“El tiempo es lo único que tenemos, lo más valioso, lo que no compramos y no vuelve” , reflexionó Matías Alé en Ellos , el ciclo de entrevistas de Infobae , al recordar uno de los episodios más difíciles de su vida: la internación psiquiátrica que atravesó en 2015. Repasó los 45 días que permaneció en una clínica tras sufrir un brote psicótico con delirio místico , cómo fue el camino de recuperación y de qué manera aquella experiencia cambió sus prioridades y su forma de mirar la vida. Actor, conductor y figura del espectáculo argentino, Alé comenzó su carrera como modelo y alcanzó gran popularidad durante los años 2000, especialmente por sus participaciones en programas de entretenimiento y humor. Su paso por ShowMatch y Bailando por un sueño , además de sus trabajos en ficciones televisivas y numerosas temporadas teatrales en Mar del Plata, Buenos Aires y Villa Carlos Paz, consolidaron su presencia en los medios. Durante años, su relación con la actriz y vedette Graciela Alfano también lo convirtió en uno de los protagonistas habituales de la actualidad del espectáculo. A los 49 años, Matías atraviesa una nueva etapa personal y profesional. Casado con Martina Vignolo , con quien comparte su pasión por el teatro y su vínculo con Mar del Plata, asegura que hoy busca priorizar el tiempo, los afectos y una vida más tranquila. Durante la charla, también reflexionó sobre la importancia de poner límites, recordó sus años en la televisión junto a Marcelo Tinelli y habló de sus proyectos y del deseo de convertirse en padre. — Bienvenido al ciclo Ellos. Estuviste hasta hace muy poco en Mar del Plata y ahora volviste a Buenos Aires. Cómo te ha cambiado la vida en los últimos años, ¿no? — Sí, igual a mí me llamó siempre mucho la atención vivir en las ciudades donde siempre hice temporada. Ya viví en Carlos Paz casi dos años. Ciudad que me hizo muy bien y de la que me traje un Martín Fierro como mejor conductor federal por haber trabajado allí. Después se dio que conocí a Marti, que es mi mujer y es marplatense, y nos casamos hace un año. Ella siempre me acompaña, más allá de que es profesora de educación física y actriz, labura en nuestro medio y lo hace muy bien, me parecía de alguna forma injusto traerla, repatriarla de su Mar del Plata natal. Ella es mucho más chica que yo, entonces me parecía egoísta. Así que el año pasado, estábamos en Las Leñas o en Puerto Madryn para mi cumpleaños y me dijo: “¿Te parece que de grandes podremos vivir en Mar del Plata?”. “Yo ya soy grande. Cuando llegues a ser grande, no sé si voy a estar yo”, le respondí (risas). Y me pareció tan noble y tan tierno lo que a ella le pasa con Mar del Plata que sería muy ingrato que no lo disfrute. Desde Las Armas o Maipú, ella ya te dice: “¿Sentís el olor a mar?”. Ama Mar del Plata y yo también tengo un vínculo muy lindo con Mar del Plata y con Miramar, sobre todo. Miramar es la ciudad en la que aprendí a andar en bicicleta, a nadar con mi viejo. Tengo los mejores recuerdos con mi papá y me queda a 40 minutos de Mardel. — Y Mar del Plata te ha dado un montón también en lo profesional. — Todo. Yo tengo una vida allá. — ¿En otro momento de tu vida hubieses imaginado dejar tu cotidianidad para ir detrás de un amor? — No tan pronto. En los últimos 10 años yo estuve como empezando de nuevo porque tuve varios años que no estuve bien de salud, entonces me guardé un poco y, de repente, la vida me volvió a reencontrar con este medio, y es como si hubiera empezado de cero. No me lo imaginaba, pero lo hice