Mia Farrow (81) tuvo una vida que ni los mejores guionistas de Hollywood se habrían animado a escribir. Su biografía tiene luces y sombras, pero también una constante: la capacidad de resiliencia. Maria de Lourdes Villiers Farrow nació el 9 de febrero de 1945 en Los Ángeles. Creció en una familia íntimamente ligada al cine. Su padre, John Farrow, era director; su madre, Maureen O’Sullivan, había alcanzado la fama internacional como Jane en las películas de Tarzán . A los 9 años contrajo poliomielitis y pasó meses hospitalizada. “Eso fue realmente el fin de mi infancia. Me sacaron de Beverly Hills y me llevaron a un hospital privado en Los Ángeles. La gente tenía mucho miedo a la polio. Era la época de las epidemias. Estuve casi un mes internada, apenas veía a mis padres, excepto a través de un vidrio… Al regresar a casa, me di cuenta de que mis padres habían vaciado la pileta, arrancado el césped, habían regalado al perro, pintado la casa, sacado el papel de las paredes, quitado la tapicería de los muebles… y se habían llevado a mis hermanos a otra casa porque por entonces no sabían cómo se contagiaba”, contó a ¡HOLA! en 2021. Aquella experiencia la enfrentó demasiado pronto con el miedo, la vulnerabilidad y la posibilidad de perderlo todo. Décadas después, esa vivencia tendría un eco en su compromiso con los chicos afectados por enfermedades, conflictos armados y situaciones de extrema pobreza. SUS PRIMEROS HOMBRES A los 19, Mia comenzó a salir con Frank Sinatra , una de las grandes estrellas del momento, que por entonces tenía 49 años. Se casaron cuando apenas ella tenía 21 y era una joven estrella en ascenso, que todavía estaba descubriendo quién quería ser. La diferencia de edad no impidió que se enamoraran, aunque sus mundos eran muy distintos. Sinatra pertenecía a una generación que había construido su prestigio bajo las reglas del viejo Hollywood. El matrimonio duró poco. Mientras ella filmaba El bebé de Rosemary , la carrera de ambos empezó a llevarlos por caminos incompatibles. “Era mi primer novio. No podía saber lo que sería aceptable para mí y lo que no o cómo sería su vida o qué efecto tendría sobre mí. No podía pensar en el futuro… Le pedí a Frank (Sinatra) el divorcio, pero nunca su dinero. Me quedé con algo mucho más importante: su amistad y su respeto”. En 2013 llegó a describirlo como el gran amor de su vida y mencionó la posibilidad de que él fuera el padre biológico de su hijo Ronan (nació durante su relación con Woody Allen). Nunca se confirmó esa hipótesis. En 1970, la actriz volvió a apostar al amor. Esta vez, el elegido fue André Previn , compositor, pianista y director de orquesta. Con él tuvo tres hijos: los gemelos Sascha y Matthew (el 26 de febrero de 1970) y Fletcher (14 de marzo de 1974). Y adoptó a tres: Lark, Soon-Yi (actual mujer de Woody Allen) y Daisy. Sin embargo, diez años después, descubrieron que su relación, sin quererlo, había desembocado en amistad. “En nuestro caso había problemas concretos. Resultó que terminamos siendo mejores amigos más que un matrimonio”. UN GRAN AMOR, UNA INMENSA TRAICIÓN A comienzos de los años ochenta apareció otro hombre decisivo: Woody Allen . El director y la actriz estuvieron juntos durante doce años. Formaron una de las parejas más influyentes del cine de autor estadounidense y una sociedad artística que parecía funcionar a la perfección. Allen encontró en Mia una intérprete capaz de combinar inteligencia, ironía y una extraña melancolía. Mia y Woody vivían en casas separadas y tenían una dinámica que les permitía preservar cierta independencia. Juntos tuvieron a Ronan (19 de diciembre de 1987) y Allen adoptó a Dylan y Moses. La familia se amplió y el vínculo parecía estable, mientras la colaboración profesional continuaba alimentando una filmografía notable. Todo hacía pensar que aquella historia sería recordada por sus películas. Hasta que llegó 1992. El detonante fue el descubrimiento de fotografías íntimas de Soon-Yi, hija adoptiva de Mia y André Previn, en el departamento de Allen. La relación entre el director y Soon-Yi salió a la luz y provocó una crisis familiar extraordinaria. Mia