La primera advertencia no vino de quienes los habían llevado hasta Rusia , sino de otros extranjeros que ya estaban dentro del edificio. Apenas llegaron al lugar donde permanecerían, ciudadanos peruanos les anticiparon lo que podía ocurrir: les quitarían los pasaportes y sus teléfonos dejarían de serles útiles . Para Olvin David Banegas , esa paradoja fue una de las primeras señales de que el escenario que encontraba en Moscú no correspondía con el trabajo de construcción que le habían ofrecido antes de salir de Honduras . Hasta ese momento, el recorrido había seguido las indicaciones de personas con quienes mantenían comunicación telefónica. Una mujer identificada como Alexandra “con acento colombiano” coordinaba los desplazamientos, enviaba instrucciones sobre los vuelos y les indicaba qué decir durante algunos controles migratorios. Al llegar a Rusia, otro hombre los recibió y se encargó de trasladarlos hacia el lugar donde serían alojados. Lo que siguió, según el testimonio de Banegas, fue una secuencia de movimientos, trámites y restricciones que terminaron por cambiar la percepción del grupo sobre el verdadero propósito de su viaje. Una ruta bajo instrucciones El grupo de 7 hondureños salió de Honduras el 23 de abril. Desde el aeropuerto internacional de Palmerola emprendieron un recorrido que incluyó escalas en Panamá, Bogotá, París y Estambul, antes de llegar a Moscú. Durante el trayecto no estaban completamente solos en cuanto a orientación . Mantenían comunicación con una mujer a quien identificaban como Alexandra, quien les enviaba información sobre las conexiones aéreas, las salas de embarque y los procedimientos que debían seguir. Banegas recuerda que, en determinado momento, también recibieron indicaciones sobre cómo presentarse ante los controles migratorios. La instrucción, según su relato, era que dijeran que viajaban por vacaciones y que estaban interesados en conocer lugares turísticos . También les recomendaban mantener la calma, sonreír y comportarse con naturalidad. El entrevistado asegura que la mujer les advertía que algunos controles podían resultar más complicados y que debían seguir sus instrucciones. La comunicación se realizaba por teléfono y afirma que nunca sostuvieron un encuentro presencial con ella . El contacto continuó hasta que llegaron a Moscú, donde otro hombre los esperaba. Este hablaba español y mantenía comunicación con Alexandra , por lo que el grupo entendió que ambos formaban parte de la coordinación de su llegada. El recibimiento tampoco fue como esperaban. En lugar de trasladarlos directamente a un lugar de trabajo o alojamiento vinculado con una empresa constructora, comenzaron a movilizarlos por grupos. Comenzaron las advertencias Banegas recuerda que fue uno de los primeros en abordar el vehículo que los trasladó desde el aeropuerto. Durante el recorrido observó calles y edificios, tratando de identificar referencias que pudieran servirle para orientarse si en algún momento necesitaba salir de aquel lugar. El destino era un edificio de gran altura, con controles de acceso y reconocimiento facial. En su interior encontró a personas procedentes de distintos países, entre ellas ciudadanos de Perú , Uzbekistán y Palestina . Algunos realizaban actividades relacionadas con la construcción, según lo que pudo conocer durante sus conversaciones. Pero fue al ingresar a una habitación cuando escuchó algo que aumentó sus sospechas. Allí encontró a tres ciudadanos peruanos, entre ellos un hombre al que recuerda como don Esteban, además de otros dos identificados como George y Pepe. Ellos les dieron la bienvenida, pero también les hicieron una advertencia directa : debían prepararse porque les quitarían sus pasaportes, como ya había ocurrido con ellos . La advertencia incluía otra limitación: los teléfonos celulares tampoco serían de mucha utilidad. Para Banegas, aquel encuentro representó un cambio importante. Las personas que ya estaban allí conocían una realidad que los recién llegados todavía no terminaban de comprender. El entrevistado relata que los peruanos les explicaron que serían llevados a realizar una serie de trámites y que debían estar preparados para perder el control de sus documentos personales. Notarías, cuentas bancarias y documentación rusa Las siguientes jornadas estuvieron marcadas por diligencias que, de acuerdo con el relato de Banegas, eran organizadas por las personas que los mantenían bajo su supervisión. Aproximadamente una semana y media después de su llegada, fueron trasladados a una notaría. Según su relato, los primeros documentos estaban relacionados con trámites de residencia en Rusia . Posteriormente, los trasladaron a una entidad bancaria para abrir cuentas y les gestionaron tarjetas SIM rusas para utilizar sus teléfonos en el país, todo bajo estricto control. Banegas explica que les presentaban estos procedimientos como parte de los beneficios de la contratación, entre ellos el pago ofrecido y el acceso a derechos legales en Rusia. También les indicaban que la documentación facilitaría una eventual incorporación al ejército, algo que, según su testimonio, no habían contemplado cuando aceptaron la oferta laboral. Según el entrevistado, uno de sus compañeros intentó realizar una grabación