Dejar de hablarle a la élite y conectar con el sentido común es uno de los desafíos más importantes del actual gobierno. Con los niveles de popularidad por el suelo, el Presidente Kast resolvió nombrar a un tercer vocero. Vaya desafío que le toca. Me pregunto si, efectivamente, lo que falla son las comunicaciones o es la política. Por varias semanas consecutivas, el desplome en las encuestas no cesa y, semana a semana, vemos al gobierno enredado en una nueva polémica que opaca la posibilidad de tregua que da un cambio de nombre en el gabinete. Uno de los temas en los que he centrado mis columnas es la necesidad de acuerdos y de recuperar la confianza. Partiré por esta última, que le resulta tan escasa a la política por estos días. Mientras se transmiten mensajes de un futuro alentador, la ciudadanía padece la inflación, el alza de las bencinas y anuncios de empleos que no llegan. Y, por si esto fuera poco, se toman malas decisiones, como los indultos a violadores. El relato del gobierno se desdibuja y las emergencias anunciadas (economía, trabajo y seguridad) se perciben como una profecía ya cumplida. La economía no crece, el desempleo solo sube y la seguridad se mantiene esquiva, mientras el crimen organizado hace fiesta. Así estamos. Necesitamos un vocero con capacidad política e integrado al comité político, que conecte con lo que está viviendo la ciudadanía y sea el rostro amable de un gobierno que resulta severo en sus juicios e implacable ante los errores ajenos. Ojalá hayan encontrado un jugador que toque y juegue a la pelota. Tiene un enorme desafío, en un contexto de mensajes difusos, política errática, audiencias poco definidas, lo que, en comunicación política, deja una mala nota que se expresa en las encuestas. Como se suele decir, dato mata relato. Por el lado de la oposición, el panorama no es mejor. No cesan las peleas y se impone la cultura de la cancelación para quienes promueven los acuerdos. Primero le tocó a la senadora Paulina Vodanovic; ahora, es el turno del senador Pedro Araya. En julio pasado escribía: un sistema político no fracasa únicamente cuando se vuelve violento, fracasa cuando se vuelve incapaz de procesar el desacuerdo para transformarlo en normas que ordenen la convivencia. Y así estamos. Basta con mirar a la oposición: vacilante, enredada comunicacionalmente y con una falta de perspectiva sorprendente. También falta vocación de acuerdos. Apabullados, funados, silenciados: así quedan quienes buscan acuerdos. La agresión al senador Araya es un ejemplo inaceptable de ello. Lo peor es que se justifica argumentando una supuesta unidad. El que se asoma para buscar acuerdos es objeto de una “pateadura pública”. ¿De qué se trata? ¿Qué sentido tiene? ¿Creerán que esto comunica firmeza? Estar del lado de las personas es lo que garantiza llegar a puerto. Una mala noticia es un quiebre profundo entre lo que se esperaba que ocurriera y la cruda realidad que toca afrontar. En el Chile de octubre de 2026, la acumulación de malas noticias nos ha invadido. Entonces le pedimos a las comunicaciones que resuelvan problemas de la política, y eso no funciona. Menos aun si tenemos mensajes poco claros, rotación de voceros y puestas en escena poco luminosas. En el fondo, la comunicación es un multiplicador, un gran parlante que multiplica por diez una decisión sólida, una propuesta política, pero que también expone y acelera por diez la fragilidad de una decisión inexistente. La política chilena enfrenta hoy un fenómeno estructural que dejó de ser una simple anomalía electoral para transformarse en el principal freno de mano de nuestra economía y cohesión social. A la fragmentación del Congreso y la progresiva disolución del centro moderado se suma el uso y abuso de las comunicaciones, con un resultado catastrófico para la política: mensajes erráticos llenos de adjetivos, y rotación y quema de vocerías. Al priorizar el formato por sobre el contenido, los voceros quedan desprotegidos frente a preguntas sobre el diseño estructural, sobre el cual no tienen respuestas sustantivas que dar. Y se instala la idea de que el problema es que no estamos comunicando bien. Así, de lado y lado, el gobierno y la oposición bailan un compás desafinado, cuya consecuencia es una ciudadanía cansada, deprimida y empobrecida. ¿Cómo salir? Dejando de mirar por el retrovisor o de saltar hacia un futuro exultante. Hay que mirar el presente. La política debe volver a ser un instrumento para mejorar la vida de las personas y no un escenario de disputas permanentes. Se requiere recuperar la capacidad de diálogo y terminar con la cultura de la cancelación política. Es imprescindible poner las urgencias de las personas en el centro de la acción política y construir acuerdos que permitan enfrentar los problemas concretos del país. Chile necesita menos confrontación y más voluntad de resolver. Por Claudia Miralles , gerenta de Imaginaccion Comunicación Estratégica.

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Dejar de hablarle a la élite y conectar con el sentido común es uno de los desafíos más importantes del actual gobierno.