En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast , el filósofo Darío Sztajnszrajber reflexionó sobre cómo la muerte de sus padres transformó su manera de entender el tiempo , la existencia y los vínculos. Explicó por qué busca correrse de la lógica de la productividad para conectar con el presente, cuestionar los mandatos y aprender a vivir sin estar siempre pendiente de lo que vendrá. Además, habló sobre el amor, el perdón y el autoconocimiento , la importancia de cuestionar las certezas y el valor de conectar con personas que piensan diferente. También contó cómo nació su obra teatral Mamá, soy un idiota , en la que combina humor y filosofía para abordar la muerte de su madre y reflexionar sobre la posibilidad de transformar el dolor en una experiencia que nos permita repensar la vida. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube . Darío Sztajnszrajber es filósofo, ensayista, docente y divulgador argentino, licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Se convirtió en una de las figuras más reconocidas de la divulgación filosófica en el país a través de programas como Mentira la verdad , de Canal Encuentro, sus libros ¿Para qué sirve la filosofía? , Filosofía en 11 frases y Filosofía a martillazos , y sus espectáculos teatrales. Es docente de FLACSO y del CBC de la UBA y recibió el Premio Konex en 2017 por su labor en divulgación. En 2025, la Legislatura porteña lo distinguió como Personalidad Destacada de la Cultura. —¿En qué momento te encuentro? —Me gusta la idea de momento. Yo creo que tiene algo que ver con la línea de tiempo. Me gusta pensar el tiempo como en interrupciones. Más a partir de cierto momento, que lo puedo circunscribir hace cinco años, cuando mueren mis viejos, uno detrás del otro, con cuatro meses de diferencia. Ahí tuve esta sensación de orfandad , por decirlo así. No podemos no ser hijos, como dice Recalcati, y en algún momento siempre la orfandad también nos atraviesa y nos delinea en lo que somos. Esa sensación de: se fueron. Ahí yo sentí que empezaba como una carrera mía. Yo sé que me falta bocha, o no sé (risas), pero lo pienso como para adelante desde otro lugar. Como que se me desquició, perdió su eje, mi experiencia del tiempo . Hasta ese momento, yo siempre pensaba para adelante, en términos más lineales. Con todo lo que hablo de la finitud y todo eso, medio se me obliteraba, se me ponía entre paréntesis, y era como una aplanadora yendo para adelante. Y a partir de ahí dije: “Epa, empecemos a vivir la vida de a momentos. No quiero hacer cuentas de cuánto me falta”. Todo eso, a partir de este acontecimiento. Se me movió algo ahí y empecé a relacionarme con el tiempo desde otro lugar, más para adentro y menos para adelante. —¿Y cómo se ve eso llevado a tu vida? ¿Qué significa el tiempo más para adentro? —La experiencia del tiempo lineal, secuencial o cronológico es, al mismo tiempo, un tiempo productivo. Esto de “aprovechar el tiempo”, con todo lo que implica la palabra aprovechamiento, en el buen sentido y en el más ch*to, si querés. Es pensarlo únicamente desde lo cuantitativo, desde la ganancia. El tiempo productivo es tiempo que uno no vive porque lo piensa más en función de lo que gana, de lo que después cosecha. Entonces nunca estás viviendo el presente porque siempre estás pendiente de lo que tenés que planear o vivir en función de un adelante, de un proyecto que se vuelve medio interminable. De algún modo, nuestra cultura hace de eso una especie de frenesí: cada vez que alcanzás un nuevo objetivo, se plantea un objetivo superior. Entonces se vuelve interminable y el presente se difumina. El cambio tiene que ver con eso. En concreto, es, por ejemplo, salir a pasear con mis perros y no estar con el celular. Lo mismo con mi pareja, con los libros, con los proyectos en los que me meto. No te estoy planteando la gran “hiponada”, donde se me desdibuja completamente. No, pero lo destotalizo, que es otra cosa. Me parece que uno no puede estar cien por ciento inserto en la maquinaria de la productividad . Ahora me citaste a una hora y fui “productivo”, en el sentido de que vine, pero eso es otra cosa. Es que no te tome todo, darle ese lugar. Me parece que un gran problema filosófico del ser humano son las totalizaciones, cuando hay una sola veta que te toma entero. “Hay que ser productivo, número uno, y después el resto”. No, no es así. Algo