La manera en que utilizamos el dinero está cambiando más rápido que nuestra capacidad para comprenderlo. Hoy podemos abrir una cuenta, solicitar un crédito, invertir o realizar una transferencia desde un teléfono móvil en cuestión de minutos. Sin embargo, esta facilidad también plantea un desafío: tener acceso a más herramientas financieras no necesariamente significa contar con los conocimientos para utilizarlas de manera responsable y tomar decisiones que favorezcan nuestro bienestar económico. Durante mucho tiempo, hablar de educación financiera significaba aprender a ahorrar, organizar los gastos y evitar deudas innecesarias. Aunque estos hábitos siguen siendo fundamentales, la economía digital nos exige ir más allá. Ahora necesitamos comprender los riesgos de las transacciones digitales, identificar oportunidades de inversión, proteger nuestra información y evaluar las consecuencias de cada decisión financiera. En México, los avances en inclusión financiera son importantes, pero también evidencian los retos pendientes. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF) 2024, elaborada por el INEGI y la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV), el 76.5 por ciento de la población adulta cuenta con al menos un producto financiero, un incremento de 8.7 puntos porcentuales respecto a 2021. No obstante, el acceso no siempre se traduce en mejores hábitos: menos de una cuarta parte de las personas lleva un presupuesto. Esta diferencia entre tener acceso y saber utilizar los servicios financieros merece especial atención. Porque la verdadera inclusión no consiste únicamente en incorporar a más personas al sistema, sino garantizar que puedan aprovecharlo para construir estabilidad, enfrentar imprevistos y generar oportunidades de crecimiento. El desafío adquiere una dimensión adicional cuando observamos las diferencias entre mujeres y hombres. La misma encuesta señala que 72.8 por ciento de las mujeres tiene algún producto financiero, frente al 80.9 por ciento de los hombres. La distancia es todavía mayor en instrumentos relacionados con la seguridad económica de largo plazo: mientras el 51.4 por ciento de los hombres tiene una cuenta de ahorro para el retiro, entre las mujeres la proporción es de apenas 34.2 por ciento. Estas cifras no solo reflejan una desigualdad en el acceso a los servicios financieros. También nos habla de diferencias en las posibilidades de construir patrimonio, enfrentar emergencias y planear el futuro con independencia económica. Cerrar estas brechas debe entenderse como una prioridad para el desarrollo económico. Cuando más mujeres tengan conocimientos, herramientas y oportunidades para administrar sus recursos, también se fortalece su capacidad para emprender, invertir, participar en decisiones económicas y contribuir al crecimiento de sus comunidades. Pero sería un error pensar que la educación financiera, por sí sola, resolverá desigualdades que también están relacionadas con el acceso al empleo, los ingresos y las oportunidades de desarrollo profesional. Necesitamos una visión integral que combine formación, inclusión digital y condiciones que permitan a mujeres y hombres ejercer su autonomía económica. En este escenario, la tecnología puede convertirse en una gran aliada. Las plataformas digitales acercan servicios a personas que antes enfrentaban barreras geográficas o de acceso. Sin embargo, su verdadero potencial depende de que sepamos utilizarlas con seguridad, confianza y criterio. Desde el ámbito empresarial, también debemos reconocer que impulsar la autonomía financiera forma parte de una visión de crecimiento sostenible. Una sociedad con mayores capacidades para administrar sus recursos es una sociedad mejor preparada para consumir responsablemente, emprender, innovar y enfrentar escenarios de incertidumbre. El futuro de las finanzas no estará definido por la velocidad de las transacciones o la sofisticación de las plataformas digitales, sino por nuestra capacidad de lograr que esos avances se traduzcan en bienestar para más personas. La educación financiera de esta nueva era debe ayudarnos no solo a entender el dinero, sino a tomar mejores decisiones sobre nuestro futuro. Y mientras existan diferencias entre mujeres y hombres para acceder a esa posibilidad, tendremos una tarea pendiente. Porque una economía verdaderamente moderna no es solo aquella que incorpora nuevas tecnologías, sino la que permite que más personas participen de sus beneficios en igualdad de condiciones.

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La manera en que utilizamos el dinero está cambiando más rápido que nuestra capacidad para comprenderlo. Hoy podemos abr