Amy Winehouse no fue la primera en girar en reversa y disparar la brújula hacia lo que sonaba 40 años antes . En el siglo XXI , el rock y el pop global ya acumulaban varios lustros reciclando su propia historia, citando a sus héroes mayúsculos, rascando esas etapas creativas inscritas con letras doradas en el calendario. The Strokes, The White Stripes, The Hives o Franz Ferdinand habían inaugurado el milenio como una asonada de viajeros en el tiempo ávidos de rescatar para el presente las guitarras que cruzaron lenguajes como el blues, el punk, el garage rock o el post punk, flechados con sus texturas minimalistas y desprolijas, como si esa imperfección se levantara como una némesis al universo pulcro y sobretecnologizado de la música de los nuevos tiempos. El soul y el jazz -el cancionero más cercano a Winehouse- también vivían su propia expedición hacia la cuna: Joss Stone, Alice Keys, Norah Jones o Corinne Bailey Rae evocaban los fragmentos rutilantes del catálogo negro, encumbrando voces que iban del vigor a la intimidad, deslizadas sobre bajos gruesos, pianos elegantes, exuberantes arreglos de vientos y una estética que parecía dictada por Phil Spector o Blue Note. Beyoncé, Christina Aguilera o Justin Timberlake también se declaraban magnetizados por el R&B y los ecos de una edad mejor; eso sí, sus álbumes exudaban y anhelaban futuro. Querían aparentar e imponer siglo XXI, no alguna noche perdida en 1965. Eran títulos sofisticados, saturados de ritmos sintéticos, instruidos por productores envueltos en las estructuras rítmicas delineadas por el mundo digital: el disco FutureSex/LoveSounds , de Timberlake, es el ejemplo ideal. Entonces, ¿qué diferenció a Amy Winehouse? ¿Cómo logró ser una protagonista en un guion ya dictado por otros? Ahí sucede la magia de los talentos únicos e irrepetibles. La británica administró recursos que ya latían fuerte en el circuito, pero -como los grandes- los patentó bajo una personalidad propia, los individualizó en torno a sus victorias y pecados, no se limitó a replicar repertorio ajeno ni clásicos del soul, e inventó una naturaleza creativa que en ese entonces, pleno corazón de los 2000, no poseía ninguna otra cantante. Por ejemplo, decidió devorar una etapa específica del soul, ese tramo que va entre 1960 y 1965, poco antes de la Beatlemanía y de que la música popular adoptara modelos musicales, líricos y estéticos más complejos. Esto no era neo-soul, como el propósito de Alicia Keys al modernizar las resonancias de antaño: la inglesa quería sonar como si el mundo se hubiera congelado en una presentación de The Ronettes, The Shangri-Las o The Supremes. Por lo mismo, su imagen acreditaba peinados exagerados, maquillaje excesivo, tatuajes, una personalidad desafiante y, sobre todo, una actitud que se mostraba sus heridas internas, que nunca camufló su fragilidad: eso la oponía a Britney Spears, los magnates del hip hop o el propio Timberlake, figuras cuidadas con sus batallas internas, que al menos en un principio intentaban proyectar ese espejismo donde la gran estrella pop es una silueta impecable. En el caso de Winehouse, esa postura resquebrajada no emergía de una maniobra de mercadotecnia; como las grandes leyendas del soul o del jazz, como los rincones desolados que habitaron Billie Holiday o Tina Turner, sus composiciones venían de su propia experiencia, de los excesos, las relaciones tóxicas, los instintos trágicos, la devastación sentimental y las tensiones con la popularidad que empezó a enfrentar desde joven. Es muy probable que Mon Laferte tenga mucho que decir al respecto. Back to black , el álbum que este 27 de octubre celebra dos décadas, es el paradigma rotundo: sus temas parecían trozos de una pieza orgánica, distribuidas a lo largo de la misma temática de vulnerabilidad y tormento, pero muchas de ellas interpretadas bajo ritmo festivo, como si las penas se tuviesen que alzar en una juerga para hacer más liviano el curso del destino. Rehab la describía como una adicta que se resistía a internarse en un centro de rehabilitación, aunque no se declara una víctima arrepentida o destrozada; al contrario, canta que sus dificultades tienen que ver más con el amor y promete que, quizás, puede mejorarse sola. Es casi una declaración de independencia y autonomía, como las proclamas escritas por Olivia Rodrigo muchos años más tarde. La vida, claro, a veces es maldita: Winehouse no pudo rehabilitarse por su cuenta y sucumbió en 2011 a sus demonios. En contraparte, Love is a losing game es menos jovial: el manifiesto donde Winehouse decreta que en el amor siempre se pierde. En la mira aparece Blake Fielder-Civil, su esposo, con quien vivió su vínculo más borrascoso y, para muchos, uno de los responsables de su triste epílogo. Sin embargo, en la canción, la artista nunca lo culpa de sus males: sólo cuestiona su propia decisión de enamorarse. La contención y la sencillez, cantada como si fuera un susurro de resignación, retrocede a las grandes baladas de los años 60. En ese sentido, Back to black es un hito en el listado de grandes títulos discográficos de este siglo. No sólo pavimentó el camino para que el soul recapturara un espacio medular en el pop corporativo, impulsando nada menos que a luminarias posteriores como Adele; también trajo de vuelta a la autora femenina que trasluce -y canta- sus amarguras apenas cubiertas por su propia humanidad.
Ahí sucede la magia de los talentos únicos e irrepetibles. La británica administró recursos que ya latían fuerte en el c






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