La primera tensión de Guadalupe Taddei tras llegar a la presidencia del Instituto Nacional Electoral en abril de 2023 fue por acercarse al gobierno de López Obrador. No tenía ni dos horas de haber iniciado en el cargo cuando se echó encima a varios de sus compañeros en el Consejo General al promover una reunión, al día siguiente, con Adán Augusto López, entonces titular de Segob. De ahí pa’l real. Taddei no representa sólo un caso de posible corrupción tan inédito en el INE que habría forzado una ruidosa defenestración. Es sobre todo un tentáculo que muestra la forma en que opera el pulpo morenista de captura de organismos e institutos. No es una manzana podrida, ni una apuesta que salió mal. Es ejemplo del modelo que, al carecer de anticuerpos, mete en crisis al aparato entero e incentiva los abusos. El INE se diseñó para la autonomía y para la toma de decisiones colegiada. Fue así porque sus creadores, en sucesivas olas reformadoras, desconfiaban unos de otros, por eso concibieron un método que obligaba a presidencia y consejeros a negociar. Desde su primera semana y hasta el último mes, Taddei actuó de forma distinta y quiso consolidar fuera, no dentro, de Tlalpan y Periférico su liderazgo. Morena es responsable del desastre por el escándalo de videos y grabaciones que muestran a Taddei y familiares demasiado cerca de un proveedor, no porque haya sido la mayoría oficialista la que la impuso (así fuera mediante una tómbola) sino por toda la ruta: su inclusión en la quinteta se atribuye a Alfonso Durazo, su nombramiento fue saludado por AMLO y fue acogida por Adán Augusto y Rosa Icela Rodríguez. Si de algo se puede acusar a Taddei es de no haber ocultado sus ganas de estar cerca de la secretaria de Gobernación, a quien invitó el 10 de septiembre al inicio del proceso electoral, en ceremonia que rompió la sana tradición de dejar al gobierno fuera incluso de las cosas protocolarias de los comicios. ¿Porqué el régimen, que la recibía con y sin consejeros, consecuentó sus malos pasos con un proveedor? “Nosotros no somos de la política, somos de la técnica”, dijo al concluir su mandato a quienes la relevaron. ‘La sociedad sonorense tiene que tener certeza, pero la certeza no se decreta y tampoco se impone, la tranquilidad en la imparcialidad y en la aplicación de la norma la iremos construyendo con nuestros hechos’”, tales fueron las palabras de Taddei recogidas por El País en marzo de 2023, declaraciones que hizo la hoy renunciada cuando le tocó entregar el instituto electoral de Sonora. Si lo que dijo entonces era verdad, que lo suyo era la técnica, qué mal le hizo su experimento de meterse a la política y su cercanía con Morena; y a ésta, su incapacidad de respetar la autonomía de un órgano, la independencia de un funcionario. Lo más preocupante del tema es que nada garantiza que desde la presidenta de la República hasta la coordinación de los diputados del oficialismo tengan claro que lo que salió muy mal no fue el haber nombrado a un cuadro que cuando llegó a “donde hay se mareó”. Porque Taddei representa lo que no hay que hacer en el INE: ha de llegar alguien que no viva de reunirse con morenistas, sino de sus compañeras y compañeros consejeros. Sólo volviendo al esquema de autonomía y decisiones colegiadas pueden enmendarse la corrupción, removerse a los que hayan participado de ella, cancelar contratos sucios y aspirar a un árbitro en que todos, y no sólo unos, confíen. De lo contrario, habrá, tarde o temprano, una Taddei dos.
La primera tensión de Guadalupe Taddei tras llegar a la presidencia del Instituto Nacional Electoral en abril de 2023 fu



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