Desde que dio sus primeros pasos sobre la Tierra , el hombre vivió alucinado por ganar la carrera contra el tiempo. En el libro del Eclesiastés y los evangelios de Lucas, Marcos y Mateo, la Biblia dedica varios versículos a explicar esa vana ambición humana. Convertida en la materia dominante que perturbó a los filósofos a través de los siglos porque encerraba el drama esencial de la vida, esa obsesión terminó por mutar poco a poco su esencia hasta generar una alienación colectiva que puso en peligro el equilibrio psíquico de las sociedades modernas. Ese fenómeno, abusivamente denominado aceleración de la historia, representa en la actualidad uno de los mayores riesgos que amenazan el futuro de la humanidad. Sin tener consciencia del salto al vacío que estaba dando , el hombre selló un pacto faustiano cuando tuvo la soberbia de dominar el tiempo, ese hilo invisible de la historia de la especie que lo ayudaba a organizar su tránsito por la vida. La interrupción de la relación original comenzó con la Revolución Industrial, a mediados del siglo XVIII, con la adopción de técnicas concebidas para mejorar la productividad y la rentabilidad de la producción, pero que también eran portadoras de alienación. Como en otros periodos de la evolución, el hombre no estaba acostumbrado, en ese momento, a gestionar un cambio tecnológico y antropológico de esas dimensiones, que fue creciendo –a un ritmo cada vez más rápido– hasta alcanzar las proporciones abisales que adquirió en la actualidad con la inteligencia artificial (AI). Una de las pocas constantes que subsistieron durante estos tres siglos y medio –incluso se acentuó– fue la mercantilización del tiempo. No solo “el tiempo es oro”, sino que se habla de un valor inmaterial como de una moneda que se invierte, se gasta, se pierde o se gana. Ese vocabulario no es anodino. Por el contrario, revela una concepción de la existencia, en la cual cada minuto debe producir algún beneficio y cada hora perdida representa un lucro cesante. Un aspecto asombroso de esa gestión desvariada es que no admite ningún “tiempo libre”: cada minuto ganado debe ser reinvertido en otra tarea para que rinda beneficios. Peor aún: la mayor incongruencia reside en que no es un activo que se puede atesorar. No existe ningún medio que permita conservarlo como un ahorro para usarlo en un momento más propicio. El segundo dilema es que el tiempo transcurre siempre a la misma velocidad, que es igual para todos, ricos o pobres, jóvenes o ancianos, reyes o plebeyos. Por eso, los momentos “improductivos” sirven, entre otras cosas, para darle sentido al resto. El filósofo alemán Friedrich Nietzsche fue, en la segunda mitad del siglo XIX , uno de los primeros pensadores en reflexionar sobre el impacto que tuvieron la industrialización y la modernización sobre la vida cotidiana. “Escuchamos el repiqueteo del telégrafo, pero no lo comprendemos”, escribió en Fragmentos póstumos , en 1877. Esa frase es citada con frecuencia para ilustrar la “parálisis” del pensamiento que enfrentaba el filósofo cuando procuraba entender las innovaciones estremecedoras que había aportado la modernidad (del ferrocarril a la navegación a vapor, pasando por la prensa cotidiana y las nuevas armas de guerra). “Nadie se atrevió a extraer conclusiones (de esos fenómenos inéditos) para los próximos mil años”, se atrevió a reconocer. “Preveo algo espantoso”, admitió con resignación en 1882. Medio siglo más tarde, el ensayista norteamericano Walter Lippman –considerado uno de los fundadores del nuevo liberalismo– escribió La ciudad libre con la esperanza de identificar dificultades de la especie humana para adaptarse al impacto de las innovaciones industriales, la modernidad y la aceleración social. Ayudado sin duda por los trabajos de Sigmund Freud y de otros psicoanalistas que estudiaron la alineación, en 1946 escribió que “el sistema nervioso humano, perceptivo y afectivo […] sería superado por el mundo demasiado grande que había creado”. La especie humana “será víctima de su grave retraso cultural”, profetizó en La ciudad libre para reclamar, de paso, una reforma ideológica del liberalismo clásico. “El hombre tiene dificultades para seguir el movimiento que él mismo desencadenó” Esos debates y meditaciones nutrieron a dos pensadores esenciales que tuvieron una influencia capital para entender ese cambio antropológico. El primero fue el historiador francés Daniel Halévy, que en su Ensayo sobre la aceleración del tiempo utilizó la “ley de la aceleración”, enunciada por el historiador norteamericano Henry Adams, para describir el ritmo de las transformaciones –técnicas, modos de vida y estructuras sociales– registradas desde la Revolución Industrial. Esa velocidad no solo desenraíza, destruye las referencias estables, sino que produce inestabilidad política y una forma de vértigo colectivo. “El hombre tiene dificultades para seguir el movimiento que él mismo desencadenó”, reconoció. El otro profeta de esos infortunios es –sin duda– el alemán Hartmut Rosa, filósofo y sociólogo de la Escuela de Fráncfort. En sus dos libros, Aceleración. Una crítica social del tiempo y Resonancia, no postula una disminución del ritmo actual, sino que sugiere adaptarse mejor al desenfreno de la modernidad que invadió las sociedades modernas a partir de los años 1980 y que se intensificó aún más con los comportamientos histéricos impuestos por los restaurantes de fast food , las compras online con entrega inmediata o en menos de 24 horas y las cadencias de las redes sociales de diversión o información. Peor aún es el desdoblamiento del empleo del tiempo que realiza el homo economicus a la hora de almuerzo, que come un sándwich mientras recorre las tiendas que cambian de colección una vez por semana o para encargar un delivery casi instantáneo recurriendo a las empresas chinas de ultrafast fashion , como Temu o Shein, que agregan miles de piezas por día a sus catálogos. El business model de esas empresas se basa en mitigar el sufrimiento que producen las miserias de la existencia mediante compras compulsivas que rápidamente pueden derivar en otras adicciones más peligrosas, según teorizó en 2006 el filósofo francés Gilles Lipovetsky en su libro La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo . Esa serie de trastornos no incluye el costo de los daños –frecuentemente irreparables– que producen al medioambiente ni las enfermedades propias de una aceleración para la que no están preparados el organismo ni la mente humana: desincronización del ritmo circadiano e insomnio crónico; obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares; estrés crónico, ansiedad y desequilibrios mentales; trastornos musculoesqueléticos; burnout; adicciones y conductas compensatorias (tabaco, alcohol, drogas, pantallas, apuestas) y aislamiento, pérdida de vínculos y alienación. No es poca cosa. “Solo hace falta salir a la calle y mirar con atención a la gente para descubrir la magnitud social del fenómeno”, dice Rosa. El vértigo cotidiano se nutre con frecuencia de las cadenas de información permanente y las redes sociales, alimentadas por algoritmos capaces de satisfacer la neurosis particular de cada consumidor. Esos medios de información agregan dosis de angustia difíciles de tolerar para quien no está habituado a procesar las perfidias y las desgracias geopolíticas de un planeta fuera de control en una era imprevisible. Al ritmo actual , la aceleración social constituye la amenaza más grave que deberá resolver el mundo si aspira a habitar el tiempo en lugar de continuar una carrera contra el reloj que puede llevarlo a la demencia o la destrucción.
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