de eso se me movió y me cuesta, porque soy un tipo que toda mi vida fue muy productivista, pero esa sería la búsqueda de este momento de mi vida. —La orfandad es una experiencia que, de alguna manera, todos vamos a atravesar. ¿Qué te pasó a vos? —A mí me pasó medio al revés, porque mis viejos, hasta ese momento, nunca se habían constituido en puntos de referencia. Al revés, yo me peleé mucho con mi proveniencia. Me sigo peleando. Tengo una relación complicada con el origen. Hay gente que arma una continuidad con el origen y hay gente que, frente al origen, está siempre medio escapando o tratando de encontrarle una vuelta, de reinventarlo. A mí me pasó mucho eso. Hoy, cinco años después de su muerte, te puedo hablar de muchas reconversiones, incluso narrativas, que tengo en relación a eso, pero desde la adolescencia en adelante siempre huí de ahí. Todo mi comienzo vocacional, profesional, fue muy duro con mis viejos, que nunca entendieron a qué me iba a dedicar. Todo esto lo cuento en la obra que estoy haciendo ahora, Mamá, soy un idiota . Cuando le conté a mi mamá que iba a estudiar Filosofía , fue una hecatombe; no es que fue un momento. Y durante décadas fue tremendo (risas). No entendía a qué me dedicaba. Mi vieja se reconcilió conmigo y con mi carrera cuando empecé a hacer Filosofía en los medios. Fue más por los medios que por la Filosofía. Y ahí logré que viniera a una clase, en un curso. Como que le destrabé algo y pudo venir. Vino con mi papá y miraba. Yo hablé dos horas de Heráclito o no sé qué. Mi papá, que tiene cero relación con los libros, me dijo: “Muy buena”. Fue tremendo porque me lo dijo desde el corazón. No sé qué le habrá quedado, pero no importa. Conectó con algo de aquello a lo que me terminé dedicando. A mí me interesa mucho más eso, la transferencia, que el contenido: que te pase algo. —¿Aunque uno crezca y se convierta en adulto, sin importar la edad que tenga, sigue buscando la aprobación de los padres? —Sí. Ahí está lo de la referencia. Por ahí estuve toda una vida con esta pelea, con este conflicto y, en algún punto, uno está buscando, de alguna manera, chico o grande, cierto reconocimiento de tus padres. Hoy lo digo en chiste, pero cuando empecé a hacer Filosofía en los medios , mi vieja se medio congració. Pero en el momento era tremendo. Es como que no puede ser que, porque sale una nota mía en un diario, entonces ahora: “Qué groso lo que hacés”. Hace 20 años que doy clase desde las siete de la mañana hasta las once de la noche y siempre te pareció una pelotudez lo que yo hacía. Pero la muerte de los dos me permitió reinventar ese vínculo. Una cagada, porque solo a partir de ahí pude destrabar algo. Hoy estoy con mucha terapia, pero estoy convencido de que no había otra. ¿Hay arrepentimiento? Sí, siempre, porque hoy, con el diario del lunes, te diría: “¿Podría haberme vinculado de otro modo? Sí”. Si lo pienso más fríamente, te diría: “No”. Y es lo que pasó. Es lo que pudo ser y le puse toda la onda. Siempre te quedás con la sensación de que pude haber hecho más. Siempre falta. Pero retomo lo que decías antes: “Se me van a ir mis puntos de referencia”, y por ahí se te abre algo ahí, que hoy lo vivís angustiosamente como una pérdida, pero uno no tiene idea. Lo interesante de este proyecto abierto que es la existencia es que te zamarrea. Salvo que uno esté así, anquilosado y aferrado a formas encorsetadas de las que no te querés mover. Si uno se deja un poco, se entrega a esos momentos temporales que van apareciendo y, de repente, lo que uno anticipadamente pensaba que era la caída te libera cosas distintas. Yo sigo apostando a que la existencia te sorprenda. Me parece que es toda una decisión de cómo encarar. Por eso digo que para adentro y no para adelante es eso también. Porque para adelante es estar ahí, siempre en la plataforma de lo productivo, con el guion prescrito, el mandato, qué es lo que tengo que hacer y ser. Y no importa que te dediques a una actividad u otra. Me parece que hay algo mucho más interesante, por lo menos para mí, que tiene que ver con lo imprevisto. Me acuerdo de la cantidad de veces que pensé en el momento en el que iba a recibir el llamado y me iban a decir: “Se murió”. Lo habré pensado durante 50 años. Me imagino que le pasa a mucha gente. Es algo con lo que uno trata de no engancharse, pero en algún momento no te podés dormir o te