Hace casi un siglo, Pearl S. Buck, una escritora estadounidense que había crecido y vivido buena parte de su vida en China, publicó una novela titulada Viento del Este, viento del Oeste . A través de ella, y desde la perspectiva de una sociedad que comenzaba a enfrentarse a la descomposición de su propio mundo, explicaba las contradicciones entre Oriente y Occidente. Era 1930. Faltaban nueve años para el estallido de la Segunda Guerra Mundial, pero los vientos que terminarían destruyendo el orden internacional ya comenzaban a soplar. Hoy, cuando uno observa lo que está pasando, cuando contempla acontecimientos que aparentemente no tienen sentido, pero que en realidad obedecen a una lógica histórica, descubre que seguimos sin aprender las grandes lecciones del pasado. Lo más preocupante no es solamente que los errores se repitan, sino que quienes tienen la responsabilidad de evitarlos parecen incapaces de reconocerlos. Una vez más, aquello que destruyó el mundo de ayer se convierte en la principal amenaza de nuestro presente. Tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial dejaron, paradójicamente, oportunidades para la América que habla español. Mientras Europa se consumía en sus propias contradicciones, buena parte de América Latina encontró nuevas posibilidades económicas y políticas. México no fue la excepción. Basta recordar uno de los acontecimientos más importantes de nuestra historia contemporánea: la expropiación petrolera de 1938. Es difícil imaginar que el presidente Lázaro Cárdenas hubiera podido llevar adelante aquella decisión en las mismas condiciones si el mundo no hubiera estado atravesando las tensiones de la preguerra. Naturalmente, la expropiación respondió a una lucha interna por los derechos de los trabajadores y la soberanía nacional. Pero también fue posible por los equilibrios internacionales de aquel momento. Que Franklin Delano Roosevelt estuviera en la Casa Blanca resultó decisivo. Su política de buena vecindad, junto con la necesidad de mantener la estabilidad del continente ante la amenaza de una nueva guerra mundial, permitió que México enfrentara las consecuencias internacionales de nacionalizar los activos de las grandes compañías petroleras extranjeras, entre ellas El Águila, controlada por intereses de Royal Dutch Shell. Washington defendió el derecho de las empresas a recibir una compensación, pero evitó convertir el conflicto en una ruptura con México. Esa es una de las grandes enseñanzas de la historia. Los momentos de mayor incertidumbre internacional también pueden abrir oportunidades que, en circunstancias normales, parecerían imposibles. Ahora bien, conviene recordar cómo se organizan las grandes guerras. Primero están las víctimas, los pueblos que terminarán siendo agredidos. Después aparecen aquellos que esperan obtener algún beneficio. Y finalmente están las grandes potencias, que negocian, calculan y deciden qué parte del poder les corresponde conservar o conquistar. El pacto entre Hitler y Stalin, firmado en agosto de 1939, es probablemente uno de los ejemplos más claros. Antes de que Alemania invadiera Polonia, ambos regímenes habían acordado secretamente el reparto de territorios y esferas de influencia en Europa oriental. Lo que para millones de personas terminó siendo una tragedia, para quienes negociaban el poder era parte de un cálculo estratégico. Hoy, Europa vuelve a enfrentarse a una guerra que amenaza con transformar su destino. Y aunque la historia nunca se repite exactamente de la misma manera, resulta imposible ignorar ciertas semejanzas en la forma en que las grandes potencias administran los conflictos y negocian sus consecuencias. En ese contexto, conviene observar con detenimiento lo que está ocurriendo entre Donald Trump y Vladimir Putin. Es razonable interpretar que una parte importante de los movimientos actuales responde a la búsqueda de un entendimiento entre Washington y Moscú. Un entendimiento que podría ofrecer al presidente ruso una salida política que le permita evitar el reconocimiento de una derrota en Ucrania, después de una guerra cuyos costos humanos, económicos y militares han sido extraordinarios. La cuestión es qué estará dispuesto a conceder el habitante de la Casa Blanca para alcanzar sus objetivos. Y, sobre todo, hasta qué punto sus urgencias políticas pueden terminar pesando más que las consecuencias históricas de sus decisiones. Porque una cosa es negociar el final de una guerra y otra muy distinta permitir que el futuro de los pueblos se convierta nuevamente en una moneda de cambio. Sin embargo, más allá de la tragedia europea, lo verdaderamente importante para nosotros es comprender que este reordenamiento mundial también puede abrir oportunidades. Y algunas de ellas podrían resultar decisivas para México. La pandemia nos dejó una enseñanza fundamental: el éxito de las economías modernas depende de su capacidad para mantener funcionando las cadenas de producción. Descubrimos que un mundo profundamente interrelacionado puede paralizarse cuando se interrumpe el suministro de una pieza, se cierra una frontera o deja de funcionar una ruta comercial. Hoy, la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos, las restricciones al tránsito por el estrecho de Ormuz y el encarecimiento del petróleo han vuelto a poner de manifiesto esa fragilidad. Las dificultades para mantener las rutas de abastecimiento, las tensiones comerciales y la reorganización de la manufactura norteamericana están alterando los cálculos de las grandes empresas. A ello se suman las dificultades de Estados Unidos para recuperar determinadas capacidades industriales y encontrar la mano de obra necesaria para sostenerlas. Todo forma parte de una transformación mucho mayor. El mundo está descubriendo que no basta con tener los recursos financieros o la tecnología. También hay que saber dónde producir, cómo transportar y con quién garantizar la continuidad de los negocios. Ahí aparece México. Nuestro país tiene una oportunidad extraordinaria, siempre que sea capaz de sobrevivir a sus propias contradicciones. Siempre que aguante, que