totalmente convencido. Fue orgánico, fue desde un deseo y todo fluyó para que así fuera. Y nos casamos el 24 de octubre del año pasado. Nos fuimos dos meses de luna de miel. Volvimos, hicimos dos obras de temporada juntos: Función imposible , con Roberto Peña ; y Asia caliente con Carna , y grandes elencos, de las cuales también yo era el productor. Y en marzo fue una sensación rara. — ¿Laburar juntos? — No, la sensación rara fue cuando en marzo se volvían todos. Yo estaba acostumbrado siempre a volverme, a hacer diciembre, enero, febrero y en marzo volver. He ido a Mar del Plata fuera de temporada, pero siempre una semana y volvía. Acá se iban todos y nosotros nos quedabamos. Y le dije: “Amor, mañana es lunes 18 de marzo, ¿qué hace la gente después de la temporada?”. — “¿Qué hago acá?”, le dijiste. — Yo feliz, ¿eh? Pero... — Es un cambio de vida. — ¿Dónde hay un piquete? ¿Dónde están los peajes? ¿A qué autopista me subo? Hay como una vida más suave y el marplatense sabe vivirla y disfrutar. A las cinco de la tarde vos lo ves caminando con la tabla de surf y terminó el día. Fue otro mood , otro ritmo y justo me salió trabajo. Trabajé en Radio Mitre desde abril, así que me quedé ahí. Todos los días hacía un programa de una a cuatro, pero siempre Buenos Aires estaba presente en las notas, en mis relatos. — Yo te escucho y pienso en cómo una misma vida puede dividirse de forma tan clara en distintas etapas. Pensarte hace 10 o 15 años, hablando en este tono, viviendo cerca del mar, con un ritmo más suave, era inimaginable. — Sí. Pero creo que te lo da la persona que te acompaña, el contexto en el que nos rodeamos, la edad, el crecimiento personal y cómo uno va viendo la vida. Hace 10 o 15 años, yo no me imaginaba un sábado sin estar cenando en un restaurante en Puerto Madero, por ejemplo. — O haciendo una presencia. — Hoy hay cosas que a uno ya no lo movilizan. Hoy me moviliza cruzar a la playa y soltar a mi perro salchicha y que sea feliz. Yo hoy con casi 50 años digo: “¿Cómo me perdí tantos casamientos de mis amigos?" Hoy no me acuerdo ni por qué y en ese momento le das una importancia enorme. Cómo me perdí nacimientos, me perdí abrazar más tiempo a mi viejo. Cuando mi viejo falleció, yo tenía 19 años. ¿Por qué perdí tanto tiempo en planificar qué cosa? Si después de todo lo que planifiqué salió otra cosa. — ¿Te reprochaste mucho eso? — Sí. No sé si es un reproche. Trato de absorberlo. Yo siempre le digo a Marti: “Yo no te voy a decir dónde está la salida del laberinto, porque eso tenés que hacerlo vos y yo no te voy a condicionar”. Porque ella tiene 25 años. Pero sí te voy a decir: “Creo que para la izquierda no es”. Pero más que nada para que no pierdas el tiempo porque el tiempo es lo único que tenemos, lo más valioso, lo que no compramos y no vuelve. Yo no negocio, no transo con mi tiempo. Para mí el tiempo es absoluto. — ¿Cuándo le empezaste a dar real valor al tiempo por sobre otras cosas? — Cuando estuve adentro del psiquiátrico, porque no pasa más el tiempo ahí. Y el tiempo que es lindo, cuando te viene a visitar tu mamá, se pasa volando. — Y en esa situación en la que estabas, ¿qué era lo que más miedo te daba? — No salir de ahí o salir y que te miren, que me ha pasado también. “Ahí va el loco”. Ese prejuicio. O cuando hagamos esta nota, seguramente en los comentarios está eso y suele pasar. Pero me sentí tan seguro de mí y con tantas herramientas para poder salir adelante que estaba seguro de que iba a poder. Para mí el tiempo de salir era