agarra. Además, tuve un montón de llamados donde yo estaba con miedo, hasta que llegó. Esto del tiempo . Hay un filósofo-teólogo que se llama Bernard Belte, que hace toda una disquisición acerca de distintas experiencias del tiempo. “El ahora decisivo”, dice él. Es ese momento que vos lo estás esperando durante toda la vida y, cuando llega, decís: “Es ahora”. No es solo lo que te está sucediendo, sino que sos consciente del ahora, porque nosotros vivimos una experiencia del tiempo en la que, como te decía antes, no vivís el presente porque lo ves siempre en una especie de diseño lineal. Y en ese momento yo estaba, me acuerdo, en el living de mi casa. Suena el teléfono, era mi hermano, Mauro, que me dice: “Se murió, boludo”. Y yo me acuerdo de una voz destruida y, al mismo tiempo, como periodista. Le escuché esa dualidad en la voz: como dando una noticia y, al mismo tiempo, destruido. “Se murió, boludo”. Ya está. Era porque estaba hacía tres días internada. Me imagino que hay otros casos más impactantes, donde directamente no estás ni esperando un accidente, esas muertes que te derrumban. En este caso, fueron tres días previos. Yo me acuerdo de, en ese momento, decir: “Ah, llegó”. Y ahora, cinco años después, es un momento que yo necesito todo el tiempo para recuperarlo y hacer cosas. Cuando se muere mi mamá, Sole, mi novia, me regaló un libro que se llama A la salud de los muertos , de Vinciane Despret, una filósofa belga maravillosa, que un poco habla de esto: cómo seguir relacionados con nuestros muertos, saliendo del binario de que los muertos ya no están o siguen en otra vida. Desde un lugar más literario. Del mismo modo que uno se relaciona con algunos personajes. Yo tengo personajes literarios que me acompañan toda la vida. La Maga, de Rayuela, de Cortázar, me acompaña desde la adolescencia. Y acá es cómo te relacionás, si querés, más literariamente, porque te siguen afectando y te siguen hablando, y sigo descubriendo cosas. Es más, te diría, sobre todo a partir de la lectura de ese libro, que me destrabó esto de cómo vincularme, de salir de ese binario que es tan taxativo. Porque uno se engancha en eso: el muerto se murió y entonces hay que hacer el trabajo de duelo. Para mí, el duelo es infinito, no termina. No sé lo que es algo que cierre. Mi mamá está conmigo y, así como estuvo de un modo más conflictivo en vida, ahora está de un modo mucho más pacífico. El día que murió, yo al otro día tenía una función en el Teatro Morón, un espectáculo que se llamaba Deconstrucciones: el amor, el poder, la muerte. Todos me dijeron: “Suspendamos”. Y yo dije: “Quiero ir”. A mi mamá, por cuestiones de calendario de la religión judía, la enterraron recién el domingo. Entonces me quedé ahí ese tiempo y fui. Y no sé lo que fue. Obviamente, escuché ruidos, sentí que estaba. Ahora traigo el libro de Despret. La pregunta es: ¿estaba? ¿Estaba de verdad? Estaba de una forma, si querés, diferente a la existencia en la que nosotros concebimos, filosóficamente, un cuerpo vivo, un cuerpo muerto. Está de otro lugar. Uno vive rodeado de fantasmas. Y los fantasmas pueden estar muertos, vivos, pero te dialogan, te transforman desde otro lugar. Pero es estar abierto a eso. —Después de la muerte de tus padres, ¿cambió también tu manera de pensar la fe, la espiritualidad o la idea de que existe algo más? —La relación entre la filosofía y la religión es muy estrecha. Hay mucha filosofía religiosa. Obviamente, hay una corriente de la filosofía más, si querés, antirreligiosa. Pero después tenés una tradición filosófica, a partir de la aparición del cristianismo en adelante, con filósofos muy importantes en Occidente. Pero sí hay un imaginario que, de nuevo, busca el binario: el filósofo ateo o el pensamiento crítico. Es cierto. Las corrientes en las que yo me siento más cómodo en la filosofía, que tienen que ver con el pensamiento crítico, son muy antidogmáticas y nunca van a terminar aceptando una certeza. Siempre van a estar, y esto es lo que más me gusta de la filosofía, anteponiendo la pregunta a la respuesta. Para mí, hacer filosofía es tener siempre la necesidad de seguir preguntando por qué. Hacerte preguntas cuestiona tanto al creyente como al ateo. Para mí son dos posiciones de tanta fortaleza que me hacen ruido. Yo dudo. No me cierra. ¿Qué me pasa con la fe? Todos los productos de la fe empaquetados, como prearmados, no me