quedó enfrentada al hombre con quien había compartido más de una década y a una situación que involucraba a sus propios hijos. La noticia tuvo un impacto devastador. La relación planteaba preguntas incómodas sobre los límites, la confianza y las responsabilidades de quienes ocupaban un lugar adulto dentro de una estructura familiar. Allen y Soon-Yi se casaron en 1997. Él sostuvo que la relación había comenzado cuando ella ya era adulta y negó haber actuado de manera impropia en su vínculo con ella. Mia, por su parte, nunca ocultó el dolor y la indignación que le provocó lo sucedido. La separación desembocó en una batalla judicial por la custodia de los hijos y abrió un capítulo todavía más grave. En ese contexto, Mia denunció que Allen había abusado sexualmente de Dylan, la hija adoptiva de ambos, cuando era chica. El director negó las acusaciones y afirmó que Mia había influido en la menor. La disputa tuvo consecuencias judiciales, mediáticas y familiares. En 1993, el juez que intervino en el caso de custodia criticó severamente la conducta de Allen y otorgó a Mia la custodia de los hijos en cuestión. Sin embargo, el tribunal no dio por probado el abuso sexual y la fiscalía decidió no presentar cargos penales. Dylan reiteró públicamente sus acusaciones años después, mientras Allen continuó negándolas. El caso sigue siendo objeto de debate y controversia. Para la artista, la ruptura fue un punto sin retorno. SUS HIJOS, SU TODO Si hay una constante en la vida de Farrow, es la maternidad. Tuvo cuatro hijos biológicos y adoptó a diez. En su hogar convivieron diferentes historias, orígenes y personalidades. La actriz dedicó buena parte de su vida a la crianza y defendió públicamente la importancia de brindar protección y oportunidades a los chicos. Pero detrás de la imagen de una familia numerosa también hubo pérdidas que la marcaron para siempre. Su hija Tam murió a los 17 años (en el 2000). Según la estrella, fue por una sobredosis accidental de medicamentos recetados para las migrañas, sumada a una enfermedad cardíaca. Sin embargo, su hermano Moses siempre sostuvo que se trató de un suicidio tras una depresión. En 2008, en Navidad, murió Lark Previn. Su madre explicó que murió debido a complicaciones derivadas del VIH. Ocho años después, su hijo Thaddeus se suicidó a los 27 años. Mia siguió adelante. Encontró otras formas de darle sentido a su vida. En 2000 fue nombrada embajadora de buena voluntad de Unicef y se involucró especialmente en la defensa de los chicos afectados por conflictos armados. Viajó a distintos países africanos, entre ellos Sudán, para visibilizar las consecuencias de la violencia y las crisis humanitarias. Su compromiso tenía una raíz personal. La experiencia de haber padecido poliomielitis durante la infancia y la historia de uno de sus hijos adoptivos, que sufrió secuelas de esa enfermedad, le dieron una sensibilidad particular frente al sufrimiento infantil. La actriz utilizó su notoriedad para llamar la atención sobre situaciones que, según sostenía, el mundo no debía ignorar. En 2008, la revista Time la incluyó entre las personas más influyentes del mundo. El reconocimiento no estuvo ligado únicamente a su trayectoria cinematográfica, sino también a su labor humanitaria. Su activismo no borró las controversias que rodearon su vida privada, pero sí amplió el retrato de una mujer que buscó darle un propósito a su fama. En 2024 regresó a Broadway con The Roommate , una comedia dramática. La obra le permitió reencontrarse con el teatro neoyorquino y recibió una nueva atención de la crítica y del público. Su presencia, atravesada por el tiempo y la experiencia, demostraba que una carrera puede reinventarse sin renegar de su pasado. En 2025 recibió una nominación al premio Tony por su actuación. Hoy, a sus 81 años, Mia sigue siendo una figura difícil de encasillar. Fue una actriz con una filmografía notable, una mujer que tomó decisiones personales que desafiaron las convenciones de su época y alguien que encontró en la defensa de la infancia una causa capaz de trascender su propia fama.

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