“Esta historia comienza a mis 40 años siendo maestra y directora de una escuela rural uruguaya, país donde vivo hasta el día de hoy”, adelanta en su mail Alejandra, 54 años. Fue durante una convención, donde un personaje público iba a dar una charla con intenciones de donar material para la institución educativa, que su vida dio un giro de 180 grados. “Entre los asistentes a esa conferencia, estaba él, Carlos. Un ingeniero agrónomo, de 36 años, que iba como acompañante del disertante. Era él quien se ocuparía de las donaciones a la escuela. Por ello, al finalizar el acto, intercambiamos nuestros números de celular. En ese ir y venir de la gestión, él empezó a llamarme con frecuencia y yo le respondía. Había que coordinar las entregas del material para educación física: pelotas, redes de voley, conitos… Él llevaba las cosas hasta el colegio. En una oportunidad, me llamó luego de mi horario escolar. Yo me encontraba en la peluquería haciéndome reflejos. Insistió en que tenía que alcanzarme algo, no recuerdo qué, y le indiqué la dirección de donde estaba. ¡Salí a recibirlo a la calle con la gorra y los claritos! Fue muy gracioso porque él me decía: No miro. No te preocupes que no te miro. ¡Te imaginás que si salí así a recibirlo para mí él no estaba para nada en mis planes!”, cuenta Alejandra con humor. A pesar de haberla visto así, las charlas con Carlos siguieron. Incluso después de haber terminado la entrega de elementos donados. Empezaron a convertirse en algo cotidiano que fluía con facilidad. “ Siempre encontraba un motivo para escribirme . Yo no recuerdo bien de qué hablábamos, pero por algo borraba los mensajes y sus llamadas. Soy una persona de armas tomar, sin vueltas. Vi que algo se venía por algún lado. Carlos me fue conquistando. Me atraía . Un día fui clara con él: me gustaba, podíamos tener algún encuentro, pero iba a ser solamente eso y nada más”. En ese tiempo Carlos estaba separado, sin pareja; Alejandra, en cambio, estaba desde hacía años con un hombre que le llevaba 17 años. Se habían casado cuando ella tenía 18, habían tenido tres hijas, pero tenían un extraño matrimonio . Como él trabajaba en otro sitio a 50 kilómetros de su casa, de lunes a viernes no estaba. Ella se había acostumbrado a esa vida y había criado casi sola a sus hijas. Los fines de semana llegaba su marido y hacían vida familiar. “Como yo estaba en pareja, comenzó una relación clandestina ayudada por la distancia de mi marido. Volví a sentirme viva, a tener deseo ”, explica. “El primer encuentro con Carlos fue un desastre total. Fue en su auto, muy rápido. Me resultó muy atropellado. No era para nada mi estilo y no fue agradable. Él habló mucho esa tarde y contó que se había separado, que tenía un hijo, pero que soñaba con tener más hijos en el futuro. Después de la cita, me dejó en la casa de una amiga. A ella le conté y le dije, decepcionada, que no me había gustado para nada el encuentro. Que no se condecía con las charlas que habíamos tenido por teléfono. Un rato después Carlos me mandó un mensaje tan dulce y amoroso que recapacité y pensé que debía darle otra oportunidad. Se la merecía”. Una relación secreta y callada Se veían una vez por semana. Alejandra se ocupa de dejar en claro que no era solo sexo: “ El 90 por ciento de las veces sí había relaciones sexuales, pero también conversábamos mucho . Empezamos a ir a un motel. No tenía miedo de nada porque mis hijas tenían ya 18, 20 y 21 años. Eran grandes y hacían su vida. Además, no vivíamos en la ciudad en la que yo había nacido. En cada cita yo dejaba mi auto en el estacionamiento de un supermercado, me bajaba e iba caminando al hotel”, recuerda. “ ¿Mi marido? Siempre había sido como un abuelo para mí . Con 57 años, viviendo en otra ciudad -por motivos comerciales- de lunes a viernes, no me daba nada de culpa. Él siempre había hecho de su vida lo que quiso y seguro que tenía sus cosas... Conocer a Carlos me hizo cambiar los parámetros de lo que yo consideraba una vida de pareja normal. Me hizo pensar en qué quería. Carlos era muy inteligente, preparado. Me sedujeron su cuerpo y su cabeza. Con él podía tener una relación de pares, más normal. La mía con mi marido no era para nada normal ”. En esas primeras conversaciones Carlos le confesó que deseaba una familia extensa. Más hermanos para su hijo. Alejandra pensó que ella tendría hijos con él, que estaba dispuesta. Pero no se lo dijo. No emitió una sola frase al respecto. Lo que sí hizo fue comprarse otro celular para evitar que su marido, que era bastante controlador, se