cierran. Como no me cierra ningún producto empaquetado en lo político, en lo filosófico. ¿Eso significa que no me pregunto si hay algo más? Es lo único que me importa. La única pregunta que a mí me calienta, que me despierta todos los días, es: ¿hay algo más? —¿Esa pregunta por “algo más” te acompaña hace mucho? —Sí. Yo no hago otra cosa en la vida que preguntármelo. Me lo pregunto desde los cinco años. Calculo que por eso también me dedico a esto. A los cinco años, en el recreo del colegio, en Villa Crespo, había chicos corriendo. Yo miro y tengo una especie de epifanía: me doy cuenta, en ese momento, de que el tiempo pasa. Y me quebré. Me puse a llorar. Es posta eso. Fue toda una situación que recordamos mucho con mi mamá durante mucho tiempo. Entonces viene la maestra y me dice: “¿Qué te pasa?”. Y yo me había dado cuenta de que el tiempo pasaba, que se llevaba todo puesto y que, entonces, se iban a morir todos, me iba a morir yo, iba a desaparecer ese colegio. Esta cosa de la evanescencia. La maestra me mandó a dirección porque, pobre, no sabía qué hacer. Yo estaba desconsolado. Entonces, a mí me quedó que me mandaran a dirección como que hice algo mal. Fue mi primera angustia existencial , claramente. Y mi vieja me vino a buscar y terminé con un pediatra que, con mis cinco años, me dio Valium. —Lo que te estaba pasando era algo totalmente natural, ¿él qué dijo? —Él no lo entendió así. Fue muy fuerte. Fueron unos meses, pero acá estoy y, de algún modo, también me trajo hasta acá. Y lo digo porque vivimos en una sociedad que intenta, en situaciones como esa, no sé si sacarse el problema de encima o cómo resolverlo, pero fue impactante. Yo, en ese momento, ni me di cuenta. Pero después, con el tiempo, cuando mi vieja me contó cómo había sido todo eso, lo vas recuperando de grande y preguntás: “¿Cómo que me dieron un ansiolítico siendo tan chiquito?”. Mi mamá me decía: “No, es que no dormías, estabas todo el tiempo con miedo a la muerte, veías como monstruitos, cosas así”. Igual, uno, a lo largo de la vida, también se relaciona y va trabajando la cuestión del perdón. Ahora, ¿el pediatra? Se te cierran cosas, se te abren otras. Tal vez le debo mucho más de lo que supongo a esa situación que viví y a su forma de resolución. Yo qué sé. —Contaste algunas cosas nuevas que se te abrieron. ¿Qué sentís que cerraste o resolviste? —Me pasa al revés: tengo como un impulso a que, cada vez que me aparece una cuestión medio masticada, medio cerrada, la cuestiono. Voy más profundo. Por ahí es mi karma. Gran parte de la angustia que me sobreviene tiene que ver con eso. Lo que intento, y vuelvo al inicio de nuestra charla, es encontrar esos paréntesis temporales como para decir: “Aunque mi cabeza esté dando vueltas con mil cosas, voy con mis dos perras a dar una vuelta y estoy ahí; estoy con mis hijos y estoy bien”. —¿Encontrás espacios en los que puedas detener ese movimiento constante de pensamientos y habitar el presente? Pienso, por ejemplo, en el escenario. —Ojalá. ¿Viste esa idea de Nietzsche de que uno es un campo de batalla, que internamente hay muchos en combate entre sí? Bueno, algo de eso. Yo estoy en el escenario o voy a la cancha a ver a Estudiantes de La Plata, estoy ahí viendo a mi equipo y mi cabeza hace “¡tuc, tuc, tuc!”. Ya somos cuatro. Pero no es que estoy pensando que mañana tengo que entregar un texto. Me sobrevienen otras ideas y, de repente, me cuelgo, porque eso es un poco desde qué lugar hago filosofía, diciendo: “¿Qué estoy haciendo acá?” (risas). Y estoy ahí, en el escenario, y me estoy preguntando eso. Y hay otro Darío que dice: “Y te falta poco para morir”. —¿O sea que nunca te terminás de entregar del todo a una situación? —Es que somos muchos acá adentro —se señala—. Soy geminiano. Me parece que tiene que ver con eso, según me han dicho. No es que conozco mucho, pero evidentemente hay algo del despliegue de fragmentos. Igual, aprendí a jugar con eso porque, si no, es medio “border”. —Cuando te propusiste escribir esta obra de teatro, ¿cuál era la búsqueda? ¿Cuál era la pregunta que estabas tratando de resolver? —Básicamente, escribo Mamá, soy un idiota a partir de la muerte de mi mamá y de toda una situación tragicómica que se vive en su entierro. A partir de esa escena, veo la posibilidad de llevar esto al teatro para seguir trabajando algo, filosóficamente hablando y emocionalmente, de