Mariana es enfermera en un hospital público de Guadalajara. Cuando su madre sufrió un accidente cerebrovascular, se vio obligada a intercambiar turnos, faltar al trabajo y gastar sus ahorros en traslados y medicamentos. Su hermano quiere tanto a su madre como ella, pero nadie le preguntó si podía hacerse cargo; se daba por hecho que Mariana lo haría. Fernanda es abogada en la Ciudad de México. Tiene una hija de tres años, una carrera prometedora y un sueldo que le permite pagar una estancia infantil. Sin embargo, cuando su hija enferma, es ella quien cancela reuniones, retrasa entregas y deja pasar oportunidades. Su pareja también trabaja, pero las urgencias familiares parecen tener siempre a la misma responsable. Rosa vende comida en un mercado de Oaxaca. Se levanta antes del amanecer, atiende su puesto y regresa a casa para cuidar a sus nietos y a su esposo, que vive con una enfermedad crónica. No puede pagar a alguien que la sustituya, ni dejar de trabajar. Su jornada continúa mucho después de cerrar el puesto, sin vacaciones ni seguridad social. Estas, aunque son historias ficticias, reflejan lo que viven millones de mujeres en México. Cambian las profesiones, los ingresos y las circunstancias, pero se repite una realidad que conocemos bien. Cuando alguien necesita cuidados, casi siempre se espera que una mujer se haga cargo. Según el INEGI, en México 31.7 millones de personas de ocho años y más brindaban cuidados, y el 75.1% eran mujeres. Entre las cuidadoras de 15 a 60 años, casi la mitad señaló que estas responsabilidades les habían impedido trabajar o buscar empleo. Detrás de esos números hay decisiones que muchas veces se toman por necesidad, aunque impliquen renunciar a ingresos, oportunidades o tiempo propio. Estamos hablando de una problemática estructural. La desigualdad atraviesa todos los niveles de ingreso, pero sus consecuencias son especialmente duras para quienes tienen menos recursos. Una profesionista puede perder un ascenso, mientras una trabajadora informal puede quedarse sin el dinero que necesita para comer ese día. Por eso necesitamos servicios públicos suficientes, accesibles y de calidad para las infancias, las personas mayores y quienes viven con discapacidad o dependencia. En la Ciudad de México se han impulsado iniciativas como las UTOPÍAS y las Casas de las 3R, además de avances legislativos para construir un sistema de cuidados. A nivel nacional, todavía existe el desafío de articular servicios, recursos y responsabilidades para que cuidar y recibir cuidados sea un derecho efectivo. Pero hay algo más sobre lo que me gustaría detenerme. Muchas veces pensamos en los cuidados únicamente dentro de la familia, cuando la vida nos demuestra que nuestros vínculos son mucho más diversos. Hay amistades que acompañan durante una enfermedad, vecinos que están pendientes de una persona mayor y personas que comparten la crianza sin ser pareja. En Francia, la diputada Clémence Guetté ha planteado una iniciativa para reconocer derechos asociados a la amistad y a las relaciones de ayuda mutua. La propuesta abre una pregunta interesante. ¿Por qué algunas decisiones sobre quién puede acompañarnos y cuidarnos siguen dependiendo de los vínculos familiares tradicionales, si el cuidado también ocurre fuera de ellos? Me parece una conversación que vale la pena tener. Reconocer estas redes permitiría que las personas pudieran elegir, bajo reglas claras, a quienes desean tener cerca en momentos importantes de su vida. Esto no reemplaza los servicios públicos ni las obligaciones del Estado, pero sí nos invita a pensar en las distintas maneras en que construimos comunidad. Los centros de trabajo también tienen una responsabilidad importante. Contar con horarios flexibles, permisos suficientes y licencias parentales puede hacer una enorme diferencia para quienes necesitan cuidar a alguien. Pero también hace falta revisar cómo nos organizamos en casa y por qué seguimos dando por hecho que son las mujeres quienes deben ajustar sus tiempos, faltar al trabajo o dejar de lado sus propios planes cuando alguien necesita atención. Compartir esas responsabilidades debería ser parte de nuestra vida cotidiana, incluidos los hombres. Todas las personas, tarde o temprano, necesitaremos que alguien nos cuide. Quizá sea nuestra madre, nuestra pareja, un amigo o una vecina muy querida. Y todos deberíamos tener la posibilidad de cuidar a quienes queremos sin poner en riesgo nuestro trabajo, nuestros ingresos o nuestros propios proyectos de vida. En el marco del Día Internacional de los Cuidados, este 29 de octubre, pienso en la sociedad que queremos construir, una en la que nadie tenga que elegir entre proteger a alguien que ama y poder salir adelante. Ese es y será nuestro norte.

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Mariana es enfermera en un hospital público de Guadalajara. Cuando su madre sufrió un accidente cerebrovascular, se vio