enterara. “Mi esposo a veces me revisaba el celular y no quise exponerme a que me pescara. Incluso, en ese segundo móvil no agendé a Carlos . Opté por aprenderme su teléfono de memoria, como en los viejos tiempos que la gente sabía los números de línea”, explica Alejandra. Había pasado a actuar como una especie de agente encubierta de las que se ven en las películas. “Un largo tiempo después dejé a mi marido, fue la primera de varias veces, y asumí que estaba preparada para tener un hijo con Carlos. Pero seguía sin decírselo porque tenía miedo de perderlo. ¿Si sentía que era una presión mía? Quizá él solamente buscara lo sexual. Esos eran mis miedos, no la realidad. Ninguno de los dos éramos de hablar demasiado. No me decía te amo, te quiero. Yo tampoco. Vivíamos el amor sin hablarlo”, revela. Alejandra cuenta que hubo un tiempo en el que el momento para verse era a las siete de la mañana: “ Carlos venía a buscarme con los ojos chiquitos y decía: Si esto no es amor, ¿el amor dónde está?” . Fue lo más cerca que estuvieron nunca de confesarse sus sentimientos: “Mi gran miedo era que todo quedara en el deseo. Que no traspasara esa barrera. Si yo le hubiera dicho algo de lo que me pasaba de verdad, capaz que lo hubiéramos intentado. Era obvio que me extrañaba un montón cuando no nos veíamos. Un par de veces me fui de viaje con mis hijas y cuando volví, él me dijo que me había extrañado mucho”. Casarse con otra El tiempo fue pasando y siguieron de la misma manera, sin tomar ninguna decisión. Los encuentros semanales continuaron. Quizá la comodidad de no enfrentar los miedos conspiró contra lo que sentían de fondo. “Había pasado un año desde la primera cita en el auto cuando me llamó para decirme que teníamos que hablar. Me lo dijo sin anestesia: en uno de sus viajes por trabajo había conocido a alguien y quería formar una familia con esa mujer . El mundo entero se me derrumbó, pero no dije nada. Callé como siempre. No me quejé, no protesté. En esos días me bajaron las defensas y me enfermé. Me encontraron unas células malignas en el útero y tuvieron que operarme. Nadie de mi alrededor se dio cuenta de nada de lo que me pasaba anímicamente. Soy la psicóloga de mis amigas porque siempre las aconsejo, pero de mí no hablo. ¡Al punto de que llegué a enfermarme sin decírselo ni a él ni a nadie! Siempre fingí ser fuerte ”. En ese tiempo que Carlos dejó de estar en su vida, estaba ocupado intentando construir la suya. “Desapareció durante unos nueve meses. Recuerdo que yo escribía largos mensajes que no le enviaba, me pasaba escuchando las canciones que me recordaban a él, esperaba ansiosa las fechas de cumpleaños o de lo que fuera para tener una excusa y mandarle unas líneas. El tiempo pasaba y yo sólo respiraba”, admite. “También ocurrió en ese lapso que mi ex marido, que no aceptaba nuestra ruptura, empezó a insistir en volver conmigo. Como una autómata lo acepté. Pero la verdad es que para estar con él físicamente tenía que pensar en Carlos . Cuando uno deja entrar a un tercero en una relación es porque algo ya está roto desde antes. Carlos me permitió volver a creer en mí, mejoró mi autoestima. Mi marido me decía cosas desagradables, sobre todo de lo físico. Carlos, todo lo contrario, me ayudó a quererme más. ¡Que un hombre más joven me dijera cosas lindas me hizo volver a creer en mí!”. Carlos la dejó un mes de julio y, en marzo del año siguiente, se casó. Siete días después del sí… “La escuela rural donde yo trabajaba tenía unos ventanales de 180 grados, desde donde veía casi todo. Un día de esos, terminando mi jornada de trabajo, miré por el ventanal de la clase y noté un auto verde estacionando fuera. Era su auto, era Carlos. Lo observé bajar y caminar hasta la puerta que estaba abierta porque hacía mucho calor. Entró, se recostó contra el marco de madera y me dijo: Me tiemblan las piernas. Yo estaba parada, detrás del escritorio, y me pasaba lo mismo. Él no podía ver que a mí también me temblaban las piernas. ¡Se había casado hacía siete días y estaba ahí, en la puerta del colegio! Me miró con esa mirada que me derretía . Había demasiados silencios en nuestra relación. No sé decirte con precisión si fue en ese momento o si ocurrió un poco después pero nuestros encuentros íntimos regresaron”, rememora Alejandra con evidente nostalgia. “Los dos estábamos casados. Ahora, éramos dos los infieles. Nuestra relación continuó durante ocho años más, con idas y venidas . Nunca hablamos de culpas. A mí nada me daba culpa. Lo amaba, pero no lo decía. En ese período que siguió