lo que a mí me pasa con la muerte de mi vieja. Pero, al mismo tiempo, esta situación tragicómica me pareció muy teatral: cuando estamos en el entierro hay un problema administrativo, burocrático, y estamos ahí, en el momento del entierro, las personas, el sol, el féretro, el ataúd, la sepultura, todo a punto de darse. Ya habíamos hecho los ritos, yo ya había hablado, me había despedido, habíamos llorado, y alguien dice: “Hay que esperar antes del entierro porque falta un papel”. “Pero, señor, ya está todo. Lo único que falta es que bajen el cajón y tiren la tierra”. “No, no, no, hay que esperar”. Entonces sale Mauro a tratar de resolver. Tenemos esa dualidad de personalidades y, mientras él empieza a tratar de resolver el tema administrativo, es como: “Quedate con la gente”. Y estuvimos una hora y media hasta que se resolvió el tema. Entonces empecé a contar anécdotas de mi mamá y, de repente, empecé a hacer filosofía. Aparte, mi vieja, que quería ser actriz, tuvo su momento. Despret dice eso: los muertos también te piden que les des la posibilidad de resolver algunos pendientes. Fue el momento de mi mamá: esa hora y media, todos cagándose de risa, de calor, en noviembre. Y en la obra hago eso. Lo llevé a una casa velatoria en términos, si querés, más teatrales. Está el féretro, el cajón, y aparece un audio donde mi hermano dice: “Darío, necesito una hora y media. No podemos ir al cementerio, entretené a la gente”. Y ahí se prende la luz, yo levanto la cabeza, está todo el público y es una hora y media con mi mamá ahí presente, donde vamos hablando, desde el humor, la emoción y la filosofía , de todo lo que hay alrededor de ser hijo, de la muerte, del amor, del perdón, etcétera. Todo bajo la dirección de Martín Recchiuzzi, que le pone una cuota de humor, de absurdo, pero también de profundidad. Leticia Mazur hace tres personajes que van entrando al velorio y se armó una obra. Y a mí la obra me transforma. Cada vez que la hago, no es solo el evento teatral o filosófico, sino que me pasa todo. —Decís que la obra aborda temas como el perdón, el amor y la muerte. ¿Pensar tanto sobre estas cuestiones, intentar conceptualizarlas y comprenderlas, transforma tu manera de amar, de perdonar y de vivir? —Sí y no. No cuando te colgás en una cuestión intelectual, donde empezás a darle vueltas a las palabras y eso te aleja. A veces, un pensamiento más mediato, que sobre todo se cuelga en deliberaciones, si querés, más abstractas, es una manera de no hacerse cargo del cuerpo. La filosofía siempre tuvo una relación conflictiva con el cuerpo. Nietzsche decía que la filosofía es una especie de exégesis del cuerpo, malestar del cuerpo. Pero, en ese dualismo cuerpo-mente, pensá que lo filosófico siempre es la mente, separándose del cuerpo. Los griegos, Pitágoras, Platón, decían que cuanto más uno se concentrara en su alma, más, a la hora en que llegaba la muerte, iba a estar el alma separada del cuerpo para que después el cuerpo se quedara en la Tierra y el alma trascendiera y sobreviviera eternamente en otro mundo. Entonces había que estudiar matemática, filosofía, como para desprenderse todo el tiempo del cuerpo. A mí la filosofía que me gusta es la que se vuelve a hacer cargo del cuerpo. Por eso también la mezclo con el humor, con el teatro, porque necesito vivirla en experiencias concretas. En ese sentido, sí, doy vueltas, porque también hay otras corrientes filosóficas más contrahegemónicas que pelean contra eso. En la misma época griega, los epicúreos ya eran corrientes que buscaban ensuciarse un poco, poner el cuerpo por delante. Yo creo que, obviamente, las dos posibilidades están a la mano: cómo, haciendo filosofía, uno evade o cómo uno se transforma. Yo intento que me transforme. ¿Por qué leo a los filósofos que leo? Porque siento que me generan la posibilidad de modificar, en concreto, algo de mi vida. Si pienso en otras experiencias del tiempo, leo a todos los filósofos que hablan sobre la temporalidad . Si estoy en mi vida siendo un productivista enfermo, bueno, soy un idiota. Es un poco eso lo que intento. Esto aparece mucho en la obra: la teoría y la práctica, la coherencia o la contradicción. Después uno intenta, y también está esta cosa de las idealizaciones permanentes y de lo perfecto, como: “Ah, bueno, si no termino de aplicar todo lo que pensé sobre el perdón...”