte de España, que vivía con su gato. ¡Era yo! Comencé con lo que más conocía, y surgió una escena, con aquel abogado en la ducha, escuchando una breve noticia en la radio sobre un incidente en una remota región de una antigua república de la Unión Soviética, a la que no le presta demasiada atención. Es la noticia de que los muertos se levantaban para caminar entre los vivos. Una historia de zombis era lo más alejado al ordenado mundo del derecho que conocía. Me metí en un mundo apocalíptico, en el que mis conocimientos jurídicos no valían para nada; fue el escenario perfecto para escapar de mi vida. -Tus novelas viran de lo paranormal, a casos criminales, ahora una intriga de espionaje y terrorismo ¿Qué historias te fascinan más? -La de las personas ordinarias puestas en situaciones absolutamente fuera de lugar. Me gustan las historias que nos hacen vivir situaciones extraordinarias, imaginar, ir más lejos. Puedes escribir para educar, para conmover, como lo hace la poesía, o para entretener, como es mi caso. En el thriller siempre hay que buscar un nuevo giro de dificultad para que sea atrayente. Es al otro lado de las páginas de un libro que los humanos tenemos la manera de superarnos desde un lugar seguro y cómodo. Potente y frágil -Vivimos en un tiempo ultra acelerado y lleno de estímulos. ¿Hay un desafío extra en mantener a un lector entretenido con un libro? -Hay que conseguir que el lector se caiga, suspender su incredulidad, que lea sabiendo que es todo una mentira, pero gira una palanca en la cabeza y el mundo real pasa a estar en su mente. Todo alrededor desaparece. Es algo muy potente y a la vez frágil, la magia puede romperse en cualquier instante si no lo sostienes bien. Funciona si logras crear una atmósfera envolvente y auténtica... Que el lector se moje en el bosque de las páginas; que esté físicamente allí. - Un enfoque más bien cinematográfico. ¿Casi como ver una película? Exacto... - ¿Por qué leer un libro de Loureiro en vez de ver una película? -Todos somos hijos de la generación audiovisual. Tenemos una serie de códigos que se permean cada vez más en la literatura. Los libros, el cine y la televisión son híbridos, que se bastardean más y beben unos de otros. Es inevitable. La diferencia es que el libro te lleva a un nivel de profundidad e inmersión que ni la mejor de las películas alcanza. El libro tiene siempre el casting, los escenarios, iluminación, timing y personajes perfectos. Te cambia la vida, una película no. - Da la sensación de que te divertís escribiendo… -Muchísimo. Soy de los que tienen la teoría de que hay que pasarla bien escribiendo, porque eso se transmite. Si sufres mucho en la escritura, también se siente en la novela. Conozco escritores a los que hay que arrancarles las páginas a lágrimas y latigazos. No es mi caso. Para escribir tengo que disfrutar al sentir la tensión y la emoción de los personajes. - Antes de que todo cambie es un libro sin demasiada promesa de futuro. ¿No apto para paranoicos? -Es una reflexión de cómo es el mundo actual. Vivimos un momento histórico convulso. Abrimos los diarios cada día para ver qué nueva ocurrencia ha tenido el Señor Naranja de los Estados Unidos y cómo eso nos va a afectar. Estamos en constante tensión entre las fake news , las mentiras y la posverdad. La gente duda de todo y de todos, y hay una guerra debajo de la mesa. La violencia política aparece como un instrumento más. - ¿Cuál creés que es el espíritu de esta época? -Es un momento de verdad líquida. Significa que todo puede ser verdad y mentira a la vez. Y eso es terrorífico. Cuando no puedes creerle a nadie, ni siquiera a los que tienen que contar e informar las cosas, que son los medios de comunicación, cuando no te puedes fiar de tu propio criterio porque al móvil te llegan videos a cada rato con la única finalidad de encabronarte, y son todos hechos con IA, se rompe el elemento fundamental del tejido social: la confianza. Sin ello no hay sociedad. Hay países y