Cien años atrás, nacía en la ciudad de Buenos Aires Tulio Halperin Donghi (1926-2014), acaso el más importante de los historiadores argentinos que dio el siglo XX . Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires en 1944, estudió luego en la Universidad de Buenos Aires (UBA) donde se tituló de abogado, profesor en Historia y doctor en Historia. Realizó posgrados en la Universidad de Turín y en la École Pratique des Hautes Études de París, donde conoció al historiador francés Fernand Braudel y, por su intermedio, la influyente Escuela de los Annales. Su madre fue la escritora y profesora italiana Renata Donghi de Halperin, y su padre, el profesor Gregorio Halperin (sobrino del escritor Alberto Gerchunoff). Tuvo una hija, Alicia, y dos nietos. Falleció a los 88 años, el 14 de noviembre de 2014. Decano electo de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario en 1955, fue también profesor en la UBA y en la Universidad Nacional del Litoral (UNL). Desde el Centro de Estudios de Historia Social dirigido por el historiador José Luis Romero, desarrolló investigaciones sobre los cambios en la estructura socioeconómica rioplatense y los proyectos de nación en pugna. Trabajó con el sociólogo italiano Gino Germani y sus “amigos del Di Tella” ( Roberto Cortés Conde , Natalio Botana y Ezequiel Gallo), colaboró con la revista Sur y LA NACION y, después del golpe de Estado de 1966 y la Noche de los Bastones Largos , renunció a su cargo en la universidad y se instaló en Uruguay donde dio clases en la Universidad de la República. A partir de 1971, trabajó en el Departamento de Historia de la Universidad de Berkeley. En 1972 publicó Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla , una de sus grandes obras junto con Una nación para el desierto argentino , de 1982. El historiador Klaus Gallo comparó el aporte de Halperin Donghi a la historiografía argentina con el que hizo Jorge Luis Borges a la literatura. “Además de su invalorable aporte académico e intelectual, su particular estilo lo hacía único, un estilo que le permitió alcanzar lo que pocos han logrado ser: una marca registrada”, sostuvo. Quienes lo conocieron cuentan que, como hacía Borges en lo de los Bioy , le gustaba contar intimidades de las figuras de su tiempo para pasar de pronto a hablar con el mismo tono de la la vida privada de las figuras de tiempos idos. “ La narración es un instrumento del historiador -dijo Halperin Donghi-. No porque toda historia sea narrativa sino porque una de las formas de presentar un fenómeno histórico es simplemente contarlo”. “Nació en una familia letrada: padre latinista, madre profesora de literatura italiana -dice a LA NACION el historiador Fernando Devoto , presidente de la Academia Nacional de la Historia-. Rodolfo Mondolfo, Américo Castro, José Luis Romero eran habitués en su hogar. Estudió en la UBA, luego en Turín y París, donde Braudel le enseñó el oficio. Hizo una maravillosa tesis en 1954, sobre una minoría perseguida: los moriscos en el Reino de Valencia. Optó, sin embargo, por dedicarse a la historia argentina, en esa UBA de los años sesenta que combinaba caos y excelencia. El golpe de 1966 lo llevó a peregrinar aquí y allá: Montevideo, Harvard, Oxford, hasta recalar en Berkeley donde permaneció hasta el final, ritmado con un par de meses por año en Buenos Aires. En agosto de 1976, le escribió desde aquí a Juan Oddone que era la primera vez, quizás la única, que tenía ‘ganas de volver a USA’, ese país donde ‘todo es tan desarraigado’, según le escribió a Ángel Rama. Crítico de la Argentina y sus límites, conservó por un tiempo, entre escepticismo y pesimismo, algunas ilusiones. Cuando ellas decaían, solía decir que este país había tenido un único momento excepcional, entre fines del XIX y principios del XX, menos hijo de sus virtudes que de condiciones externas favorables que no se repetirían. Dejó obras históricas magistrales, como Revolución y guerra , que sin embargo no le gustaba, o ensayos luminosos sobre la Argentina peronista y posperonista. Deslumbraba por sus conocimientos, su conversación aguda e irónica y por su habilidad para trabajar con las fuentes primarias, que como buen historiador prefirió antes que cualquier otra. Sus interpretaciones valen por lo que dicen, pero aún más por su capacidad para destruir lugares comunes y simplificaciones”. Para