Mi hija mayor, abogada de memoria prodigiosa, residente en la capital del imperio en decadencia, me pide, en los términos más amables, un billete aéreo para volar a la ciudad del polvo y la niebla, donde ha sido invitada a la boda de una de sus mejores amigas. Tras leer su correo, me siento halagado y contento. Siento que me quiere, que todo está bien entre nosotros, que acude a mí cuando puedo ayudarla. No dudo en comprar el boleto, mejor clase, mejor asiento, pero tampoco vacilo en decirle que volar a esa ciudad los últimos días de noviembre entraña un riesgo no menor, pues los trastornos climáticos derivados del calentamiento del mar provocarán insólitos calores y lluvias torrenciales, lo que podría estropear la boda y desatar el caos en esa ciudad al pie del mar donde, como nunca llueve, unos diluvios copiosos e incesantes podrían derribar las casas más precarias, inundar las vías públicas y descargar ríos de lodo y piedras desde los cerros vecinos. También me permito la confianza de decirle que asistir a esa boda, y a casamientos en general, es una costumbre harto peligrosa, pues ella podría llegar a la conclusión de que le conviene casarse más o menos pronto, y mi consejo es que no se case nunca, en ningún caso. No recibo respuesta de mi hija. Seguramente piensa: mi padre está loco. Mi segunda hija, experta en tecnologías informáticas, sobre todo en inteligencia artificial, que reside en la ciudad de los rascacielos y, contrariando mis consejos y advertencias, se casó a principios de año, me escribe un correo, dejándome saber que vendrá los primeros días de noviembre a la ciudad en la que vivo. Entusiasmado, me ofrezco a pagarle el billete aéreo, o los billetes si viene con su bienamado esposo, y el mejor hotel en la isla apacible donde resido, además de prestarle la camioneta reservada para los invitados. Asimismo, me permito la confianza de decirle que, los días que ella estará de visita en la ciudad, celebraremos el aniversario de mi esposa, quien cumplirá treinta y ocho años, dieciséis de los cuales ha perdido o malgastado conmigo, siendo mi bienamada esposa. Para mi sorpresa, mi hija guarda silencio unos días y luego me comunica, en otro correo escueto, austero en palabras y sentimientos, que no desea dormir en el hotel de la isla ni conducir la camioneta de invitados, y prefiere quedarse en la casa de su tía abuela, a media hora en auto desde mi casa. Como me temía, también me informa de que no podrá acompañarnos en la celebración de mi esposa, pues esa noche tiene ya un compromiso que no puede cancelar. Deja entonces abierta la puerta para vernos, aunque sin poner énfasis en ello. Viene a la ciudad para sostener reuniones de negocios y también para asistir como espectadora a una carrera de autos. Le escribo: estupendo, lo que sea mejor para ti, escríbeme cuando llegues y nos organizamos. Sin embargo, presiento que no quiere verme. Si elige dormir en casa de su tía abuela, que a diferencia de mi casa tiene un yate atracado en su embarcadero, y no desea manejar mi camioneta, sino los autos lujosos de su tía abuela, es que su tía abuela, una señora encantadora, me ha derrotado en toda la línea. Mi hija menor, quince años, residente en mi casa en la isla, frecuente ganadora en torneos de oratoria y debates, lectora voraz que devora uno y hasta dos libros por semana, actriz aficionada, espectadora afiebrada de películas, quien sorprendentemente se siente a gusto estando a solas consigo misma, un rasgo de su carácter que ha heredado de sus padres, acude a una entrevista de trabajo en un semanario en inglés, conversa con el editor, le habla de política, de libros, de películas, con una madurez infrecuente para su edad, y la contratan para escribir artículos de opinión como colaboradora libre. Mi hija no cabe de felicidad en sus zapatos. Por sus propios méritos, sin que yo intervenga en modo alguno, ha conseguido su primer trabajo a los quince años, y nada menos que como periodista. Yo también conseguí mi primer trabajo a los quince años, como aprendiz de reportero, pero no debido a mis propios méritos, sino gracias a mi madre, que era amiga de los dueños del periódico y les pidió que le hicieran