Dos personas pueden tener la misma profesión, conocimientos similares y hacer muy bien su trabajo. Sin embargo, una puede terminar generando mucho más valor que la otra. ¿Qué explica esa diferencia ? Cuando alguien nos pregunta a qué nos dedicamos, solemos responder con una profesión . Contador, abogado, diseñador, ingeniero. La respuesta sigue siendo correcta, aunque cada vez cuenta menos sobre todo lo que necesitamos saber para ejercerla. Hoy podemos encontrar a un diseñador defendiendo una propuesta con datos de conversión de comercio electrónico, a un contador construyendo escenarios para una decisión comercial o a un abogado intentando comprender el modelo de negocio de su cliente antes de recomendarle qué hacer. Ninguno dejó de ejercer su profesión. Lo que cambió fue el alcance de sus conocimientos y la manera de utilizarlos. Interpretar datos, comunicar y presentar una idea, gestionar proyectos, comprender un negocio, utilizar inteligencia artificial, resolver problemas o ejercer pensamiento crítico son competencias que empiezan a atravesar funciones , sectores y niveles de responsabilidad. Las fronteras que antes las mantenían asociadas a determinadas especialidades se vuelven cada vez menos claras. Aprender cuando el escenario se mueve Cambian las herramientas, los procesos, los modelos de negocio y también las tareas que componen un puesto. Aprender solamente a ejecutar bien una función puede dejarnos demasiado vinculados a la duración de esa función . Algunas competencias tienen una ventaja particular. Podemos llevarlas con nosotros aunque cambien las herramientas, el puesto o incluso la actividad. Se combinan con otros conocimientos y nos permiten enfrentar problemas diferentes a los que aprendimos a resolver originalmente. La tecnología acelera este movimiento. Hoy podemos analizar información sin pertenecer a un área de datos, construir presentaciones sin ser diseñadores o utilizar inteligencia artificial sin saber programar. El acceso a muchas herramientas se amplía y, con él, también nuestras posibilidades de hacer cosas que antes quedaban fuera de nuestro alcance. Pero hay una pregunta que rara vez aparece cuando hablamos de aprender nuevas habilidades . ¿Cuánto de lo que todavía no sabemos hacer permanece fuera de nuestro interés simplemente por considerar que no forma parte de nuestra profesión? La oportunidad detrás de la tarea En comercio exterior encontramos un ejemplo interesante. Dos despachantes de aduana pueden conocer perfectamente la normativa, gestionar la misma documentación y cumplir con idéntica eficiencia los procedimientos necesarios para una importación. Una empresa necesita traer mercadería del exterior. Uno de ellos se ocupa de que la gestión aduanera se realice correctamente. El otro, además, se interesa por la operación completa . Comprende qué está comprando su cliente, analiza alternativas, asesora sobre costos y condiciones, coordina proveedores y busca facilitarle todo el proceso. Ambos pueden ser excelentes despachantes. La diferencia está en el servicio que decidieron construir alrededor de su especialidad. Muchos profesionales del sector encontraron ahí una oportunidad para diferenciarse en un mercado competitivo. Incorporaron conocimientos, ampliaron su campo de acción y comenzaron a ofrecer soluciones más integrales . Algunos funcionan hoy, en los hechos, como departamentos externos de comercio exterior para empresas que no cuentan con esa estructura. El cliente encuentra más respuestas en un mismo lugar, mejora su experiencia y tiene más motivos para sostener esa relación comercial. El despachante, por su parte, amplía su propuesta de valor sin perder aquello que lo hace especialista. La especialidad sigue siendo el punto de entrada. Lo que se movió fue el punto de llegada. Las fronteras que todavía ponemos nosotros Hay algo interesante detrás de este ejemplo. Las oportunidades de ampliar nuestro aporte no siempre aparecen acompañadas de una nueva responsabilidad, un cambio de puesto o una capacitación solicitada por la empresa. A veces están bastante cerca de lo que hacemos todos los días . En una necesidad que nadie está atendiendo, una dificultad que se repite, una pregunta del cliente o un proceso que podría funcionar mejor. El problema es que muchas veces dejamos de mirar ahí. Consideramos que determinada información pertenece a otra área, que ciertas decisiones corresponden a otro puesto o que aprender una herramienta nueva tiene poco que ver con nuestra especialidad. Y así, sin darnos cuenta, podemos terminar confundiendo los límites de nuestra función con los límites de nuestro desarrollo profesional. Esto tampoco significa que todos debamos convertirnos en expertos en todo ni asumir responsabilidades que no nos corresponden. El conocimiento técnico sigue siendo indispensable. La diferencia aparece cuando conseguimos complementarlo con otras competencias que nos permiten interpretar mejor el contexto y reconocer dónde podemos aportar algo más. Ser estratégico , en ese sentido, tampoco debería ser una característica reservada para determinados cargos. También puede ser la capacidad de alguien para entender dónde encaja su tarea, qué impacto genera, qué necesita quien recibe su trabajo y qué podría hacerse mejor. Quizás valga la pena hacer un ejercicio. Si tuviéramos que describir nuestro trabajo utilizando solamente cuatro o cinco verbos, ¿cuáles elegiríamos? ¿Cuántos serían ejecutar, completar, controlar o enviar? ¿Cuántos serían interpretar , decidir, anticipar, conectar o proponer? Seguramente no podamos anticipar todas las herramientas que utilizaremos ni las tareas que tendremos dentro de algunos años. Pero podemos empezar a mirar de otra manera aquello que hacemos hoy. Tal vez convenga dejar de preguntarnos solamente qué tan buenos somos en lo que hacemos y empezar a preguntarnos qué otras habilidades necesitamos aprender para seguir siéndolo.
La oportunidad detrás de la tarea En comercio exterior encontramos un ejemplo interesante. Dos despachantes de aduana pu




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