la historiadora Hilda Sabato , la contribución de Halperin Donghi al estudio y la profesionalización de la historia en la Argentina es inmensa. “Hay una historiografìa argentina antes de Halperin y otra muy diferente a partir de Halperin -puntualiza-. Su legado, de impacto internacional, quedó plasmado en una vasta y originalísima obra que revolucionó los estudios del pasado de América Latina, así como en sus enseñanzas a lo largo de décadas de docencia, en los trabajos colectivos que inspiró y dirigió , y en las tantas ideas que volcó en conferencias, entrevistas y charlas compartidas con colegas, estudiantes y amigos. En todas esas instancias, combinaba erudición e imaginación para internarse en el pasado sin concesiones al presente , impulsado por una contagiosa pasión por entender, siempre acompañada de un distanciamiento irónico, que le permitía avanzar repuestas fuertes sobre ese pasado y a la vez sugerir caminos de indagación alternativos. El resultado ha sido una forma distintiva de hacer historia, que impactó de manera decisiva en los estudios posteriores. Así, su obra constituye una referencia principal e ineludible de toda la producción historiográfica de los últimos cincuenta años y seguramente lo seguirá siendo por muchos más”. La historiadora e investigadora del Conicet Beatriz Bragoni coincide con sus colegas. “La labor historiográfica de Halperin Donghi marcó a fuego la renovación de estudios históricos en el país, y más allá de sus fronteras , por lo que fue reconocida por generaciones de historiadores latinoamericanos y europeos -sostiene-. Convencido de que la atribulada vida política y universitaria local no habría de contribuir a su carrera académica, se radicó en Berkeley en 1971, aunque viajaba a Buenos Aires para visitar a su hermana Leticia (Leta, a quien dedicó Son memorias ), y a los amigos entrañables con quienes emprendió proyectos editoriales de relieve. A partir de 1983, y gracias a la normalización universitaria y la revitalización de la vida cultural y la libertad académica, sus visitas se hicieron más frecuentes y pasó a integrar cuerpos docentes estables de carreras de posgrado de varias universidades públicas y de gestión privada, recibió distinciones honoríficas y se convirtió en visitante ilustre de jornadas académicas donde jóvenes historiadores e historiadoras seguíamos con reverencia sus conferencias, clases o comentarios. Como dijo más de una vez, la Argentina como objeto de estudio y de reflexión del presente político nunca dejó de interesarle. Es difícil conjeturar qué hubiera dicho Tulio de esta Argentina que vivimos y cuántos interrogantes hubiera planteado con su habitual inteligencia y destreza intelectual en tertulias, jornadas, clases o entrevistas. Qué tipo de relaciones habría propuesto con esa capacidad singular de penetrar en los pliegues del pasado porque, como adujo uno de sus firmes amigos, Ezequiel Gallo , tenía la capacidad para ‘extraer de los archivos y las fuentes documentales respuestas que ninguno de nosotros había advertido’”. Con el sociólogo e investigadoir Carlos Altamirano, el historiador Roy Hora estuvo a cargo de la edición del volumen colectivo Volver a pensar. La historia según Tulio Halperin Donghi , que próximamente llegará a las librerías en una coedición de la editorial de la UNL y Eudeba. “Creo que su legado es doble -afirma Hora-. Por una parte, una obra histórica excepcional, de gran ambición intelectual , sobre temas muy variados pero centrada en el pasado argentino. Una obra cuya extraordinaria riqueza hizo que las reconstrucciones anteriores, tanto las revisionistas como las liberales, y también las de impronta marxista, nos parezcan relatos para niños de escuela primaria. Por otra, la idea de un intelectual a la vez comprometido y distante , obsesionado con la suerte del país que se vio obligado de dejar tras el golpe militar de 1966 pero que nunca salió de sus preocupaciones. Halperin Donghi siguió obsesionado con la Argentina. Era la tierra de sus afectos y tuvo con ella una relación muy intensa, casi diría obsesiva, que lo acompañó hasta el fin de sus días”. La escritura de Halperin Donghi es a la vez compleja y fascinante, con un fraseo que la inteligencia artificial envidiaría. “Sabemos que es un autor difícil, que no hacía concesiones -admite Hora-. Su prosa es