fundamental. Es un tiempo que encima no gobernás, porque te lo manejan otros. No tenés reloj, te dicen cuándo tenés que comer y cuándo hacer cada cosa. No estoy juzgando, simplemente contando mi relato. — Estás contando tu experiencia. — Es un tiempo en el que te dicen: “Ahora te ponés perfume, ahora te vas a dormir, ahora estás con tus compañeros, ahora se come, ahora están las visitas”. Y de repente, cuando no hay nada para hacer, decís: “Cuántas cosas que haría si no estuviera acá”. Entonces, empezás a darle importancia a que no necesitamos ropa y en realidad no necesitamos muchas de las cosas materiales que tenemos. Yo con un short, un pantaloncito, estuve 45 días. Lo único que quería era cambiarme el bóxer y ponerme perfume; después la remera era la misma. La camita en la que dormís, el lugar, la gente que ves. No tenés teléfono, no sabés qué está pasando afuera. Hay una cosa que había empezado a escribir y seguramente en algún momento lo haré y es: “Cuándo llegará el miércoles”. Porque el miércoles es el día de visitas. Entonces, estás toda la semana esperando y hay un momento en el que son las siete de la tarde, aproximadamente, y te sentás en el patio de afuera y hay un teléfono fijo. — ¿Ese era el momento de comunicarte con el exterior? — Claro. Esto fue hace diez años, tal vez han modificado las cosas en la clínica donde estuve internado. Pero estás esperando a que te llamen. Y de repente vos ves que se levanta alguien al lado tuyo y te pone contento porque a tu compañero lo llamó la mamá, pero vos ves que quedás para lo último y decís: “No me llama nadie”. O la persona que me tiene que llamar, que en ese momento compartía la vida conmigo y costaba que llame, era horrible esa sensación. Cuando salís de ahí querés capitalizar el tiempo. Mi viejo se fue con 45 años y pienso en el tiempo que le quedó por vivir por eso ya no transo con eso. Pongo límites cuando alguien quiere usurpar o hacerme perder mi tiempo . Cosa que antes no hacía, porque creía que había tiempo para todo. — Sos una persona que estuvo tan iluminada, con tanto laburo, tantos ojos puestos en vos y reconocimiento, ¿cómo es cuando, de golpe, sentís que te olvidaron? Porque decías: “Estaba esperando un llamado que no llegaba y nadie me llamaba”. — Yo pensé que no me iban a aplaudir más. Yo dije: “¿Y cuándo me subo de vuelta a un escenario?”. — ¿Lo pensabas cuando estabas internado? — Obvio. Sí, me daba miedo. Pero no por el aplauso, sino por perder un lugar en el que yo me sentí tan cómodo. Siempre me gustó poder expresarme, hacer reír y divertir. Yo había transitado tanto este medio, que tan bien me hace poder generar algo lindo en el otro y dije: “No está más”. En el verano de 2016, recién salido de mi primera internación y abandonado, porque me habían abandonado... — ¿Quién te había abandonado? — No importa. — ¿Una pareja? — Sí, una pareja. La persona que transitaba conmigo en ese momento, no importa. Yo estaba en el living de mi casa, sin motricidad fina, medicado, escapándome de los medios que estaban en la puerta del country donde yo vivía. No me animaba a pasar porque se me veía lento, difícil, no tenía brillo en la mirada. Todas cosas que uno pierde cuando está en una situación así. Caminaba alrededor de la mesa de mi casa, me ponía la música de Rocky y quería ganar de vuelta motricidad fina. Peleaba solo y decía: “Yo voy a poder”. Estaba con siete medicaciones arriba, con un futuro incierto y nadie me llamaba para trabajar. El teléfono no sonaba nunca. Y me acuerdo que me llamaron