La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano obliga a encarar un hecho. El México que él y algunos de su generación hicieron posible es historia. Al tiempo que se agradece al ingeniero su entrega, se puede expedir el certificado de defunción a su legado. Eso que con su empuje pudo ser ampliado, se ha vuelto espectral: una democracia socavada por las dos derechas, PRIAN y Morena, que han gobernado. Con Cárdenas por la izquierda y Manuel J. Clouthier por la derecha, la oposición venció al régimen priista la noche del 6 de julio de 1988. La “caída del sistema” fue el epitafio de lo que le restaba de credibilidad al PRI en los años 80. De ahí en adelante el gobierno tendría que negociar y ceder si pretendía sobrevivir. Sin Cuauhtémoc eso no hubiera ocurrido. El ingeniero se aferró a su apuesta de una democracia por la vía electoral. Pocos como él padecieron trampas y denuestos. Nunca se rebajó al nivel de sus difamadores, nunca sucumbió siquiera a concederles un momento “Cállate chachalaca”. Forma y fondo de su lucha tuvieron una consistencia que hoy prácticamente todos en el panorama político le reconocen. Esa pugna pacífica y tesonera fue clave para activar negociaciones aperturistas, en las cuales no siempre él o su movimiento fueron bienvenidos. A pesar de ello, seguro le molestaría que se le acredite como “padre” de nuestra democracia. Pero sin duda, lo que hasta 2018 se negoció para tener mejores elecciones y más rendición de cuentas, no se entiende sin sus tres campañas presidenciales. Va más allá de una ironía del destino el hecho de que Cárdenas Solórzano desaparezca físicamente en las horas en que el Instituto Nacional Electoral, llamado a ser exactamente la antítesis del aparato que se burló de los votos cardenistas del 88, chapotea en el fango. Adiós al ingeniero, hola a la realidad: su lucha acabó hace tiempo, sus logros se van con él, y el México de hoy, en manos de algunos que se dicen sus herederos, se parece mucho más a la tentación bartlettiana de un Estado orwelliano, que a la apertura que demandaba Cárdenas. La emoción de los mítines de aquella campaña contra todo pronóstico que fue la del 88 tiene un nombre. Esperanza. El renacimiento del cardenismo provocó que una sociedad volviera a creer, sentimiento que llegó al cenit en ese momento de unidad de la oposición, la noche en que junto con Clouthier y Rosario Ibarra reclamó limpieza al hoy morenista Manuel Bartlett, secretario de Gobernación de De la Madrid. Las otras dos campañas presidenciales de Cárdenas no fueron menos importantes. Si las del 94 y la del 2000 no tenían el sabor de ruptura que tuvo la primera fue, precisamente, porque gracias al cardenismo las cosas empezaban a cambiar, un poco para arrebatarle banderas, un poco por mero instinto de sobrevivencia por parte del PRI-gobierno. Se trató de una etapa de lucha de 12 años continuos. Cárdenas hizo todo lo que pudo y luego Morena designó a Guadalupe Taddei en el INE. La historia no juzga intenciones, sólo es consecuente. Si se abandonan los principios, las consecuencias serán las lógicas. No existe línea continua entre el ingeniero y la presidencia del INE que se instaló en 2023. A él que lo esculquen. Mas ni en estas horas de pésame lo van a reconocer en Morena. Adiós ingeniero. Un par de generaciones le agradecemos desde la memoria que gracias a usted un día los votos contaron. El tiradero actual no es su legado. El suyo fue honrado ayer en el panteón Francés.

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La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano obliga a encarar un hecho. El México que él y algunos de su generación hicier