Una sociedad no es una máquina, ni un artefacto mecánico sujeto a las leyes de la física. Pero aun así, se ha considerado apropiado llamar “aparato productivo” a las organizaciones humanas que, mediante capital y trabajo, generan riqueza colectiva. La metáfora del aparato dominó el lenguaje de la política, hasta afirmarse que los intercambios pueden motorizarse, acelerarse y frenarse como vehículos. A partir de esa metáfora se pretendió dirigir la economía con reglas de ingeniería social, ajenas a las propias de las humanidades que nos enseñan cómo las personas deciden por sí mismas, proyectan el futuro, ponderan riesgos, sopesan costos y calibran beneficios. Ya hemos vivido los efectos de confundir las complejidades de la vida en común con la previsibilidad de mecanismos y engranajes. Esa confusión abrió una Caja de Pandora en 1946 y, desde entonces, los peores incentivos torcieron los quehaceres de nuestro querido país hacia la especulación, el lucro con faltantes, el negocio de los privilegios y el provecho del prójimo, castigándolo con el azote de la inflación y el infierno de la pobreza. Cuando Pandora la cerró, lo único que allí quedó fue Elpis, el espíritu de la esperanza, lo último que se pierde. Pero en la Argentina actual no basta con ella, sino que se requiere de la cruda política “para que la plata alcance”. La economía no se reactiva por decreto, ni con las luces de un graduado en Harvard o en la universidad de La Matanza ( Cristina Kirchner , 2012). Se reactiva cuando los actores de la sociedad coinciden en su convicción acerca de un futuro promisorio y actúan en consecuencia. Cuando las familias creen que pueden consumir ahorros previendo un horizonte de trabajos estables y cuando los comerciantes, remisos a “clavarse” con stocks invendibles y empleados redundantes, al notar vientos favorables, también cambian su actitud para no perder ventas ni clientes. En cuanto a las industrias, igualmente reacias a acrecentar su nómina e inventarios, si comparten el optimismo se animarán a producir más para bajar costos unitarios y no perder market share . Financiarán su mayor giro en un entorno de competencia bancaria y un mercado de capitales desregulado. Y los ahorristas (piezas claves de la reactivación), tentados por tasas de interés que les parecerán atractivas, se apresurarán a capturarlas con plazos fijos en pesos -antes de que bajen- para ganar más que en dólares. Los bancos, que no querrán descalzarse con depósitos costosos, saldrán a ofrecer créditos baratos a las empresas para que financien sus expansiones. La economía se reactivará cuando los precios de las propiedades aumenten al ritmo del crédito hipotecario y sus tomadores se arriesguen a endeudarse confiando en que sus cuentas cerrarán. Cuando los desarrolladores paguen más por inmuebles cuyos dueños, agrandados, sientan que los valores cambiaron. Y en los campos cambien los precios de hectáreas y de arriendos, pues cuando se huele reactivación, nadie quiere quedarse afuera. Y así comenzará el círculo virtuoso de la confianza si los políticos actúan como estadistas y dejan el discurso cortoplacista . Dicen los sindicalistas que “ninguna reforma laboral sirve para aumentar el empleo y la ley de modernización de Milei, ha fracasado”. Nostálgicos, quieren aumentos masivos con precios controlados, congelación de tarifas y más retenciones. Simulan no comprender que una reforma laboral es condición necesaria, pero no suficiente para el empleo . Como una puerta cerrada que nadie quiere abrir si del otro lado espera la trampa de la rigidez laboral, los costos sindicales y la arbitraria litigiosidad. Pero, aunque luego fuese abierta, no se traspondrá si los empleadores sospechan que otro populismo de bombo y redoblante la cerrará, dejándolos atrapados, sin salida. Hay quienes proponen recetas de reactivación poco aplicables aquí, pues los manuales no tratan de economías que, teniendo moneda oficial, operan con moneda ajena y en contextos donde la política no garantiza voluntad de fortalecerla. Ni con un poco de sal, ni con algo de pimienta; ni comprando más reservas, ni haciéndolo menos. De nada servirán mientras los argentinos crean que sus pesos podrán derretirse y que se licuarán por haber confiado. Sin mayor demanda de dinero, cada centavo que se derrame solo provocará un “fogonazo” puntual y los pesos, luego de tomas y dacas transaccionales, volverán a ser dólares, como siempre. A pesar de los cambios estructurales que mejorarán para siempre el futuro de nuestro país, ¿por qué los conurbanos sienten la demora en sus bolsillos? La respuesta no es económica, sino política. Porque hay aún multitudes que aplauden a quienes prometen abandonar la motosierra y expandir el gasto , revisar los beneficios del RIGI, gravar patrimonios, aumentar retenciones, retrotraer la reforma laboral, perseguir la inocencia fiscal, preservar los ingresos sindicales, cerrar las importaciones, subsidiar a las PyMes, reincorporar personal del Estado, expandir los planes y regular lo desregulado. Aunque aplaudan a Javier Milei y soporten sus excentricidades, ahorristas e inversores observan a Máximo Kirchner , a Axel Kicillof , a Juan Grabois , a Rodolfo Aguiar , a Hugo Yasky , a Miguel Pichetto , a Luis Barrionuevo , a Mariano Recalde y a los Moyano . También oyen a gobernadores e intendentes que ponen en tela de juicio aquel futuro promisorio mientras no achican gastos ni desregulan cotos de caza, manteniendo ingresos brutos y tasas arbitrarias, negociando votos contra aportes del Tesoro. Y saben que, por temor a ellos, las familias no rompen sus chanchitos, los comerciantes solo venden lo que tienen y las industrias demoran inversiones , en tanto los bancos solo reciben depósitos en dólares y no los pesos indispensables para fondear a familias, comerciantes e industriales. El modelo de “vivir con lo nuestro” se agotó . La Argentina no creció entre 2011 y 2023 luego de décadas de decadencia. Ahora tiene que potenciar sus fortalezas y no sus debilidades. Y esas cualidades no las definen nuestras preferencias, sino la realidad global, nos guste o no. El país está dotado, de forma excepcional, de alimentos, energía, minerales y conocimiento que el mundo demanda, pero nos falta lo que todos tienen y nosotros destruimos: moneda, crédito e instituciones. Aquellos recursos productivos no están en el conurbano, sino en provincias que prosperan alterando el mapa tradicional del país. Esa es la única verdad y, para salir a flote debemos construir con lo que tenemos y suplir las carencias con firmeza fiscal, hasta que la confianza se recree “a fuerza” de dólares de las exportaciones. Habrá ganadores y perdedores, regiones exitosas y urbes quejosas, migraciones internas y trabajos informales. Si las reformas se hubieran hecho antes sería diferente, pero el desafío es hoy y la “cara de perro” debe ponerla Milei aunque le pidan que afloje y sonría. Las transformaciones que están ocurriendo para crecer de manera sostenida serían menos dolorosas si la política facilitara la transición con acuerdos tácitos que generasen certidumbre respecto al futuro. En su ausencia, solo queda lamentar que la desconfianza haga pagar a todos un precio que no beneficiará a nadie.
Una sociedad no es una máquina, ni un artefacto mecánico sujeto a las leyes de la física. Pero aun así, se ha considerad





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