Aníbal Pachano y Daniel Comba . El regreso al escenario — Cómo uno se acuerda de los que sí estuvieron. — Yo me acuerdo de las personas que están cuando la pasás mal. Creo que estaban trabajando juntos y me dijeron: “Mati, vení y hacé lo que quieras. Parate en el escenario”. Yo decía: “No, Dani, pero me siento lento”. “Vos párate, la gente te va a querer ver. No estoy lucrando con tu estado, estoy dándote la posibilidad de que vuelvas a trabajar en un escenario, que es lo que a vos te gusta hacer”, me dijo. Y en ese momento no me animé. Porque te llenás de miedo. Pero yo me despertaba muy temprano, me iba en bicicleta, nadaba con una profe que era la guardavida, que me hacía nadar para recuperar motricidad y ganar confianza. Me reencontré también con mi familia. Pero es un momento en el que se te apaga, no la luz, porque no es que vos decís tenés abstinencia de cámara... — Pero se apaga el aplauso, el contacto con el público. — Además, es decir: “¿Voy a poder volver?”. Porque mucho tiempo me pasó que también por la medicación sentía fobia, tenía miedo a enfrentar a la gente, que me vieran así, tenía miedo del qué dirán. A mí me decía: “Matías, practicá un chiste”. Y no me reía ni yo que ya sabía el final. No me salía ni el remate. Y esto fue hace 10 años, no fue hace 50. ¿Se puede salir adelante? Sí, pero es un trabajo que hay que hacer con uno. — Creo que vos visibilizaste tanto lo que es la salud mental en un momento en el cual no se hablaba. — Era un tabú. — Creo que sigue siéndolo, pero menos. Los deportistas después empezaron a hablar mucho del tema. — Sí, Tini , Alejandro Sanz , tanta gente tan talentosa. — Vos hoy estás laburando de nuevo, estás enamorado, rehiciste tu vida desde un lugar mucho más consciente y con aprendizajes de experiencias muy duras. Cuánta gente del otro lado puede inspirarse en tu historia, ¿no? — Sí, sin duda. Es lindo lo que decís. Me ha pasado, por ejemplo, de viajar a Bariloche porque me habían invitado a evento, fui a una boda del hijo de una amiga mía. Pero fui a Bariloche también con la misión de buscar un gnomo, un duende que era un rey dormido, con las monedas de oro, que me encantaba. Lo tenía cuando vivía con Graciela (Alfano) y en la división de bienes perdí a mi rey, no sé dónde quedó. Entonces, llego al evento, estaban festejando y le digo a mi amiga: “Escuchame, ¿dónde consigo un gnomo?”. — ¡Necesito un gnomo! (risas). — Ella me dice: “No me vas a creer, pero la persona que está allá es el que hace esos gnomos”. Me acerco al hombre, me reconoce y le digo: “¿Usted es el que hace los duendes, el rey?”. Y me dice: “Sí, ni me hables. Soy yo. Ese molde es mío, pero se nos prendió fuego hace tres años el taller y lo perdí”. “Uy me traía tanta suerte este duende. Bueno, gracias”, le digo. Pero ahí el hombre me dice: “Pero, ¿sabés qué? Ella también los hace” y me señala a otra señora en la fiesta. Cuando me acerco a la mujer, de la nada, ella me dice: “Yo sabía que ibas a venir a mí” . Le digo: “¿Por qué? ¿Qué pasó?”. Y ahí me dice: “¿Vos sabés que mi hijo estuvo internado con vos?”. Yo no lo sabía, pero ella me cuenta quién era y le digo: “¿Lo podemos llamar?”. “Sí, le va a encantar”, me dice. Nos fuimos afuera, lo llamo y se generó un reencuentro telefónico impensado. —¡Mirá lo que generó el duende o el gnomo! ¿Te acordabas quién era el chico? — Sí, era divino. Un ingeniero. Se había recuperado. Está en Bariloche y trabaja allá. En esa llamada, me dice: “Nos hiciste reír a todos hasta ahí adentro”. Le digo: “¿Por qué? ¿Qué pasó?”