Para mi mamá, en sus noventa. Guadalupe Taddei fue defenestrada mediante su renuncia voluntaria. Siguiendo la imagen, es como los detractores de Putin que deciden lanzarse por la ventana, con la fortuna de que aquí sólo se pierde el puesto y, si había, el prestigio. Que la presidencia del INE pueda renunciarse por presión política es una muestra más del fin de la democracia en México. Que la causa de esa renuncia haya sido el autoritarismo y la posible corrupción de la señora Taddei es la confirmación de las características del grupo en el poder: excluyente, indisciplinado, voraz e incompetente. Durante su gobierno, López Obrador atacó continuamente al INE, cebándose en su presidente, Lorenzo Córdova, y en el consejero que más lo respaldaba, Ciro Murayama. Pero el objetivo era desprestigiar al órgano electoral para poder colonizarlo. Gracias a eso, hubo mayoría de votos en el Consejo del INE a favor de una sobrerrepresentación inconstitucional, luego refrendada por los tres magistrados del TEPJF: Felipe Fuentes, Felipe de la Mata y Mónica Soto. Es el golpe de Estado que ha permitido destruir la Constitución desde entonces, que a juicio de esta columna es causal del 136 constitucional para declarar inexistente a la actual Legislatura. El despido, vía renuncia, de Taddei no cambia en nada las cosas. El Consejo General del INE sigue a las órdenes del grupo en el poder, y lo mismo ocurre con la mayoría de los magistrados del TEPJF. La supermayoría en las Cámaras, además, fue la que facilitó el ejercicio ilimitado del poder de Taddei, que seguirá existiendo para quien ocupe su cargo. Esa misma mayoría inventó la “intervención extranjera” como causal de nulidad de las elecciones. En pocas palabras, ya no tenemos elecciones libres y equitativas. Ya no hay democracia en México. La única función de la democracia es permitir la resolución pacífica de los conflictos naturales en una sociedad. Distintos grupos tienen puntos de vista, intereses, objetivos diferentes, que en ocasiones llevan a enfrentamientos. Conciliar entre ellos, o eventualmente decidir prioridades, es la función de la política. La democracia consiste en utilizar como mecanismo de ordenamiento la opinión de la mayoría. Para evitar que eso se convierta en abuso de las minorías, se utiliza como contrapeso un marco de normas. Esto último ya no existe en México, incluyendo el elemento fundamental para saber qué grupo u opinión tiene mayoría: quién cuenta los votos. Por todo lo anterior, incluso renovando por completo el INE y el TEPJF, no hay solución. Ya la legislatura ha dañado irreversiblemente el sistema electoral. Una legislatura espuria, como hemos dicho. En consecuencia, no tenemos un mecanismo que permita la resolución pacífica de los conflictos. Por eso la creciente movilización social, que busca en la manifestación pública y la expresión de fuerza algo que ya no puede obtener democráticamente. En esas condiciones, puede desde hoy asegurarse que el proceso electoral de 2027 ocurrirá en medio de esas manifestaciones y terminará en medio de conflictos. Los expertos le llaman a ello ingobernabilidad. Esta columna ha preferido el término “caos”. Es importante señalar que la ausencia de ese mecanismo se refleja al interior de los grupos políticos, que ya no tienen un árbitro confiable en su búsqueda del poder. Los procesos adelantados, ilegales pero certificados por el INE, ya provocan enfrentamientos que habíamos dejado de ver por 30 años. Aunque no lo parezca, la democracia sí es un fenómeno de todos los días y no sólo de la jornada electoral. Sigo pensando que no habrá capacidad para enfrentar ese caos, con base en la amplia evidencia que tenemos acerca de las cuatro características mencionadas al inicio. Habrá quien apueste por la resurrección del mesías, o por la llama unificadora del Pentecostés, pero el tema es demasiado terrenal para eso. Habrá río revuelto; aparecerán los pescadores.
Para mi mamá, en sus noventa. Guadalupe Taddei fue defenestrada mediante su renuncia voluntaria. Siguiendo la imagen, es

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