Desde que Estados Unidos revocó las visas de tres autoridades chilenas por el famoso cable chino, se discute de manera apresurada cómo filtrar inversiones extranjeras en sectores sensibles, lo que se conoce como investment screening. Hace unos días la subsecretaria de Relaciones Económicas Internacionales, Paula Estévez, presentó en la UAI la propuesta en que trabaja el Gobierno, y nos parece bien encaminada: no discriminar por el origen de los capitales, definir sectores críticos, plazos acotados para no sumar burocracia, transparencia, una oficina técnica de alto nivel y un comité de ministros que decide al final. Pero hay dos ausencias que pueden convertir un procedimiento correcto en una nueva fuente de problemas. La primera es la inteligencia. Una oficina técnica, por competente que sea, trabaja con información abierta. Las inversiones que importan son las que no se dejan ver fácilmente, porque la pregunta es quién está al final de una cadena de sociedades, qué vínculos tiene con un Estado, o incluso con organizaciones criminales, y a qué leyes extranjeras debe obediencia. En todo buen sistema de screening las agencias de inteligencia participan de manera relevante y formal en la evaluación. Sin ellas, Chile tendría un sistema que ve lo mismo que cualquier analista suspicaz con acceso a internet. Urge fortalecer nuestra inteligencia económica y definir qué fuentes extranjeras la complementarán, sabiendo que esas fuentes también responden a intereses de potencias. La segunda es geopolítica. Mirar a Australia como referencia es acertado, pero su procedimiento se parece al de otros países; lo que lo distingue es la posición geopolítica de los australianos. Con Estados Unidos como aliado militar y China como principal socio comercial, Australia diseñó su mecanismo para sostener decisiones propias frente a ambos. La autoridad insiste en que nuestro diseño no responde a presiones de nadie. Puede que el diseño no, pero su origen sí, y tendrá que funcionar bajo ellas. Chile además adhirió al Escudo de las Américas, con implicancias para las inversiones en sectores estratégicos. Un mecanismo que no anticipa las presiones que enfrentará difícilmente podrá resistirlas. Hay quienes prefieren un mecanismo mínimo, para no meterse en las patas de los caballos y surfear con buena diplomacia. Tienen un punto, porque las presiones vendrán con o sin screening. Pero la ambigüedad sirve como estrategia solo cuando se tiene con qué sostenerla. Sin criterios ni información propios, la indefinición se vuelve omisión, y en ese vacío decide otro, como ocurrió con el cable. Ahí debiera poner sus esfuerzos el gobierno. Más urgente que definir si la oficina técnica dependerá de Economía, Hacienda o Cancillería es una estrategia de seguridad nacional que diga qué queremos proteger y acordada con la oposición como política de Estado. Sin ella, cada decisión del comité de ministros será leída como un gesto hacia Washington o hacia Beijing, y nadie podrá defenderla cuando llegue la presión. Por Daniel Grimaldi , director ejecutivo Fundación Chile21
Desde que Estados Unidos revocó las visas de tres autoridades chilenas por el famoso cable chino, se discute de manera a




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