y fue descubierto por uno de los hombres que los acompañaban. Le exigieron borrar el material , una orden que cumplió. Uno de los episodios que más llamó la atención de Banegas ocurrió durante la apertura de las cuentas bancarias. La promesa económica seguía siendo parte de las condiciones que les habían presentado antes de viajar: 30,000 dólares por la firma de un contrato y pagos mensuales de 2,600 dólares . Sin embargo, el dinero nunca llegó a sus manos. Banegas relata que, durante uno de los procedimientos bancarios, observó movimientos en una cuenta y que allí se reflejaba una acreditación relacionada con los 30,000 dólares que les habían ofrecido. Pero asegura que no pudo disponer de esos recursos. El entrevistado considera que las diligencias en la notaría y el banco formaban parte de una misma estructura de actuación, debido a la coordinación que observaba entre las personas que los acompañaban. “Esto es una cadena” , explica al describir lo que, desde su perspectiva, ocurría durante los trámites. Su testimonio, sin embargo, no permite establecer por sí solo si existió una coordinación formal entre las instituciones involucradas ni quiénes habrían participado en ella. La noticia que cambió los planes El grupo dormía en camas tipo catre, con colchones y sábanas, en espacios que Banegas describe como barracas de estilo militar. La alimentación era limitada: recibían agua, una bebida y pan. No tenían la libertad de movilizarse como trabajadores que habían llegado a cumplir una contratación convencional. Con el paso de los días, las sospechas aumentaron. Banegas asegura que los hombres que los acompañaban mantenían una vigilancia constante sobre ellos y que cualquier intento de utilizar un teléfono para tomar fotografías o grabar podía generar problemas. El momento decisivo llegó cuando les comunicaron que el ejército ruso acudiría al día siguiente para recogerlos y trasladarlos a una base militar . La noticia fue determinante. Hasta entonces, el grupo había tratado de comprender qué ocurría con los trámites y por qué las condiciones de su estadía se alejaban cada vez más de la oferta laboral original. Pero la posibilidad de terminar en una instalación militar confirmó sus temores. Banegas recuerda que la información sobre el traslado se convirtió en una advertencia para quienes todavía tenían la posibilidad de intentar salir. Algunos compañeros comenzaron a manifestar su decisión de marcharse. Su hermano -que viajó con él bajo la misma promesa de empleo-también le expresó que no estaba dispuesto a quedarse. No todos tomaron la misma decisión. Dos de los siete hondureños optaron por permanecer en Rusia . Entre ellos estaban Óscar Armando Arguijo y José Sánchez , según la identificación proporcionada por Banegas. La razón su avanzada edad. El entrevistado recuerda especialmente la despedida. Uno de ellos les ofreció algo de dinero y les expresó que los veía como hijos, consciente de los riesgos que podían enfrentar. Para el hondureño, aquel gesto quedó marcado como uno de los momentos más emotivos de toda la experiencia. Una salida que no significaba estar a salvo La decisión de abandonar el edificio no puso fin inmediatamente al peligro. Banegas relata que cuatro de sus compañeros lograron salir durante la madrugada, saltando desde el segundo nivel del inmueble, una caída que calcula entre 20 y 25 metros . Cayeron sobre una superficie cubierta de hielo y, pese al riesgo de la maniobra, lograron sobrevivir . Después comenzaron a caminar en busca de una zona que les permitiera orientarse y llegar hasta el consulado hondureño . El trayecto fue largo y las condiciones climáticas complicaron todavía más la situación. No contaban con ropa adecuada para enfrentar el frío. Uno de los integrantes del grupo estuvo a punto de perder la vida por las bajas temperaturas, recuerda Banegas. Ante el deterioro de su condición, los demás tuvieron que abrazarlo para darle calor y buscar refugio en una estación del subterráneo. Allí permanecieron mientras intentaban protegerse del frío y recuperar fuerzas para continuar el camino. El hondureño sobrevivió confirmó Banegas. Para este hondureño , el viaje que comenzó con la expectativa de conseguir un empleo en construcción terminó convertido en una experiencia que no le desea a nadie. Lo que habían imaginado como una oportunidad para mejorar sus condiciones de vida se transformó en una situación en la que tuvieron que escapar para evitar un destino que nunca habían aceptado al salir de Honduras . “Todo fue una mentira” , resume al recordar lo ocurrido. Pero salir del edificio y sobrevivir a aquella madrugada no significaba que la pesadilla hubiera terminado . Todavía tenían que encontrar protección, conseguir ayuda consular y resolver cómo regresar a Honduras . ¿Cómo lograron llegar hasta el consulado hondureño? ¿Es cierto que casi deciden huir a la República del Congo? ¿Cómo gestionar su retorno y ocultarse de quienes los perseguían? Esa es la siguiente parte de una historia que comenzó con una oferta de trabajo y terminó poniendo en riesgo sus vidas.
La primera advertencia no vino de quienes los habían llevado hasta Rusia , sino de otros extranjeros que ya estaban dent



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