En una pequeña habitación con paredes cubiertas de paneles acústicos, Daniel Ochoa, becario doctoral del Instituto de Neurociencia Cognitiva y Traslacional (INCyT), dependiente del Conicet, la Fundación INECO y la Universidad Favaloro, está sentado frente a una mesa blanca. Lleva anteojos, una remera roja y un gorro del mismo color del que salen decenas de cables amarillos, conectados a un equipo que registra la actividad eléctrica de su cerebro. A pocos metros, Florencia Alifano, psicóloga y técnica especializada en electroencefalografía (EEG) de alta densidad del INCyT, observa en un monitor líneas de colores que se desplazan por la pantalla. Ochoa, que participa como voluntario, debe realizar una tarea aparentemente sencilla: leer textos y responder preguntas sobre lo que recuerda. Pero los investigadores quieren explorar una variable. ¿Qué sucede cuando, entre una lectura y otra, aparece TikTok? La escena transcurre en la sede central de INECO, donde se realizó una experiencia en la que también participó como voluntaria Vera Florin, investigadora del equipo del INCyT. Uno debía alternar la lectura con el consumo de videos cortos, mientras que el otro continuaría leyendo sin esa interrupción digital. La hipótesis era que la exposición a TikTok podía afectar la concentración y la capacidad de recordar información. Se trató de una experiencia ilustrativa de cómo podría desarrollarse una investigación científica que, para obtener conclusiones sólidas, necesitaría realizarse a una escala mucho mayor, como algunas de las que se presentan en este artículo. ¿Se está perdiendo la capacidad de concentración? ¿Es un mito que una persona pueda hacer varias cosas al mismo tiempo, como leer mientras revisa mensajes de Whatsapp? Esas son las preguntas que se buscan responder. Investigaciones internacionales que reúnen datos de casi 100.000 personas encontraron una relación entre el consumo intensivo de videos cortos y las dificultades para mantener la atención. Sin embargo, todavía no se ha demostrado que una cosa provoque la otra. Para explicar esta diferencia, Pedro Berkinschtein, investigador principal del Conicet, director de Investigación de Fundación INECO y profesor de la Universidad Favaloro y del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), recuerda lo que ocurrió con las tabacaleras, que durante años cuestionaron las asociaciones entre el cigarrillo y el cáncer de pulmón porque no se había demostrado una relación causal. Aunque los riesgos de fumar y utilizar redes sociales no son equiparables, el ejemplo muestra cómo la ciencia puede identificar señales de alerta antes de comprender completamente sus causas. Una señal eléctrica Pedro Benedetti, bioingeniero y becario doctoral del Conicet, explica que una de las herramientas para estudiar la atención es la electroencefalografía, una técnica que registra la actividad eléctrica del cerebro mediante electrodos colocados sobre la cabeza. Permite detectar cambios que ocurren en milésimas de segundo, algo fundamental para observar procesos tan rápidos como reconocer un estímulo o concentrarse en una tarea. Entre las señales que pueden identificarse se encuentra la P300, una respuesta eléctrica que suele aparecer unos 300 milisegundos después de detectar algo relevante. Para explicarla, Benedetti propone imaginar una pantalla en la que aparecen numerosos círculos verdes y, cada tanto, uno rojo. La persona debe contar solamente los rojos. Cada vez que aparece uno, su cerebro tiene que reconocerlo y prestarle atención. Al repetir el ejercicio y analizar los registros, los investigadores pueden identificar la P300. “Se ha encontrado en investigaciones que, cuando vos tenés mayor nivel de atención, esa señal es más grande, tiene una mayor amplitud”, explica Benedetti. Algunos estudios sobre personas con uso excesivo de redes sociales encontraron señales de menor amplitud, acompañadas de peores resultados en pruebas de atención. Sin embargo, una P300 más pequeña no significa automáticamente que alguien tenga problemas para concentrarse. La señal también depende de la dificultad de la tarea y de otros factores. Una revisión publicada por John Polich en Clinical Neurophysiology explica que está relacionada con la capacidad del cerebro para reconocer información importante, orientar la atención y actualizar lo que recuerda. Qué encontraron los estudios Una de las investigaciones más amplias sobre el tema fue publicada en 2025 en Psychological Bulletin , una revista científica de la Asociación Estadounidense de Psicología. El trabajo, encabezado por Lan Nguyen, de la Universidad Griffith, en Australia, reunió los resultados de 71 estudios con un total de 98.299 participantes. Los investigadores analizaron cómo se relaciona el consumo de TikTok, Instagram Reels y YouTube Shorts con distintas capacidades cognitivas y aspectos de la salud mental. Encontraron asociaciones negativas de magnitud moderada con la atención (−0,38) y el control de los impulsos (−0,41), medidas mediante coeficientes de correlación. Es decir, quienes consumían más videos cortos tendían a presentar mayores dificultades en esas funciones, aunque las cifras no representan porcentajes de deterioro. La relación fue algo más marcada con el control de los impulsos, la capacidad que permite, por ejemplo, resistir la tentación de revisar el celular mientras se estudia. También se encontraron asociaciones con mayores niveles de estrés y ansiedad. Sin embargo, el estudio no demuestra que las plataformas provoquen esos problemas. También podría ocurrir que las personas con dificultades previas para concentrarse sean más propensas a consumir estos contenidos. Berkinschtein señala que la investigación todavía está en una etapa de acumulación de evidencia. “La ciencia va muy lenta buscando evidencias para estas cosas”, explica. Y advierte que no alcanza con medir cuánto tiempo pasa una persona frente a una