Ya desde el otoñal 25 de abril de 1920, cuando fue ungido oficialmente como el candidato de la Alianza Liberal de cara a las elecciones presidenciales de ese año , el “León” Arturo Alessandri Palma fue claro: si era elegido presidente se proponía avanzar hacia un sistema político más ordenado que el imperante. “Los pueblos sin gobierno efectivo son hordas desorganizadas que marchan faltas de rumbo y sin dirección. Jamás podrán alcanzar en tales condiciones su bienestar y progreso efectivos”, dijo con su oratoria siempre flamígera. Alessandri se refería al ya gastado sistema parlamentario , que a su juicio, solo ponía trabas para la conducción del país, porque en gran medida ponía en manos de los congresistas atribuciones que debería ser materia del poder Ejecutivo. Así lo explicaba el “León” en sus memorias: “El ejercicio reiterado de toda función vigoriza al órgano que la desempeña. El abuso, de la misma manera, produce la atrofia y la degeneración. Era natural que el parlamentarismo ejercitado en la forma que lo fue entre nosotros desde la revolución de 1891 impulsara fatalmente al Congreso y a los parlamentarios a invadir, desconocer y estorbar las facultades gubernativas peculiares y propias del Ejecutivo”. Tras las sangrientas batallas de Concón y Placilla , y la entrada de las fuerzas del Congreso a Santiago, no solo se terminaba de manera trágica el gobierno del presidente José Manuel Balmaceda , y se ponía fin a la Guerra Civil de 1891 , sino que se ponía inicio a una era que la historiografía chilena conoce como República Parlamentaria , en la que el rol preponderante de la política estuvo en manos del Congreso, utilizando para ello instrumentos que incluso podían sacar y colocar ministros a plena disposición. Pero a diferencia de nuestros días, en que el Congreso debe pasar por una acusación constitucional si es que considera necesaria la remoción de un ministro, por entonces bastaba una interpelación y un voto de censura para que ello ocurriese. Pero, curiosamente, esto más bien respondía a una práctica muy arraigada en los partidos políticos chilenos antes que una disposición reglamentaria efectiva. El historiador Cristóbal García-Huidobro , académico de la Universidad de Santiago (USACH) señala que en rigor, estas prácticas venían desde mediados del siglo XIX. “La facultad del Congreso para remover ministros jamás estuvo en la Constitución . Tampoco formó parte de ninguna legislación chilena; se trataba exclusivamente de una práctica parlamentaria”. ¿En qué momento comenzó a ocurrir que el Congreso se tomaba esas atribuciones? “La interpelación se incorporó al reglamento de la Cámara de Diputados alrededor de 1847, debido a que la lógica del régimen semiparlamentario es mucho más antigua de lo que habitualmente se suele considerar -señala García-Huidobro-. El problema radicaba en que nunca estuvo contemplado en la ley. El reglamento de una corporación parlamentaria no puede, bajo ningún concepto, estar por encima del texto expreso de la Constitución. La Carta Magna señalaba claramente que los ministros de Estado eran nombrados por el Presidente de la República y dependían de su exclusiva confianza, lo que significaba que solo el mandatario tenía la potestad de nombrarlos y removerlos”. Parlamentarismo “a la chilena” En rigor, según el historiador, el Parlamentarismo en Chile se aplicó de manera diferente a los sistemas parlamentarios que imperan en Europa. Un “Parlamentarismo a la chilena”, en la que no solo un ministro era derribado, sino que con él, arrastraba a todo el gabinete, sumiendo a los diferentes gobiernos en una incómoda inestabilidad. “En la práctica, se interpelaba a un ministro y se consideraba que eso era motivo suficiente para que presentara su renuncia; si él renunciaba, caía todo el gabinete -señala García-Huidobro-. A diferencia de esto, en los regímenes parlamentarios tradicionales, cuando se interpela a un ministro y se vota un voto de confianza o de censura, de prosperar este último, renuncia únicamente el ministro afectado y no el gabinete en pleno. Por esta razón, los presidentes de la República del siglo XIX —desde los gobiernos de Bulnes y Montt en adelante— vivían con el temor constante de que el Parlamento censurara a sus gabinetes, ya que bastaba con la interpelación de un solo ministro para que todos los demás renunciaran en señal de solidaridad”. Por tanto, a contar de 1891 lo que se instauró en Chile fue un modelo Parlamentario con características muy especiales, no solo la de derribar ministerios. Lo