A Julián lo conozco hace tres años, nunca fuimos pareja. Nos gustábamos, nos buscábamos, nos teníamos cariño y había entre nosotros una intimidad difícil de explicar. Aunque para él siempre había un pero: la distancia. Nuestras vidas estaban en ciudades distintas; yo tenía hijos, trabajo, una vida armada. Él tenía la suya. Durante mucho tiempo acepté que los kilómetros eran una explicación suficiente para casi todo. Hasta que conocí a Andrés. Andrés vivía todavía más lejos, en otro país, y extrañamente nunca habló demasiado de la distancia. Si queríamos vernos, buscaba un pasaje y venía. Si yo podía viajar, viajaba. Y de pronto esos kilómetros que durante tanto tiempo habían parecido una explicación suficiente dejaron de serlo. Para Julián, la distancia siempre había sido un límite. Andrés, en cambio, parecía no darle demasiada importancia. Yo todavía no sabía qué pensar de esa diferencia. Sólo sabía que estaba empezando una relación con otro hombre y que no podía seguir viendo a Julián como si nada. Así que decidí despedirme de él. Sin embargo, la despedida fue un fracaso. Llegué con un discurso bastante sensato. Le expliqué que estaba conociendo a alguien, que las cosas estaban avanzando y que me parecía que teníamos que dejar de vernos. Después lloré en su cama. También lo besé, mucho. Un último beso, después otro y otro más, porque aparentemente yo tenía un concepto bastante flexible de la palabra “último”. Él me dejó llorar. No trató de convencerme de nada ni hizo ninguna de esas declaraciones que en las películas ocurren justo cuando una está a punto de atravesar una puerta. Me abrazó, me acarició un rato y me dijo algo bajito, sólo para mí. No voy a contar qué, porque hay cosas que, aunque hayan pasado años, siguen perteneciendo a dos personas. Sólo diré que fue tierno y que, naturalmente, lloré más. Después me fui, o eso pensé. Mi relación con Andrés siguió creciendo. Nos enamoramos, hubo viajes, despedidas, reencuentros, planes y todas esas cosas que aparecen cuando una relación deja de ser una posibilidad y empieza a ocupar un lugar concreto en la vida. Julián, mientras tanto, quedó en un lugar mucho más difícil de nombrar. A veces pasaban semanas o meses sin que habláramos, después alguno aparecía. Si yo iba a su ciudad, podía llamarlo; otras veces él me escribía. Nos encontrábamos, nos reíamos, nos queríamos y después cada uno volvía a su vida. Durante un tiempo pensé que aquello era una historia inconclusa, una relación que nunca había alcanzado a convertirse en lo que podría haber sido. Ahora creo que no, quizás la historia siempre fue exactamente esa. Nunca hablamos de qué éramos, ni al principio ni después. Nos encontrábamos, nos escribíamos de vez en cuando y seguíamos con nuestras vidas. Podían pasar semanas o meses sin vernos y, cuando volvíamos a encontrarnos, el cariño seguía ahí, sin explicaciones, sin demasiadas preguntas. Una tarde Julián me escribió. Fue una conversación mínima, de esas que con otra persona probablemente no significarían nada. Me preguntó dónde estaba. Le contesté y entonces me dijo que había tenido la esperanza de que yo estuviera cerca. Nada más. Me puse contenta. Ridículamente contenta. Durante unos segundos tuve unas ganas enormes de agarrar las llaves, subirme al auto y aparecer sin avisar. La escena completa pasó por mi cabeza, pero no fui. Mis hijos estaban conmigo. Afuera empezaba a oscurecer y yo tenía sueño y ganas de hacerme un té. Además, aquí también estaba rico. Mientras esperaba que hirviera el agua, pensé en aquella otra mujer que había llorado en su cama porque sentía que para empezar una historia tenía que terminar otra. Creo que entonces pensaba que, para que fuera amor, una historia tenía que avanzar hacia algún lado. Tenía que durar, convertirse en una relación, tener planes y quizás algún día una casa y una familia. Ahora no estoy tan segura. Un amor puede durar una vida o una tarde. Puede convertirse en una familia o quedarse en una cama de la que una salió llorando y dando demasiados últimos besos. Puede atravesar un país para encontrarnos o aparecer, tiempo después, en unas pocas palabras escritas en un teléfono. Nada de eso determina si fue amor. Quizás se reconoce de una manera bastante menos ordenada, simplemente porque lo sentimos. Dejé el teléfono sobre la mesa, sonreí y pensé que, después de todo este tiempo, quizás nunca habíamos tenido una historia inconclusa. Habíamos tenido un amor, uno pequeño, extraño, intermitente y nuestro, y eso también cuenta.
A Julián lo conozco hace tres años, nunca fuimos pareja. Nos gustábamos, nos buscábamos, nos teníamos cariño y había ent

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