. Y ahí me cuenta: “Un día saliste y le cambiaste un bóxer por unos Ray-Ban a la hija del comisario”. Yo no me acordaba de esto y ahí me cayó la ficha. Me dice: “Son los anteojos con los que te fuiste de internación. La chica quería unos bóxer tuyos y vos saliste corriendo y todos te miramos y dijimos: ‘Este no está loco, es un fenómeno’” (risas). Y yo fui y se ve que le cambié un calzoncillo limpio por los anteojos con los que salí después de la clínica. — Es espectacular lo que estás contando porque más allá de la anécdota, uno ve en retrospectiva y dice: alguien desde arriba maneja los hilos, ¿no? — Sin duda. — Hay toda una precisión de conexiones en cuestiones incluso dramáticas como las que te tocaron vivir a vos. — Pero mirá lo que es la misión de cada uno: el duende, el señor, el casamiento, mi amiga, la señora que dijo... — Para reencontrarte con quien te había acompañado en ese momento tan difícil. — Todo el tiempo me pasa y lo linkeo con que vos decís de que lo visibilizo y ahí deja de ser una tragedia. — Es parte de la vida. — Yo siento que mi misión o mi propósito es tratar de, mientras pueda, hacerle bien a los demás, hacerlos divertir con lo que soy yo, sin forzar nada. Y lo hice hasta dentro de un loquero. Y que el tipo se acuerde de eso y que hoy la chica tal vez tenga mi calzoncillo y ya se haya recuperado, y yo me fui con los anteojos. — Y también te demuestra que ese gran miedo que vos tenías de no volver a ser visto, reconocido, aplaudido, tu esencia trascendía todo eso que te estaba pasando a nivel salud. — Y este medio, ¿eh? — ¿Sentís que fue ingrato el medio con vos? — No, el medio conmigo ha sido extremadamente generoso. — Como mencionaste esto de que te sentías observado... — Pero no por el medio. Por la calle, las redes o por lo que sea. Sentís que no están viendo el Mati que era hace cinco años, no estaban viendo el pillo que se llevaba todo puesto. — ¿Y ahí qué hacías? ¿Te sentabas y explicabas cómo estabas? — No, nadie me juzgaba. A mí la gente que me conoce y que me quiere nunca me juzgó y siempre me han aceptado en todas las circunstancias, más medicado o menos medicado. Yo eran las once de la noche, por ejemplo, y con la medicación que tomaba, en Año Nuevo me dormía. Ese 2015-2016, en la casa de Pedro, que festejábamos, me fui a dormir a la habitación de él porque no podía más. Pero todos me cuidaban. Tengo un grupo, una red de contención hermosa. Algunas veces personas que tal vez compartís un asado y que vienen de otro rubro te dicen: “No, bueno, porque tu medio...”. ¿Viste que siempre está ese prejuicio? Pero el medio conmigo ha sido siempre tan generoso y siempre digo que todos tenemos nuestro lugar. Siempre va a haber lugar para todos y a mí todo el mundo me ha ayudado mucho en este camino. Rodolfo Ranni, Georgina Barbarossa, Carmen Barbieri , bueno, ahora Fátima . He trabajado con todos. Por eso a uno le duele cuando a veces lo que dicen o se pelean en una entrega de un premio. No es por ahí. Hay para todos. Todo el mundo te dice: “Qué buena carrera que hiciste”. Y no es una carrera, es un camino. Porque carrera significa estar compitiendo siempre contra alguien. Hace unos años hice el Camino de Santiago de Compostela . Caminé de Sarria hasta la catedral de Santiago de Compostela, un año jacobeo. Soy creyente y caminé 150 kilómetros. Y vos te cruzás con quien sea y siempre la premisa es decirte: “Buen camino” al que te cruzás, en el idioma que sea. No es qué edad tenés, cuánto medís o cuánta plata