gobiernos jugando con eso de manera demasiado temeraria, un juego muy peligroso que va a conseguir demoler todas las democracias occidentales. - A su manera ¿puede considerarse un libro de terror? -Exploro miedos. En lo personal me dan miedo las tormentas y la soledad, el quedarme atrás también me aterra desde pequeño. Ahora exploro lo que es un nuevo miedo para mi, un mundo convulso que me impresiona porque tengo hijos. Mi vida la tengo arreglada pero ¿qué va a ser del futuro de ellos? Los próximos diez años van a cambiar mucho el mundo. - ¿Qué lugar ocupan hoy los escritores en este nuevo escenario? -Me agobia que se les exija ser un faro moral, o que tengan que dar una opinión formada. Lo que no se le exige a un dentista, a un abogado o a un proctólogo... Como autor, no significa que sea un intelectual o que tenga ideas más formadas que nadie, tengo mis opiniones, son propias, el estatus de faro moral no se corresponde con la realidad. Hay escritores de todo tipo. Que tenga mi criterio no significa que sea el correcto. No siento la responsabilidad moral de educar a nadie. Conozco suficientes escritores que han escrito obras brillantes y que sus opiniones en lo personal son atroces, auténticos hijos de p... “Cuando no te puedes fiar de tu propio criterio, porque al móvil te llegan videos a cada rato con la única finalidad de encabronarte, y son todos hechos con IA, se rompe el elemento fundamental del tejido social: la confianza” - ¿Por eso te decantaste por el camino de un antihéroe? -La gracia de mi último libro es que el protagonista es un terrorista. El desafío fue hacerlo desde el lado del villano, encontrar las motivaciones, sin que sea un fanático o un loco, que le permitan planificar los asesinatos y dormir tranquilo por la noche. Fue conseguir que los lectores empaticen con ese protagonista desde el primer momento, porque saben que va a hacer algo terrible. El lector queda en el dilema de verlo como un asesino y cuestionarse si, estando en su lugar, haría exactamente lo mismo. Esa es la trampa. La historia te coloca en una posición moral incómoda. - ¿Es un gran momento para las letras españolas? -Voy a matizarlo. Diría más bien que hay un talento brutal en las letras en español, Argentina, Colombia y el resto de Iberoamérica, donde existe un ingenio extraordinario. La ventaja comparativa que tengo como autor español es que en España hay una industria editorial extremadamente potente, una maquinaria que se ve en el tamaño de las tiradas. La diferencia es diametral. Mientras que una obra de una editorial grande en la Argentina sale con seis mil o siete mil ejemplares, en España una primera edición sale con 75 mil. Esto nos permite proyectar a lo grande. Cuando aparece un autor realmente descollante, es a través de la industria editorial española que acaba explotando y alcanzando a un montón de sitios. Antes, eran casos puntuales, García Márquez, Vargas Llosa o Camilo José Cela, autores que aparecían uno por generación. Con la globalización la gente se ha dado cuenta que nuestra manera de contar, la de todos los hispanoparlantes, es muy refrescante, por cómo entendemos y percibimos los puntos narrativos. - ¿Cómo pueden resonar tus ficciones en Argentina? -Los lectores argentinos son los más difíciles, los más exigentes. No sé si es por el psicoanálisis en este país, o qué, pero son los que desmenuzan más mis obras, buscan las motivaciones de los personajes y me hacen unas preguntas jodidísimas. Les va a fascinar que esté planteada desde el punto opuesto, va a saber que está mal lo que el protagonista va a hacer y aun así se va a convencer y lo va acompañar hasta el final. - ¿Hay futuro para la literatura? -Se van a seguir contando historias, pero creo que los escritores somos parte de un mundo de artesanos que se termina.
El mecanismo de un thriller se construye pieza a pieza, cada engranaje es fundamental y milimétrico en la maquinaria par





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