deslumbrante pero también difícil, lo mismo que sus reconstrucciones, siempre complejas, siempre sorprendentes. Para iniciarse en su lectura, un camino posible es comenzar por Historia Contemporánea de América Latina , un libro de síntesis que se usa mucho en cursos universitarios. Otra vía de entrada es Una nación para el desierto argentino , relativamente breve y sin duda uno de los textos más logrados de nuestra historiografía. Y también está Revolución y guerra , recomendable sobre todo para los que quieren una inmersión profunda en el mundo de Halperin Donghi”. Al listado se puede agregar Letrados & pensadores. El perfilamiento del intelectual hispanoamericano en el siglo XIX , publicado un año antes de su muerte, en 2013 (con ensayos sobre Sarmiento y Alberdi ). “Halperin Donghi es un autor insoslayable para quien quiera entender la historia argentina -afirma el historiador Gabriel Di Meglio -. Ha sido un enorme renovador; a partir de que él empezó a pensar y a investigar la historia argentina, cambiaron muchas cosas. Si bien en su momento quizá no tuvo el impacto que su obra merecía, en los años 60 y los 70, desde los 80 se convirtió en el gran referente de la renovación historiográfica argentina . Para quienes nos dedicamos a investigar el siglo XIX, y en particular el temprano siglo XIX, él, al igual que José Carlos Chiaramonte, fueron los dos grandes impulsores de una mirada completamente diferente y renovadora. Para mí es un historiador enorme, porque fue un historiador total , algo muy difícil hoy: trabajó en historia política, historia económica, historia intelectual y cultural, y eso le dio a su obra una solidez enorme. Para mí, su obra es mucho más importante para pensar el siglo XIX que el siglo XX, donde me parece que no tiene el mismo brillo, pero aun así siempre es un autor interesante para leer”. En la Biblioteca del Pensamiento Argentino, colección a su cuidado en Ariel, se publicaron tres obras clave: Proyecto y construcción de una nación (1996), Vida y muerte de la República verdadera 1910-1930 (2000) y La República imposible 1930-1945 (2004). “Estoy en deuda intelectual con Halperin -reconoce el historiador Horacio Tarcus -. Él no abordó la historia de las izquierdas, salvo de modo diagonal. Fue sobre todo un gran estudioso de las elites económicas, militares, políticas, y sus proyectos de nación. Sin embargo, los que hacemos historia de las izquierdas y los movimientos sociales no podemos dejar de nutrirnos de sus obras y de su perspectiva . No fue un cultor de la historia intelectual, pero su José Hernández y sus mundos sigue siendo, para los que practicamos esa dimensión de la historia, una referencia ineludible. Además, fue un gusto tratarlo personalmente, y un estímulo, porque era un gran conversador, agudo, entrañablemente malicioso en sus críticas . Cada año que llegaba a la Argentina visitaba al CeDInCI , recorría primero los depósitos y enseguida se sentaba a leer, al lado de alumnos y becarios, como uno más. Pedía prensa histórica. También fui su editor: una tarde, a la salida de un evento en el Instituto Ravignani, le propuse reunir sus escritos sobre historiografía. Me respondió que no había escrito mucho sobre historiografía, pero le recordé una decena de ensayos breves dispersos por aquí y por allá. Sonrió y me dijo: ‘Bueno, escríbame con una propuesta’. Allí nació Ensayos de historiografía , con textos suyos que él ni siquiera recordaba, que fui recuperando de diversos diarios y revistas. Cuando le liquidaba los derechos de autor, me los devolvía como aporte para el CeDInCI. Ciertas visiones simplistas de la historiografía argentina lo despachan como un ‘historiador liberal’. No solo fue un lector intenso de la historiografía marxista británica, también dejó en sus obras una visión crítica del liberalismo argentino realmente existente , de sus próceres, de sus mitos. Siempre les dije a mis alumnos: ¿Quieren hacer una crítica de la historiografía liberal argentina, desde Mitre en adelante? No pierdan el tiempo con cierto revisionismo simplificador, lean a Halperin Donghi. Se van a sorprender”. A manera de tributo, la recomendación vale para todos los lectores.

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Cien años atrás, nacía en la ciudad de Buenos Aires Tulio Halperin Donghi (1926-2014), acaso el más importante de los hi