En julio, la actividad cayó 2,9% frente a junio en la medición desestacionalizada del Indec, la mayor baja mensual desde abril de 2020. El dato es en sí mismo muy problemático porque implica que el nivel de actividad de la economía argentina fue similar al de marzo del año pasado y estuvo sólo un 2,2% por encima de noviembre de 2023. Se lo mire por donde se lo mire, es una cifra difícil de asimilar. Además, llegó poco después de que el Indec informara que en el segundo trimestre el PBI cayó 0,6% con relación al primer trimestre. Esto abrió, como era de esperar, la discusión sobre la posibilidad de que la economía caiga en una recesión, lo cual se confirmaría si el PBI también cae en el trimestre en curso. Esta posibilidad es muy real. Tanto, que una parte importante de los analistas y los bancos ha recortado notoriamente el crecimiento esperado para todo el año . Algunos esperan, de hecho, menos de un 2%, un número que permitiría que la economía crezca dos años consecutivos pero que, aun así, no deja de ser decepcionante. El análisis económico aporta herramientas que permiten una lectura más objetiva de los indicadores. Una de ellas se basa en la diferencia entre shocks transitorios y permanentes El Gobierno no mostró demasiada preocupación por el dato de julio por varios motivos, todos ellos válidos como argumentos: Porque atribuyó la caída a factores puramente coyunturales cuyo impacto negativo no debería repetirse en agosto ni en septiembre. Porque la variación de julio, más allá de su elevado valor absoluto, está en línea con el comportamiento errático que muestra la economía desde, por lo menos, octubre del año pasado. Como siempre ocurre en estos casos, el análisis económico aporta herramientas que permiten una lectura más objetiva de los indicadores. Una de ellas se basa en la diferencia entre shocks transitorios y permanentes . Un shock transitorio (una sequía, por ejemplo) hace que la economía se aleje de su trayectoria por un tiempo relativamente corto, para luego retornar con rapidez al sendero que estaba siguiendo. Por el contrario, un shock permanente (por ejemplo, un cambio significativo en la estructura productiva o una innovación tecnológica) deja a la economía en una trayectoria distinta porque modifica la tendencia de su crecimiento. Por supuesto, la frontera entre ambos no siempre es nítida, sobre todo si ocurren simultáneamente. Algunos shocks transitorios pueden durar bastante y hacer que la economía demore más de lo esperado para recuperarse, e incluso pueden dejar huellas duraderas si provocan cierres de empresas y destrucción de empleo. Para distinguir un tipo de shock del otro resulta útil recordar que una serie de datos económicos puede descomponerse en tres partes: estacional (compuesta por factores que se repiten sistemáticamente todos los años), irregular (“ruidos” que representan movimientos erráticos que no responden a ningún patrón específico) y tendencia-ciclo , que marca la dirección de fondo . Esta descomposición es especialmente relevante cuando se aplica a indicadores que miden el nivel de actividad económica, como el EMAE, en cuyo caso la variación del componente de tendencia-ciclo siguió siendo positiva en julio. De hecho, y tal como puede observarse en el gráfico, este componente ha aumentado de forma ininterrumpida desde el segundo trimestre de 2024. A partir de lo anterior, surge una pregunta central: ¿Qué tan grave es que técnicamente Argentina entre en recesión? Tomando como referencia el EMAE, la actividad debería crecer en promedio alrededor de un 3% en agosto y septiembre para que el nivel promedio del tercer trimestre iguale al del segundo, y eso apenas alcanzaría para evitar la recesión. En principio, parece muy difícil lograrlo a pesar de algunas buenas noticias preliminares de agosto, por lo que lo más probable es que en el tercer trimestre también haya una contracción. La respuesta a esta pregunta puede plantearse en dos niveles: cómo leerá el dato el mercado y cuáles serían las implicaciones reales. La lectura del dato no será buena, obviamente. Pero probablemente las implicaciones no sean demasiadas, porque esa “recesión” se parecería más a una continuidad del estancamiento que la economía arrastra desde hace meses que a una recesión con todo el impacto negativo que suele tener en la práctica. Y es que, como se mencionó antes, la debilidad no empezó en julio. Los datos de las cuentas nacionales muestran que en el segundo trimestre cayó el consumo privado, lo cual era esperable con el salario privado registrado todavía por debajo del de un año atrás en términos reales. El crédito, motor del consumo, sigue empantanado, y la morosidad se mantiene en niveles muy altos. La inversión, por su parte, acumula más de un año de caída y resta demanda hoy y capacidad productiva mañana La inversión, por su parte, acumula más de un año de caída y resta demanda hoy y capacidad productiva mañana, pese a los reiterados anuncios de proyectos en el marco del RIGI. En síntesis, julio combinó shocks puntuales con una debilidad de la demanda interna que ya venía de antes. Esta distinción es importante para una empresa, porque la respuesta adecuada no es la misma. Frente a un shock transitorio conviene sostener capacidades y, de alguna forma, financiar capital de trabajo hasta que la actividad se normalice. En cambio, frente a un shock persistente conviene ajustar la escala y reasignar recursos en función de los cambios en la cartera de productos. Hoy, puntualmente, la respuesta óptima depende de en qué lado esté cada negocio en una economía de dos velocidades, con sectores exportadores que crecen y un mercado interno que no termina de despegar. Conviene, por lo tanto, llamar a las cosas por su nombre. Dos trimestres consecutivos de caída de la actividad, en medio de los cambios estructurales que atraviesa una economía que aún debe adaptarse a las nuevas reglas del juego, no constituyen el anuncio de una crisis inminente ni mucho menos. Nada en los datos sugiere un derrumbe como los que la economía argentina conoció en otros episodios. Lo más probable es que los próximos meses se parezcan bastante a los últimos, con una actividad que avanza y retrocede sin una dirección firme, sectores exportadores que siguen creciendo y un mercado interno que no termina de recuperarse. Ese escenario no es dramático, pero evidentemente tampoco es cómodo. Exige convivir con márgenes presionados, un crédito caro y selectivo y una demanda que responde de manera desigual según el sector y la región. Por eso, debatir la posibilidad de una recesión técnica parece algo totalmente inútil desde la perspectiva empresarial. Resulta mucho más útil plantearse cómo operar en una economía que, por un tiempo, probablemente siga creciendo poco y de manera despareja. El autor es profesor de Economía en IAE Business School. Esta nota se publicó en el IEM de septiembre de 2026 del IAE, Escuela de Negocios de la Universidad Austral

QUOTE · 引述
Tomando como referencia el EMAE, la actividad debería crecer en promedio alrededor de un 3% en agosto y septiembre para