no se hipoteque innecesariamente y que no termine comprometiendo su futuro mediante un endeudamiento que limite sus posibilidades de desarrollo. Porque, naturalmente, para descubrir la oportunidad hay que observar el conjunto. Y el conjunto nos dice que, con independencia de lo que cada uno piense de la ‘Cuarta Transformación’, de aquel político que quiso convertirse en profeta o del experimento apasionante que representa tener por primera vez a una mujer en la Presidencia de la República, México tendrá que demostrar una de las capacidades que más ha ejercitado a lo largo de su historia: la resistencia. Pero una cosa es resistir y otra muy distinta estar preparado para aprovechar las oportunidades. El problema no consiste solamente en cómo llegaremos vivos a ese momento, sino con qué estructura política, económica y social estaremos para hacerlo. De poco serviría que el mundo nos ofreciera una oportunidad histórica si nuestras propias debilidades terminaran impidiéndonos aprovecharla. Y aquí conviene introducir otro elemento fundamental. Pese a lo que diga la OFAC, pese a las sanciones, las restricciones comerciales y las políticas estadounidenses frente a China, no deberíamos perder de vista una realidad: el mundo tiene muy pocas posibilidades de recuperar la estabilidad si no es mediante algún tipo de entendimiento entre Washington y Pekín. El eje chino-norteamericano sigue siendo una de las grandes claves del equilibrio mundial. No porque ambas potencias hayan dejado de competir, sino precisamente porque su competencia ha alcanzado una dimensión que hace extraordinariamente peligrosa cualquier ruptura definitiva. China dispone de una capacidad industrial, tecnológica y financiera difícil de sustituir. Estados Unidos conserva un poder económico, comercial y estratégico determinante. Y las cadenas mundiales de producción necesitan, de una manera u otra, que ambas potencias encuentren fórmulas de convivencia. En ese escenario, la combinación de la capacidad manufacturera china, sus posibilidades de financiación y la necesidad imperiosa de mantener funcionando las cadenas de producción norteamericanas puede colocar a México en una posición privilegiada. Naturalmente, no será un camino sencillo. Las restricciones comerciales, las reglas de origen y los compromisos adquiridos con Estados Unidos y Canadá condicionarán las posibilidades de inversión. Pero precisamente por eso será indispensable actuar con inteligencia, comprender los intereses de cada potencia y evitar que nuestras decisiones terminen cerrando las puertas que el nuevo orden mundial podría abrirnos. Ya no es tiempo de llorar. Tampoco de contemplarlo todo desde la vulgaridad de nuestras decepciones políticas, de recordar permanentemente cómo nos fallaron aquellos que tenían que darnos ejemplo de moralidad y fueron incapaces de poner orden en su propia casa. Es tiempo de levantar la mirada. De reconocer nuestras debilidades, pero también de calcular nuestras posibilidades. De entender que, por encima de nuestras diferencias internas, existe un mundo que se está transformando y en el que México puede desempeñar un papel mucho más importante del que nosotros mismos estamos acostumbrados a reconocerle. Y no se trata de ignorar lo que sucede dentro del país. La inseguridad, los problemas institucionales, las dificultades económicas y las tensiones políticas siguen estando ahí. Se trata de comprender que el desenvolvimiento del mundo puede convertirse en un factor extraordinario de desarrollo, siempre que sepamos aprovecharlo. Por eso, cuando digo que hay esperanza, no lo digo como una expresión de optimismo ingenuo. Digo que debe haber esperanza porque existen razones históricas, económicas y geopolíticas para pensar que México puede encontrar una oportunidad precisamente en medio del desorden internacional. Basta observar las recientes decisiones de Washington sobre Rusia para comprender hasta qué punto están cambiando las reglas del juego. La autorización de determinadas operaciones relacionadas con el diésel ruso y la suspensión de la aplicación de nuevas sanciones demuestran que incluso las medidas que parecían formar parte de una política inamovible pueden modificarse cuando cambian las prioridades de una potencia. La OFAC seguirá desempeñando su papel y las restricciones sobre Rusia y China continuarán condicionando los negocios internacionales. Pero sería un error confundir las decisiones de una coyuntura con las necesidades estratégicas de largo plazo. Las sanciones también son instrumentos de poder, y el poder negocia cuando considera que tiene algo que ganar. Quien ponga en duda la profundidad de lo que estamos presenciando debería observar con atención esas decisiones presidenciales. Porque, créanme, esto va mucho más allá de la coyuntura del diésel. Lo que está ocurriendo forma parte de un reajuste mundial que afectará las relaciones entre las grandes potencias, las cadenas de producción, el comercio y el futuro de países como el nuestro. Por eso conviene mantener los ojos muy abiertos frente a lo que sucede en el mundo. No solamente porque sus guerras, sus decisiones y sus contradicciones terminarán afectándonos, sino porque en medio de ellas también pueden abrirse oportunidades que hoy apenas comenzamos a distinguir. La historia nos ha enseñado que las grandes transformaciones nunca llegan anunciando con claridad quiénes serán sus vencedores y quiénes sus víctimas. Todo depende, en buena medida, de la capacidad para entender el momento, resistir sus consecuencias y aprovechar sus posibilidades. México tiene experiencia en sobrevivir. Lo que ahora necesita demostrar es que también sabe aprovechar el momento histórico que tiene delante. La ruleta mundial está girando nuevamente. Y, aunque sus consecuencias terminarán afectándonos a todos, para México pueden representar una oportunidad extraordinaria. Todo dependerá de cómo juguemos nuestras cartas.

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Hace casi un siglo, Pearl S. Buck, una escritora estadounidense que había crecido y vivido buena parte de su vida en Chi