el favor de ficharme como practicante no remunerado durante las vacaciones escolares del verano. Orgulloso y entusiasmado por el triunfo de mi hija menor, le compro regalos, los dejo al pie de su cama mientras duerme y le escribo una nota diciéndole: Has nacido para crear belleza con las palabras. Al día siguiente, ella me envía un correo diciéndome: Eres el mejor papá del mundo. No lo soy, desde luego. Pero acaso soy un mejor padre con ella de lo que fui con mis hijas mayores. Con mi hija menor hemos compartido una casa tranquila, un hogar feliz, desde que nació. En cambio, mis hijas mayores se alejaron de mí cuando eran niñas, pues tal fue la voluntad de su madre, quien se las llevó a la ciudad del polvo y la niebla, a seis horas en avión desde la isla en la que, terco, perezoso, continúo viviendo. Mi esposa, escritora, atleta, lectora, gimnasta, me dice una madrugada en la cocina: Nunca seré una mujer feliz. No me lo dice en tono agresivo o rencoroso. Es solo una observación melancólica sobre sí misma. Le recuerdo entonces que es una escritora, que debe sentarse a escribir, obligarse a escribir. En tiempos recientes, me ha dicho que se siente condenada a escribir la novela sobre su infancia, sobre sus padres, sobre cómo una niña tenía que cuidar a sus padres, pero que solo la escribirá cuando ellos, sus padres, no estén vivos. Le digo que es un error, que la vida es ahora, que debe capturar el momento, que tal vez sus padres vivirán diez años más y en ese caso sería un error no escribir durante tantos años. Días después, para mi sorpresa, ella me dice que ha resuelto escribir la novela. Me da miedo, confiesa. Precisamente por eso debes escribirla, le digo. A veces no queda más remedio que hacer las cosas que nos dan miedo, le aconsejo. Luego me dice: será una novela sobre mis padres y sobre ti. A continuación, añade: las cosas que voy a contar sobre ti no te van a gustar nada. Enseguida se retira levemente ofuscada a su habitación. Al día siguiente, comiendo juntos, le digo: me parece estupendo que escribas sobre mí, y no tendría ninguna gracia que escribieras bien de mí, elogiando mis virtudes, lo que debes hacer es retratarme sin piedad, contar todas las veces que te he decepcionado, te he lastimado, te he traicionado: allí está el arte, en los conflictos, en las heridas del pasado. Luego insisto: conmigo puedes estar segura de que no me molestaré, cuentes lo que cuentes, porque yo hago eso mismo con todo el mundo: cuento lo que me da la gana de contar, aunque después los aludidos se enfaden, se sientan traicionados y digan que asalté su intimidad. Por último, la animo a contar nuestra pelea como consecuencia de mis celos por su profesor de karate, y nuestro pleito hecho de silencios y rencores cuando me tentó un argentino al que conocí en la gasolinera, y nuestras escaramuzas y rencillas cuando me perturbó el apuesto modelo que ella misma me presentó en la ciudad de los rascacielos, y nuestra acalorada discusión cuando quise compartir intimidad con una de mis editoras allá lejos, al otro lado del mar, es decir que la invito a narrar que fracasé en todas esas tentativas de conquistador torpe, chapucero, de donjuán panzón que, cuando se mira en el espejo, no advierte lo rollizo que está. Mi madre octogenaria, que con suerte llegará a los cien años, pues está más saludable que todos sus hijos, me escribe amorosamente, con una paciencia de santa, perdonándomelo todo, y me pide que los primeros días de noviembre vaya a votar como un ciudadano responsable y no dude en hacerlo por los candidatos republicanos de derechas que ella apoya. Me dice: no comprendo por qué odias a tu presidente, si está haciendo un gran trabajo, y por qué odias a nuestra presidenta, si está haciendo un excelente trabajo. Luego añade: no sabes la pena que me da que te me hayas vuelto de izquierdas: que mi hijo mayor sea gordo, zurdo y caviar es lo peor que podía pasarme, y me da tanta vergüenza que a veces le pido a Dios que me mande a buscar ya mismo.
Mi hija mayor, abogada de memoria prodigiosa, residente en la capital del imperio en decadencia, me pide, en los término





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