. Y después no puedo. El tema es el propósito, lo vocacional, estar en busca de eso. Hay un montón de ideas que tengo o pienso, que después, en la práctica, me cuestan un montón. Pero hay un intento, un camino, hay ideas sobre el amor. En mi último libro sobre el amor, la mitad de las cosas que pienso sobre el amor, después, cuando estás con tu pareja, con tus hijos, vas viendo los grises también. El tema es tener claro qué es lo que te molesta, de dónde querés escapar. Esa especie de autoexigencia de que, si no vas al cien, no sirve, no es así. Lo intentás, pero después está la vida. La vida, por suerte, es mucho más diversa. Aparte, vas aprendiendo, te van cambiando algunas ideas a lo largo del tiempo. Eso también pasa. —¿Qué es el autoconocimiento para vos y qué cosas te han funcionado para conocerte mejor y hacerte esas preguntas? —Desaprender. Yo creo que venimos a este mundo formateados. Uno va creciendo al interior de una cultura que tiene respuestas, fórmulas y recetas para todo. Y cuando uno más o menos se da cuenta, a los 12 o 13 años, porque de chiquito empiezan a aparecer, pero en la adolescencia, la pubertad, es como que ya estás hecho en algún punto. Obviamente, estás para realizarte, pero estás arrojado a un mundo que tiene sentido. Entonces, para mi autoconocimiento, me resultó siempre mucho más interesante desentenderme de eso, pelear contra esos lugares en los que yo ya estaba, de algún modo, prediseñado. Porque ese sentido común en el que uno está inserto no lo visualiza como algo que puede ser de otro modo. Uno cree que hay formas incuestionables, normales o naturales. Y cuando uno empieza a moverse, se da cuenta no solo de que no es así, sino de que todo puede ser de otra manera. Incluso eso mismo, porque uno puede pensar: “Me inocularon esta idea, pero está buena”. Pero es distinto darte cuenta de que, en algún punto, uno intenta elegirla a pensar que es así de manera definitiva. Para mí, conocerse a sí mismo es escaparse de uno mismo, no encontrarse a uno mismo. O sea, escaparnos de lo que han hecho de nosotros. ¿Viste cuando se discute el tema de la identidad, quién es uno? La pregunta por la identidad, para mí, está más en línea con algunos pensadores: es un proceso de desidentificación. Quiero saber quién soy yo es, antes que nada, salirme de lo que han hecho de nosotros. —¿Alguna vez se resuelve esa tarea? —Nunca. Además, a lo largo de la vida va cambiando y hay cosas que uno pensaba que estaban bien y después se da cuenta de que no. Pero a mí me pegó así. Por ahí otros necesitan, al revés, sentirse contenidos. A mí las contenciones, en general, me provocan aprisionamientos. Pero en esto no hay un manual de instrucciones universal. Y esto es lo interesante de la singularidad humana : ver, en mi vida, por qué me pasó esto. Es muy loco eso, porque hay gente que, en la misma situación en la que uno dice: “Alcancé un poco de paz”, para mí es: “Me estoy sofocando. Necesito salir de acá”. —Dos de tus libros se titulan Filosofía a martillazos, una expresión asociada a Nietzsche. ¿Qué significa para vos esa idea de hacer filosofía a martillazos? ¿Cómo la interpretás? —Hay muchas versiones y lecturas que uno puede hacer. Hay una primera, que es la más evidente: el martillazo, sobre todo frente a conceptos cerrados, macizos, sólidos, que parecen, desde su solidez, no revelar su contingencia, que pueden ser de otro modo. Entonces, solo a partir de un golpe uno puede, de algún modo, hacer implosionar esos conceptos sólidos y empezar a visualizar sus esquirlas. Me marcó mucho esto de que todo puede ser de otra manera, porque es una decisión frente a la vida, a las cosas que uno hace. Es existencial. Pero también el martillo es una forma de desarreglo. No deja de ser una herramienta que te permite descomponer algo que está hecho y que no muestra su carácter de haber sido fabricado, que es la idea de la deconstrucción . ¿Qué es deconstruir? Es evidenciar que muchos de los conceptos, de los valores, de las ideas que se arrogan una especie de normalidad o necesidad son también producto de una época, de un interés, de lo que sea. —Y también la idea de romper algo que no es frágil, que no está roto, ¿verdad? —Sí, está la idea del martillo auscultando, como pegando. Eso está en Nietzsche: intentar escuchar qué hay detrás. Pensá que en ese texto él dice: “Ídolos vacíos”. Muchas veces uno intenta también escuchar qué hay