pantalla, porque también importa qué contenidos consume y cómo los utiliza. Todavía resulta difícil distinguir cuánto influyen los estímulos breves, el tiempo de exposición y otros aspectos de las redes sociales, como la comparación constante con otras personas o el aislamiento social. Qué ocurre en el cerebro Otra investigación, publicada en febrero de 2026 en la revista científica NeuroImage , observó qué ocurría dentro del cerebro mientras las personas miraban videos cortos. El estudio, realizado por investigadores de la Universidad de Zhejiang, en China, incluyó a 56 adultos jóvenes examinados mediante resonancia magnética funcional, una técnica que permite detectar cambios de actividad en distintas regiones cerebrales. Los participantes podían continuar mirando un video o descartarlo según sus preferencias. En promedio, saltearon casi el 57% de los contenidos que aparecieron durante la prueba. Al analizar los registros, los investigadores encontraron que, cuando los participantes miraban videos de su preferencia, disminuía la actividad de dos regiones vinculadas con el autocontrol y la atención, conocidas como corteza cingulada anterior dorsal y corteza prefrontal dorsolateral. Estas áreas intervienen, entre otras funciones, en la capacidad de mantener un objetivo y evitar distracciones. También observaron una relación entre esos cambios y el glutamato, una sustancia que permite la comunicación entre neuronas. Los autores consideran que esta menor actividad podría reflejar una forma de procesamiento más automática y que requiere menos esfuerzo. Para Benedetti, una parte importante de la explicación está en el sistema de recompensa del cerebro, que interviene en la motivación y la búsqueda de experiencias placenteras. Las plataformas digitales ofrecen una sucesión casi infinita de contenidos y, aunque no todos resultan interesantes, cada tanto aparece uno especialmente atractivo. “Los algoritmos te exponen a un video que te va a gustar dentro de algunas cosas que no te van a gustar”, explica el investigador. Benedetti compara este mecanismo de recompensa intermitente con el que interviene en determinados juegos de azar. La incertidumbre sobre cuándo aparecerá el próximo contenido interesante puede impulsar a seguir deslizando el dedo por la pantalla. Es una posible explicación de por qué una persona puede entrar a una aplicación para hacer algo puntual y terminar consumiendo videos durante varios minutos, casi sin advertirlo. El mito del multitasking Pero hay otro fenómeno que preocupa a los investigadores y que no depende exclusivamente del tiempo dedicado a los videos. Es la cantidad de veces que se interrumpe una actividad para hacer otra. Por ejemplo, una persona está leyendo un informe, aparece una notificación, responde un mensaje, mira un reel y finalmente intenta retomar la lectura. “El multitasking no existe, es decir, cuando vos estás haciendo muchas cosas, no estás haciendo cosas en paralelo”, sostiene Benedetti. La afirmación se refiere a las actividades que requieren atención consciente. Aunque algunas tareas automáticas pueden realizarse simultáneamente, cuando dos actividades demandan concentración, el cerebro suele tener que alternar entre ellas. Berkinschtein coincide. “Uno puede ir y volver rápidamente de una actividad a otra, pero no procesar las dos al mismo tiempo”, señala. Esa alternancia exige recursos cognitivos y puede afectar la memoria de trabajo. “Cuando uno está leyendo o está haciendo algo, tiene que tener una memoria de lo que leyó antes para poder entender y comprender lo que sigue”, explica Berkinschtein. Cuando las interrupciones se multiplican, agrega, “se hace todo más lento” y puede retenerse menos información, lo que obliga a releer párrafos o revisar frases ya escritas. El especialista también menciona el estado de flow , que aparece cuando una persona está profundamente concentrada en una actividad, al punto de perder la noción del tiempo. Puede ocurrir al leer un libro apasionante, escribir o resolver un problema complejo. Cada interrupción rompe ese estado y recuperar el mismo nivel de concentración requiere un nuevo esfuerzo. ¿Se está perdiendo la capacidad de concentración? La evidencia científica muestra una relación entre el consumo intensivo de videos cortos y ciertas dificultades cognitivas, pero todavía quedan preguntas importantes. No está claro hasta qué punto las plataformas contribuyen a esos problemas, cuánto influyen las características de cada usuario ni cuáles podrían ser sus consecuencias a largo plazo. El cerebro, además, tiene una gran capacidad de adaptación y los hábitos de atención pueden modificarse. Tampoco existe evidencia suficiente para afirmar que las redes sociales provoquen una atrofia cerebral generalizada. Los expertos remarcan que en niños y adolescentes, cuyos cerebros todavía están madurando, resulta especialmente importante estudiar estos efectos, aunque las consecuencias dependen del tipo de contenido, el tiempo de exposición y las características individuales. En este escenario, Benedetti propone una reflexión sobre el verdadero costo de las plataformas digitales. “La mercancía de ellos, lo que venden en las redes sociales, es tu atención. En definitiva, es eso”, afirma. Estos servicios suelen percibirse como gratuitos porque no requieren un pago para utilizarlos. Sin embargo, cada minuto dedicado a las plataformas representa también un minuto de atención que deja de destinarse a otra actividad. Agradecemos a Vera Florin, Florencia Alifano, Pedro Benedetti, Pedro Cófreces, Daniel Ochoa, Ron Itzigsohn y Pedro Berkinschtein. Todos formaron parte del experimento EEG en Fundación INECO para saber los efectos que las redes sociales producen en la atención de las personas.
Esas son las preguntas que se buscan responder. Investigaciones internacionales que reúnen datos de casi 100.000 persona
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