El alumno llega, se sienta y abre la carpeta. Su cerebro, en cambio, todavía está en camino. Son las siete y media de la mañana y le estamos pidiendo que resuelva ecuaciones cuando su reloj biológico insiste en que sigue siendo de noche. Después diremos que está distraído, que le falta voluntad, que estos chicos de ahora. Tal vez, antes de completar el diagnóstico generacional, convenga mirar el despertador. Pero vayamos por partes. El cerebro está de moda: hay neuromarketing, neuroliderazgo, neurocoaching y, si nos descuidamos, pronto habrá neuroempanadas. El prefijo parece conferir un certificado automático de seriedad: alcanza con agregar una imagen de un cerebro de colores para que cualquier afirmación parezca científica. La educación también recibe estas promesas, a veces acompañadas de recetas para aprender más, mejor y sin esfuerzo. Desconfiemos: las neuronas no vienen con manual de instrucciones pedagógicas. Esa cautela es necesaria, pero sería una pena que el entusiasmo comercial nos hiciera perder de vista las preguntas interesantes. Efectivamente, las neurociencias pueden contribuir a la educación cuando dialogan con la psicología, la pedagogía y, sobre todo, con quienes enseñan. Entre un hallazgo de laboratorio y un aula hay un camino que debemos recorrer juntos (el Famoso “puente demasiado lejos”). Una buena innovación empieza por una pregunta y acepta que la respuesta pueda contrariar nuestras intuiciones. Tomemos el sueño, esa actividad que insistimos en considerar tiempo perdido. Mientras dormimos, el cerebro sigue trabajando: reactiva y reorganiza parte de lo aprendido, y contribuye a consolidar memorias. El aprendizaje continúa después de cerrar el cuaderno y de pagar la luz y, por eso, pasar la noche estudiando puede ser un negocio bastante malo: compramos unas horas de lectura a costa de procesos que ayudan a conservar lo leído. Dormir también forma parte de estudiar, aunque todavía cueste incluirlo en la lista de útiles y tareas. En la adolescencia, además, el reloj interno tiende a atrasarse. Aparece sueño más tarde y cuesta despertarse temprano. Las pantallas y los hábitos pueden agravar el asunto, y obviamente hay motivos culturales que bien conocemos a este lado del mundo, pero esa cultura se monta sobre una necesidad biológica: las agujas del reloj biológico de los y las adolescentes apuntan hacia más tarde. Pedirles simplemente que se acuesten antes supone que el sueño obedece órdenes, y no se duerme solo por obligación. En una investigación que realizamos con Andrea Goldin, Mariano Sigman y María Juliana Leone, publicada en Nature Human Behaviour, estudiamos a más de 700 adolescentes asignados por sorteo a distintos turnos en la escuela secundaria. Encontramos que, por la mañana, los estudiantes con horarios biológicos más tempranos obtenían mejores notas que los más nocturnos. Esa diferencia desaparecía por la tarde, y los nocturnos se beneficiaban del turno vespertino. El rendimiento estaba relacionado, también, con el encuentro (o desencuentro) entre dos relojes: el del cuerpo y el de la escuela. Otros equipos encontraron resultados alentadores al retrasar el comienzo de las clases. En Seattle, un estudio encabezado por Gideon Dunster y Horacio de la Iglesia observó que, tras demorar 55 minutos el ingreso, los alumnos durmieron 34 minutos más por noche, junto con mejoras en las calificaciones. Es cierto que el horario escolar es un ancla social y no alcanza con mover una aguja: hay que considerar transportes, familias, trabajo docente y desigualdades. Justamente por eso hacen falta experiencias locales y evaluaciones cuidadosas. Esta es una verdadera discusión sobre innovación educative; podemos incorporar tecnologías extraordinarias y, al mismo tiempo, revisar algo tan cotidiano como el horario de entrada. También podemos enseñar sobre el descanso y evitar celebrar como heroísmo las noches sin dormir. Para hacerlo, habrá que escuchar a estudiantes y docentes, probar cambios y medir qué ocurre. La biología aporta preguntas y evidencias a esa conversación. Además, hablar de descanso exige mirar las condiciones para conseguirlo. ¿Dónde duerme cada estudiante? ¿Cuánto tarda en viajar? ¿Qué responsabilidades tiene al volver a casa? Una recomendación individual puede quedarse corta frente a un problema colectivo. Ahí también la ciencia necesita de la educación y de las políticas públicas. Calderón escribió que “toda la vida es sueño”. Quizá exageraba un poco; los dramaturgos tienen esa licencia; pero lo que es seguro es que como humanos queremos cumplir nuestros sueños. Así, una escuela que aspire a despertar curiosidad debería preguntarse cuánto deja dormir. El cerebro va a la escuela, sí. Démosle tiempo para llegar.
El alumno llega, se sienta y abre la carpeta. Su cerebro, en cambio, todavía está en camino. Son las siete y media de la




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