me separé definitivamente del padre de mis hijas. Fue durísimo porque se puso violento y hasta me amenazó con un arma. Eso terminó por decidirme. Mientras tanto, Carlos seguía en pareja y tuvo hijos. No nos prometimos ni nos exigimos nada nunca. Era vernos, necesitarnos, charlar y sexo . Si bien al padre de mis hijas lo amé al comienzo, cuando era demasiado joven, a Carlos lo amé con madurez. Un amor distinto. Estaba, claramente, enamorada de Carlos”. En esa semisoledad Alejandra terminó conociendo a alguien. Una persona tranquila y buena. Tenía que terminar con lo secreto, pensó, y decidió que apostaría a esta nueva relación. Después de todo era lo que Carlos había hecho en su momento. A partir de allí se vieron tres veces: “En las dos primeras ocasiones, hubo sexo. La segunda vez fue la única vez que pasamos la noche entera juntos. No sé cómo pudo darse, pero fuimos a una conferencia, luego a una cena y después vino a dormir a casa. Se quedó conmigo toda la noche. Por la mañana nos levantamos, desayunamos y se fue. En la tercera oportunidad solo fue un café. Un día él pasaba por la ciudad, vivía en otro sitio, y me llamó. Lo invité a que pasara por casa como un amigo. Conoció a dos de mis hijas que justo estaban de visita y se fue. Lo acompañé hasta el auto y nos dimos un buen abrazo. A partir de ahí seguí intentando centrarme en mi nueva relación . Se había acabado la infidelidad, pero nunca dejamos de escribirnos. Teníamos la necesidad de saber el uno del otro”. Una noticia de domingo La pareja que intentaba formar Alejandra hizo agua por los cuatro costados. No funcionaba. Ella comenzó a pensar de nuevo en Carlos, lo recordaba todo el tiempo. Demasiado. La última vez que había hablado con él había sido por su cumpleaños. La distancia estaba instalada, pero Alejandra seguía esperando sus noticias con ansiedad. La que llegó un domingo de 2024 fue la noticia brutal que jamás hubiera esperado: el llamado de una amiga suya que le anunció que Carlos había muerto . El corazón de su gran amor había dejado de latir. “Tenía solamente 49 años. Era súper saludable, no fumaba, no tomaba, andaba en bicicleta, hacía ejercicio. La noticia me la dio una amiga que sabía de nuestra relación un domingo. Me dijo que su marido le había contado que Carlos había muerto. ¡Se me vino el mundo abajo! Pasé días y días sin poder convencerme de que fuera real, que él ya no estaba. A partir de ese momento, se produjo en mí un cambio brusco en mi manera de pensar. Corté con mi última pareja . No andaba, me aburría y sentía que había perdido mi valioso tiempo con él. Empecé a lamentar cada vez más haber estado en esa relación porque podría haber pasado más tiempo con Carlos. Perdí mi tiempo, ya no lo podía recuperar”. “No puedo dejar de pensar en todo lo que vivimos en secreto, calladamente. En lo que solo nosotros sabemos y, también, pienso mucho en todo lo que no le dije. Han pasado dos años desde que se fue físicamente. Muchas veces me encuentro hablándole y siento su presencia. Hace un tiempo le pedí una señal y, de inmediato, en la radio comenzó a sonar el tema que yo tenía en el celular cuando él me escribía . Sólo espero que exista un plano en el que vuelva a coincidir con Carlos. Nada me haría tan feliz”. Le pregunto, ¿qué querría decirle si tuviese la oportunidad? “Querría contarle que vivo en un lugar que curiosamente lleva su nombre, que estuve absolutamente enamorada y que estuve dispuesta a tener hijos con él. También le diría que le estoy muy agradecida porque gracias a él pude volver a ser la mujer que tenía escondida dentro de mí. Tengo un mensaje para dar a quien quiera escuchar: no hay que callarse nunca . Esto me vino a enseñar algo y es que uno debe decir lo que siente porque no sabemos cuánto tiempo vamos a andar por acá, ni si vamos a tener la oportunidad de decirlo cuando lo creamos conveniente”. Alejandra no es una mujer melancólica. Es resiliente. Cuenta las cosas sin falsos pudores y con un dejo de humor. Pero cuando le entra la tristeza y lo recuerda tanto, saca el único regalo que él le hizo. Se lo pone al cuello para poder sentir que Carlos sigue con ella. Ese pañuelo azul con flores diminutas es la prueba de que el gran amor fue cierto, existió, y que lo lleva con ella. * Escribinos y contanos tu historia: amoresreales@infobae.com * Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.
Me miró con esa mirada que me derretía . Había demasiados silencios en nuestra relación. No sé decirte con precisión si





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