detrás y, a veces, se da cuenta de que detrás de muchas de las ideas que se intentan instalar no hay nada. El martillazo nietzscheano es una manera de relacionarte también con el sentido: estar siempre alerta. —¿Con el sentido de la vida? —Sí, con las grandes cuestiones que minan tu cotidiano. —¿Es tu filósofo preferido? —De adolescente fue el que me partió a martillazos la cabeza. Mi filósofo preferido ahora se llama Jacques Derrida . Es un poco el impulsor de la idea de la deconstrucción. Un filósofo judío francés nacido en Argelia. Se fue a París a los 19 años y tuvo una vida también atravesada por esa cuestión del conflicto de identidades. Y te cuento que hace unos pocos meses me fui a Argelia, que, de los países del norte de África, no es de los más turísticos. Estuve siete días buscando la casa donde nació para entender un poco esta relación entre lo biográfico y sus ideas. Derrida retoma su infancia en Argelia recién en sus últimas obras. Pero algo de eso se vincula con mi propia búsqueda, donde uno está buscando en lo biográfico algo de lo que le pasa. Platón es un filósofo que a mí me encanta leer, pero lo leo a partir de la lectura de otros. Por ejemplo, leo a Platón desde Derrida. Entonces, cuando voy a leer el texto, eso nos pasa: uno muchas veces cree que tiene una relación con el texto, como tête-à-tête. Pero también las lecturas que uno tiene suponen lecturas de otros que, a veces, son evidentes y, a veces, no. —Si pudieras decir algo que represente a Derrida para alguien que no conoce su trabajo, ¿cuál es su punto? —La deconstrucción como concepto fundamental. Revelar que toda nuestra cultura está asentada en binarios y que los binarios suponen siempre una jerarquía, donde son autoexcluyentes, como la vida y la muerte; lo humano y lo animal; lo subjetivo y lo objetivo; la mentira y la verdad. Y Derrida te va a decir: todos esos binarios tienen mucho más que ver entre sí de lo que uno cree. La vida y la muerte, ni hablar. Nacemos y, en el acto en que nacemos, empezamos a morir. Lo humano y lo animal, o sea... —El dolor y el placer. —La mentira y la verdad. Y entiendo que uno pueda decir: “Está muy claro lo que es una mentira”. Muy claro hasta que uno empieza a desagregar, a descomponer, a analizar. Son binarios farmacológicos porque nos tranquilizan. Los amigos y los enemigos. Derrida tiene un libro que se llama Políticas de la amistad, donde juega con eso. Hay una frase de Nietzsche en Así habló Zaratustra que dice: “Mi mejor amigo, mi peor enemigo”. Mi mejor amigo es mi peor enemigo. Si es mi peor enemigo, ¿cómo va a ser mi mejor amigo? —¿Nuestras mejores cualidades son nuestras peores cualidades? —Tiene algo de ese rulo, sí. Entonces, ¿por qué mi mejor amigo es mi peor enemigo? Porque tal vez mi mejor amigo, para nuestra concepción más cotidiana, es aquel con el que estás todo el tiempo, el semejante, pero que te está adulando, te dice a todo que sí, te acompaña. Entonces no hay un desafío. ¿Qué buscás del amigo? ¿Qué buscás de ese otro? Y, de repente, tu peor enemigo, en el intento de destruirte, te revela algo de vos que tus amistades más cercanas por ahí ni en pedo te lo revelan. Entonces tiene que venir el enemigo y vos le decís: “¿Qué me decís?”. Pero después te quedás pensando qué onda. A mí me pasó una vez con alguien con quien discutíamos mucho públicamente. Yo lo odiaba porque me buscaba todo el tiempo y teníamos discusiones. No viene al caso, pero en un momento me acuerdo de que, en un debate, me para en seco y me dice: “¿Vos sabés cuál es tu problema, Darío?”. Fue en una radio: “Vos te hacés mucho el abierto. Tenés la cabeza tan abierta que un día se te va a caer el cerebro”. Ni te cuento de qué estábamos discutiendo. Y yo dije: “Qué estupidez la que decís”. Hasta hoy esa frase me cambió la vida, porque no quiero que se me caiga el cerebro (risas). Y me di cuenta de que ser abierto también implica ser consciente de tus propias limitaciones. En ese momento lo quería matar. Pero me reeducó mi enemigo. —Siempre esa apertura está delimitada por algo, ¿no? ¿Creés que siempre hay un cerco, más allá o más acá? —Ahora lo decís vos y yo te digo: “Sí”. Pero, en ese momento, yo era más chico: era todo apertura. —Hay un libro de Mariano Sigman y Jacobo Grinberg, La amistad, que habla de las amistades competitivas. Ponían el ejemplo de dos tenistas: por más que pasaron toda su carrera