explica a Culto el historiador Alejandro San Francisco, académico de la Universidad de Tarapacá. “En primer lugar, existía un amplio consenso en el sentido de que Chile tenia un sistema parlamentario, si bien era de carácter consuetudinario y se había impuesto tras el triunfo del Congreso contra el presidente Balmaceda en la guerra civil de 1891. Era un sistema que tenía ciertas marcas claras: la primacía de los partidos sobre el Presidente, un claro carácter oligárquico, numerosos vacíos institucionales (por ejemplo, el Presidente de la República no podía disolver la Cámara), ciertas prácticas parlamentarias aceptadas por el conjunto de la clase política, la primacía de la libertad política como un bien necesario de conservar, la responsabilidad política de los gabinetes y ciertas consecuencias prácticas autodestructivas: la rotativa ministerial, el anonadamiento del Presidente de la República, la falta de preocupación por los problemas sociales y la incapacidad de corregir los vacíos institucionales”. Acaso la gran marca de este período fueron justamente las rotativas ministeriales. San Francisco explica: “Las rotativas ministeriales fueron una representación visible de cierta comprensión del funcionamiento del régimen parlamentario. Las cámaras tenían ‘el derecho’ a interpelar y a censurar a los gabinetes y ello se repetía sistemáticamente. El resultado era la caída de los gabinetes, el nombramiento de un nuevo ministerio y la aspiración de muchos congresistas para ocupar las carteras vacantes. De esta manera cada gobierno tuvo sobre diez cambios de gabinete, muchos ministerios duraban apenas un par de meses y, en la práctica, dicho proceso aparecía como un vicio del parlamentarismo, tanto como una característica”. García-Huidobro agrega también el tema de la discusión de las Leyes periódicas (que por lo demás, fue el detonante inmediato de la Guerra Civil de 1891 ). “La rotativa ministerial fue un fenómeno muy común, pero también lo fue la retención de las leyes periódicas. Habitualmente se asocia esta dinámica de manera exclusiva al periodo parlamentario comprendido entre 1891 y 1925; sin embargo, tal como señalaba Julio Heise en su Historia del periodo parlamentario , esto comenzó mucho antes. Por lo menos entre 1865 y 1891, el mecanismo principal no era la rotativa ministerial, sino la retención de las leyes periódicas”. “La falta de una salida institucional para el Ejecutivo frente a la retención de las leyes periódicas se mantuvo durante todo el periodo parlamentario (1891-1925) -agrega García-Huidobro-. No obstante, se cambió de herramienta debido al temor que dejó la Guerra Civil. A esto se sumó que el Presidente de la República pasó a convertirse en una suerte de árbitro de la política, perdiendo participación efectiva en el ámbito ejecutivo, a pesar de mantener todas sus facultades constitucionales intactas. En este contexto, se adoptó la rotativa ministerial como el nuevo mecanismo para controlar al mandatario. De esta forma, se dejó de recurrir a la retención de las leyes periódicas —que había funcionado durante gran parte del siglo XIX— y se la reemplazó por la rotativa ministerial, un instrumento con una aplicación mucho más directa y menos peligrosa en ese sentido”. Fue Arturo Alessandri, mediante la Constitución de 1925 , quien terminó con el modelo parlamentario . Medidas como la elección presidencial de modo directo y el fin de las atribuciones del Congreso para derribar gabinetes, la iniciativa legislativa exclusiva del Presidente, la clausura de los debates parlamentarios y un mecanismo que permitía la aprobación de la Ley de Presupuestos si acaso el Legislativo no lo hacía, le dieron más poder a la figura del primer Mandatario. De esta forma, se desterraba el Parlamentarismo. Además, se estableció que sería elegido Presidente de la República quien tuviera la mayoría absoluta de los votos. De no ocurrir esto, dirimiría el Congreso Pleno. Incluso, la comisión discutió la posibilidad de otorgar el voto femenino, pero finalmente no llegó a consenso. Haber sido el presidente que terminó con el Parlamentarismo es algo de lo que Alessandri se enorgullecía en sus memorias. “Nadie combatió con más tenacidad y constancia que yo los abusos del parlamentarismo, y nadie tampoco me aventajó en reclamar la modificación de los malos hábitos y pésimas prácticas políticas”.
“La interpelación se incorporó al reglamento de la Cámara de Diputados alrededor de 1847, debido a que la lógica del rég




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