SEÑOR DIRECTOR: Cuando hago clases de política fiscal, les explico a mis alumnos que un país puede ordenar sus cuentas de dos maneras: por decisión propia, con tiempo para acordar prioridades; o bajo presión de los mercados, de golpe y sin poder elegir qué recortar. Francia está dando una clase magistral sobre el costo de postergar la primera. Su deuda pública ronda el 119% del PIB, su déficit alcanzaría el 5,4% este año y el bono soberano a diez años rozó el 5%, máximo desde 2002. Para 2027, los intereses de la deuda del Estado superarán los US$102.000 millones, más que lo que gasta en educación o en defensa. Pero el riesgo ya no se limita a Francia. El Nobel de Economía Paul Krugman advierte que una crisis de confianza podría convertir a la segunda economía de la eurozona en un país que pase de ser “demasiado grande para quebrar” a “demasiado grande para rescatar”. Un eventual salvataje sería extraordinariamente costoso y políticamente divisivo. La paralización de la reforma previsional de Macron expone el problema de fondo: ningún Estado de bienestar se sostiene indefinidamente con déficits persistentes, bajo crecimiento e incapacidad para alcanzar acuerdos. Chile debería tomar nota de tres lecciones: una política fiscal creíble, que se anuncie y se cumpla; acuerdos políticos que permitan reformas difíciles; y crecimiento económico que financie las prioridades sociales. La consolidación fiscal puede ser impopular, pero la alternativa es perder la capacidad de decidir, con consecuencias que terminan pagando especialmente los más vulnerables. Merci, Francia. Escarmentar en cabeza ajena sigue siendo la forma más barata de aprender. José Tomás Vergara Economista y profesor universitario
SEÑOR DIRECTOR: Cuando hago clases de política fiscal, les explico a mis alumnos que un país puede ordenar sus cuentas d



Comentarios