De niños, a muchos nos enseñaron que la palabra empeñada vale tanto como un contrato. Uno cumple aunque cueste, porque sabe que la confianza que se pierde no vuelve fácil. Los países funcionan igual: necesitan creer que las reglas se cumplen, que quien tiene una responsabilidad responde y que el esfuerzo de hoy vale la pena porque mañana puede ser mejor. Los abogados lo llamamos fe pública. No se ve, pero lo sostiene todo. Y no se decreta: no se recupera con multas ni con sanciones. Se construye paso a paso, y cuando se pierde cuesta mucho recuperarla. Por eso hay que cuidarla y tomarle el peso a cada decisión. Las últimas semanas dejaron un ejemplo en el Senado. Un senador de oposición que buscó trabajar con el gobierno y el oficialismo para mejorar proyectos de ley e incorporar miradas distintas fue sancionado por su coalición, que lo sacó de la Comisión de Constitución. El mensaje es devastador: en política, trabajar por el bien común se castiga y bloquear se premia. Así se quiebra la fe pública, y la gente deja de creer que podemos construir juntos un país mejor. No es el único caso. La confianza se erosiona cuando quienes administran lo que es de otros, como nuestros ahorros previsionales, parecen olvidar que lo ajeno se cuida con más celo que lo propio. Cuando las reglas no están claras o la justicia tarda tanto en llegar que deja de sentirse como justicia. Y cuando el Estado está ausente: cuando la familia que espera una atención, la comunidad que vive con miedo o el pueblo aislado tras un temporal sienten que nadie los ve. Ninguno de estos hechos derrumba un país por sí solo. Pero juntos instalan algo más grave: la pérdida de la esperanza. Y sin esperanza desaparecen los incentivos para construir futuro. ¿Para qué ahorrar, si puedo perderlo? ¿Para qué emprender, si las reglas cambian según el ánimo de turno? ¿Para qué tener hijos, si creo que los voy a traer a un mundo más difícil que el que me tocó vivir? Esas preguntas ya no son teóricas. Están detrás de la desconfianza en las instituciones, de la apatía frente a la política y de la sensación de que cada uno debe arreglárselas solo, de que ningún cambio va a mejorar mi vida ni la de mi entorno. Recuperar la fe pública no es tarea de un solo actor. Es del Poder Ejecutivo, del Legislativo y del Judicial. Pero también de las instituciones que cumplen una función pública, de las empresas y de todos nosotros en nuestras comunidades. Chile necesita que volvamos a hacer algo muy simple, que aprendimos de niños: cumplir la palabra. Porque cuando volvemos a creer, recuperamos la esperanza y volvemos a apostar por el futuro. Y un país que apuesta por su futuro es un país que avanza. Por Beatriz Hevia , abogada
De niños, a muchos nos enseñaron que la palabra empeñada vale tanto como un contrato. Uno cumple aunque cueste, porque s



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