enfrentados, en realidad lo que estaban haciendo era subirse la vara. ¿Cómo lo ves? —Es hermoso. Nietzsche tiene mucho sobre la amistad. Derrida, en este libro, Políticas de la amistad, relee ideas de Nietzsche, de Aristóteles, que tienen que ver un poco con esto. Después se demostró que fue más un error de traducción, pero de esos errores que quedan en la filosofía y a partir de los cuales todo el mundo hizo conceptos. Aristóteles dio una clase sobre la amistad y termina diciendo: “Bueno, amigos míos, la amistad no existe”, o “Amigos, no hay amigos”. Yo, en el libro Filosofía en once frases , que es uno de mis libros, analizo esa frase: esta idea de la contradicción. “Amigos míos, la amistad no existe”. Entonces, ¿por qué me decís “amigos míos”? Pero es esto de lo perfecto y lo imperfecto, las amistades posibles y las imposibles, las amistades del sentido común y las que buscan algo distinto. De hecho, en la obra Mamá, soy un idiota , hay toda una primera escena donde cuento el día que le digo a mi mamá que voy a estudiar Filosofía. Mi mamá se pone a llorar, cuento todo esto medio tragicómico, y al final se revela que el problema que tenía mi mamá era que el hijo de su mejor amiga iba a ser contador y que a ella le daba vergüenza que el suyo fuera a estudiar Filosofía. Pero mi vieja me cuestionaba que estudiara Filosofía y nunca me habilitó el dato de que su problema era su amiga. Entonces yo digo: “¿Qué es la amistad?”. Porque tenemos la romantización de la amistad como algo liviano. Está bueno darle esa vuelta. Nietzsche dice que el amigo no es tanto el semejante, sino más bien el lejano. Tiene que ver con lo que me pasó a mí con este tipo que me bardeó y me hizo pensar. Por ahí el más lejano a nosotros nos termina interviniendo, nos genera una diferencia. Y te digo esto también en términos más macropolíticos. Uno, en general, se junta con los propios y, a veces, es el otro, el que no tiene que ver con uno. Y no significa convertirse en otro, pero sí tener predisposición al diálogo, a la novedad. Lo pienso incluso en la pareja. Yo ahora estoy hace años en pareja con Sole, somos de mundos muy distintos. A mí me sigue sorprendiendo, me sigue interviniendo. Y hay algo del amor, ni hablar del deseo, que tiene que ver con la diferencia. Tampoco la diferencia radical, porque no hay lugar de donde enganchar, pero me parece que tiene que haber un poco de ambas cosas. —Si los binarios pueden revisarse y complejizarse, ¿es importante hacer el trabajo de juntarse con gente distinta y tener amistades que piensen distinto? —Bueno, vos lo hacés con tus entrevistas. No llamás a toda la gente que piensa como vos. Y no te ponés en un lugar, hoy muy propio de las redes, que es: “Voy a destruir al otro”. El diálogo se convirtió en algo destructivo. Y el diálogo es: ¿qué me trae el otro que yo no había pensado? La predisposición es otra. Yo creo en ese tipo de vínculo en general: en la amistad, en el amor y en lo laboral. —Darío, quiero hacerte la última pregunta, que ya te la hice la última vez que pasaste por acá: que nos dejes alguna recomendación, algo que en el último tiempo te sorprendió, te llamó la atención, te dejó pensando. Puede ser una idea, lo que sea que te gustaría dejar como último mensaje. —Apagar un poco. Me parece que está todo demasiado encendido. No apagarse, al revés. Yo creo que uno se enciende en la medida en que, por ahí, inhibe tantas cosas que están demasiado prendidas, encandilantes. Yo lo intento. A veces me sale mejor, a veces peor, pero tiene que ver con recuperar algo del “porque sí”. “Todo lo que hago tiene que tener un sentido, todo tiene que servir para algo”. Y no es así. Se dice que la filosofía es un saber inútil, básicamente porque cuestiona por qué todo tiene que ser útil. Y nos reconcilia con algo de lo no productivo de la vida. Pensá que nacemos y morimos. Si en el tiempo que nos toca vivir lo único que vale es ser productivo, hay, como mínimo, un problema. Entendería si uno es productivo para después, no sé, garantizarse la eternidad. Pero así como apareciste, así te vas. Entonces hay algo de correrse de ese lugar. Yo estoy más en esa búsqueda. Y en pequeñas cuestiones. No buscar lo grande. En lo pequeño, a veces, está más de lo que uno piensa.

QUOTE · 引述
Sí”. Si lo pienso más fríamente, te diría: “No”. Y es lo que pasó. Es lo que pudo ser y le puse toda la onda. Siempre te