“Vemos por espejo, oscuramente”. San Pablo no pensaba en naciones divididas cuando escribió esas palabras. Pero le sirven, casi a medida, a Tierra de mi padre , la historia del escritor Thomas Mann y su regreso a una Alemania partida en dos tras años de exilio : una tierra que, como en el espejo del apóstol, solo podía mirarse de manera distorsionada y parcial. Esa misma fractura también la hereda su hija, Erika. Sandra Hüller, la actriz alemana que en apenas unos años se convirtió en uno de los nombres más reconocidos del cine, conversó con LA NACION sobre cómo fue poner el cuerpo en esta particular historia que llega este jueves a los cines. La nueva película de Pawel Pawlikowski comparte con sus obras anteriores algo más que rasgos formales y estéticos: las excepcionales Ida (2013) y Cold War (2018) también hurgan en las heridas que la Segunda Guerra deja en el cuerpo de Europa. Mann vuelve, en el verano de 1949, para recibir el Premio Goethe por el bicentenario del escritor, primero en la Frankfurt capitalista y luego en la Weimar comunista, convencido de que su tierra natal, en el fondo, seguía siendo una sola. Erika es otro de los puntos de vista desde los que se mira esa ilusión. A esa mujer que vive las dos Alemanias, le pone cuerpo una actriz cuya carrera atraviesa, desde 2023, una aceleración poco habitual. Ese año llegó su primera nominación al Oscar, por Anatomía de una caída , el drama judicial francés que la consagró, además de un papel secundario en Zona de interés , que se llevó el premio a mejor película internacional. En 2026 el ritmo no bajó, aunque sí cambió de forma: Hüller protagonizó películas tan distintas entre sí como dispares en su recepción, unidas por los elogios hacia su trabajo como único denominador común. Perdidos en el presente En sus conferencias sobre las distintas expresiones del tiempo, Borges distinguía una de las variantes del presente: el que se llama memoria, el presente del pasado. El escritor argentino también citaba a San Pablo (“Muero cada día”) para argumentar que no se trataba de una expresión patética, sino de algo que nos toca más profundo que cualquier otro dilema metafísico, porque está relacionado con nuestra identidad: ¿Quién es cada uno de nosotros? Pawlikowski llegó a Tierra de mi padre después de que se le derrumbara otro proyecto: The Island , una producción que llevaba años de preparación con Joaquin Phoenix y Rooney Mara, y que se desarmó semanas antes de empezar a filmar, durante la huelga de actores en Hollywood. De ese naufragio nació esta otra película. En Cannes, el cineasta explicó por qué eligió, una vez más, mirar al pasado para reflejar el presente: “Estoy perdido. No tengo idea de en qué período estamos, por eso hice una película de época”, reconoció en la conferencia de prensa. Y agregó: “La vida es complicada, porque no hay una sola narrativa y somos todos paradójicos de alguna manera”. Esa misma gravedad del tiempo (la memoria, la muerte que se repite cada día), atraviesa la trama de la película. El suicidio de Klaus Mann, hijo de Thomas Mann, es uno de los temas centrales del relato, que además retoma algunas de las lecturas que Mann hizo sobre la muerte en la obra de Goethe. Para contar esto, sin embargo, Pawlikowski tomó decisiones que no son fieles a los hechos. El viaje real de 1949 lo hizo Thomas Mann acompañado por su esposa, Katia, no por Erika: “ El viaje real ocurrió con Katia, la esposa de Thomas Mann, que no era dramáticamente tan interesante, así que la descartamos y trajimos a Erika, que era muy interesante ”, admite el director sin rodeos. Lo mismo hizo con la cronología: la muerte de Klaus Mann ocurrió en la vida real tres meses antes del viaje; en la película, lo sigue como una sombra inmediata. “Una muerte clave que ocurre temprano en la película en realidad pasó tres meses antes”, reconoció Pawlikowski, que además sumó personajes inventados, como unos nietos de Richard Wagner, para aflojar la tensión con algún golpe de humor. Ese canje de Katia por Erika le trajo a la película, de todos modos, un peso dramático que tal vez Pawlikowski no calculó del todo. Erika Mann estuvo casada, en la vida real, con Gustaf Gründgens, antes de que este hombre se convirtiera en una de las figuras teatrales más prominentes de la Alemania nazi, director del Teatro Estatal de Prusia. Gründgens fue, además, la inspiración directa para el personaje que le vende el alma al régimen a cambio de una carrera en Mefisto , la novela escrita por Klaus Mann, el hermano de Erika. Esa historia familiar, hecha de traiciones reales, es la que carga la escena en la que Erika le da una cachetada a Gründgens en la película. “Joachim fue tan amable que me costó mucho pegarle en la cara, pero se mostró generoso al permitírmelo, sin usar ningún truco, y lo recibió con gracia en cada toma”, contó Hüller sobre Joachim Meyerhoff, su compañero de escena. La actriz de teatro que triunfa en el cine Hüller no esconde cuál es, para ella, el verdadero lenguaje de su oficio: “Me eduqué en una escuela de teatro, así que este siempre será mi primer lenguaje artístico. Todavía no entiendo nada de filmación, no miro el monitor, no tengo ninguna técnica actoral específica”, admitió. Esa honestidad también se traduce en su manera de pensar cada pregunta y dar respuesta. No oculta, por ejemplo, que no tuvo ninguna lectura particular cuando se le pregunta en qué libros o películas se inspiró para encarar este proyecto. Esa falta deliberada de método la obliga a buscar otro ingreso a cada personaje. Para Erika Mann, dijo, el trabajo fue relacional: entender el vínculo con el padre y con el hermano, “no tanto un retrato de ella” como mujer. De Hanns Zischler, que interpreta a Thomas Mann, dijo: “Hans es básicamente un regalo para el mundo. Tiene un conocimiento muy amplio sobre la familia Mann, y es escritor él mismo, lo que también lo hace estar destinado a este papel. Hasta se parece físicamente”. De Pawlikowski, en cambio, lo que eligió destacar fue su manera de dirigir: impone “un marco muy estricto” que le deja al actor la tarea de “encontrar libertad en ese pequeño espacio que queda” disponible . “No es alguien que te hable mucho, no te explica tu personaje. Confía en sus actores mil por ciento, y la mayor cantidad de conversación la tiene con su director de fotografía, porque la película arranca desde la imagen”. Algo de eso se nota en el resultado: los bellos encuadres en blanco y negro de Tierra de mi padre llevan la firma del mismo fotógrafo polaco de sus películas anteriores, Lukasz Zal. Dos Alemanias, un solo Goethe Tierra de mi padre es la segunda película en la filmografía de Sandra Hüller que lidia con las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial en Alemania, después de Zona de interés . Se filmó casi en su totalidad en locaciones reales, en Polonia: Alemania ya está demasiado reconstruida para servir de escenario de época, y recrearla digitalmente habría encarecido la producción mucho más que cruzar la frontera. Más barato, y más fiel, fue dejar que el país vecino hiciera de doble, de espejo de una historia que ya no encuentra su reflejo en el paisaje real; con un presupuesto de unos 11 millones de dólares, alto para los estándares del cine europeo, pero lejano de cualquier cifra hollywoodense. “Para nosotros, como alemanes, ir a lugares en Polonia que fueron alemanes fue muy especial”, contó Hüller, y explicó que Pawlikowski y su equipo “ elegían lugares que parecían lastimados, todavía heridos por la guerra ”. La disputa que retrata la película fue real: en 1949, tanto la Alemania occidental como la oriental reclamaron para sí el legado de Goethe en el bicentenario de su nacimiento, y Mann terminó aceptando el premio en ambos lados, primero en Frankfurt y después en Weimar, zona soviética. La película no absuelve a ninguna de las dos Alemanias. En la occidental, a Mann se le advierte que su recepción pública se resentirá si cruza a la zona comunista. En la oriental, en cambio, una escena muestra a un hombre que irrumpe desesperado para denunciar que el régimen silencia a sus opositores: es arrestado ahí mismo, frente a los invitados. Dos sistemas, dos formas distintas de vigilar y castigar lo que se puede decir sobre Goethe, sobre Alemania, sobre uno mismo. Alemania no llegaría a verse “cara a cara” (ya no por espejo, ya no de manera oscura) hasta la reunificación de 1990, 35 años después de la muerte de Thomas Mann y 41 años después de aquel viaje dividido en dos premios, dos discursos, dos países que insistían en ser uno solo. El tiempo, decía Borges, no le permite a nadie ese “instante detenido” que pedía Fausto; apenas ofrece, como consuelo, la posibilidad de nacer y morir un poco cada día, de ser varias personas sin dejar de ser la misma. Algo de eso parece guiar a Hüller cuando describe lo que más admira de Erika Mann, el personaje que le tocó encarnar: “ L o que más amo de ella es que realmente no le importa lo que la gente piense de ella. Sabe quién es, y si decide ser otra persona, será otra persona. Es una cantidad enorme de libertad y orgullo ”, que, por un instante, también parece suyo. ¿Habrá alguna vez un país, o una actriz, o un lector, que logre detener el tiempo lo suficiente para verse entero? Quizás lo sepamos alguna vez. Quizás no. Las mismas palabras de San Pablo concluyen: “Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido”.

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Pawlikowski llegó a Tierra de mi padre después de que se le derrumbara otro proyecto: The Island , una producción que ll