tenés. — Nadie te mide. — No te preguntan de qué línea política sos o de qué cuadro de fútbol. Nadie te juzga. Es “buen camino”. Y si te ven que se te rompió una zapatilla o algo, te ayudan para que vos llegues. Porque no sabés con qué batallas está peleando el que tenés enfrente o el taxista que te encerró en la calle. — ¿Esa conciencia la adquiriste después de lo que te pasó? — Sí, claro. Igual tengo mis momentos también. Yo no soy un Buda, sino estaría en el Tíbet ahora... — Pero te escucho y piendo en cuánto de todo eso que pasó te llevó a una mejor versión de vos. — Porque el agua se acaba, se termina todo. Todos somos finitos. Ojalá que vivamos 90 años. Pero si vivimos 90 años, 30 los dormimos, porque dormimos 8 horas por día. 30 años nos pasamos durmiendo, hay días que no nos acordamos, 10 que los sufrimos, 10 que estamos lamentando pérdidas. ¿Y qué es la vida? — ¿Y qué es para vos? — Qué sé yo, un quilombo. Hay veces que digo: “Qué linda la vida” y otras que digo: “¿Para qué mierda nos mandaron?”. Yo tengo mis pensamientos personales, pero la veo sonreír a Marti y me da felicidad. La abrazo a mi vieja y me da felicidad, veo al perro salchicha y me da felicidad, pero me veo internado y digo: “Mierda, ¿qué me mandó a esto?”. Se me murió mi papá, casi me cortan una gamba, me duele un oído y ahí digo: “¿Qué es esto? ¿Por qué?”. — ¿A quién le pedías en esos momentos de oscuridad? — A mí. Yo dejé de creer en todo. No creí más en nada. Yo me creí que era el hijo del Espíritu Santo y fue culpa mía. A mí me internaron porque tuve un brote psicótico con delirio místico. Yo seguí creyendo en Dios, pero no vino a sacarme de ahí adentro, salí yo. Entonces, yo creía en mi vieja, que a pesar de que tal vez no me podía visitar porque había problemas internos, eran las cinco de la mañana y estaba en la puerta con el auto y me mandaba una gaseosa o un postrecito para que el enfermero me lo dé. Yo creo en eso, creo en lo que veo. Creo mucho en Dios y me encanta. Pero antes era mucho más creyente. Hice el Camino de Santiago, fui a Fátima, a Lourdes, al Vaticano. Todo lo que se puede hacer, lo hice. Pero puede que me pasé de rosca y dije: “Vamos a parar un poquito y vamos a creer en Mati, que se levanta a las siete de la mañana y trabaja todos los días”. Sin ego, sin nada, creo en mí, en mi sangre, en mi viejo, en la gente, en esto que soy, en esta materia. — El amor te reencuentra en otra etapa de la vida. No sé si uno ama distinto, pero al menos uno está diferente. — Sí, claro. — No es el mismo Mati que se enamoró de Martu que el que se enamoró de Silvina, de Graciela o de la que sea. — Pero hoy tampoco soy el mismo Mati que me enamoré hace dos años y medio. Estos días cumplimos dos años y medio juntos y un año de casados. Nos veo en las fotos y los dos crecimos juntos y somos distintos, y está bueno elegirse también en esa diferencia. — ¿En qué versión te encuentra ella? — Y yo creo que tratando de ser mi mejor versión. Me reconozco que estoy atravesando un problema en un oído que me tiene bastante irascible. Tengo tinnitus , que es el zumbido, y tengo un oído tapado hace dos años y medio y no logro dar pie con bola. Y eso a veces me cansa más. Anoche pasé una noche difícil, dormí pocas horas. Entonces, Marti muchas veces tiene paciencia en que sabe que yo, por ejemplo, a veces me quedo en silencio y es porque estoy tratando de escuchar un silencio que no lo escucho hace un año y medio. Esta sensación de zumbido permanente me tiene a veces medio mal. Pero trato de ser mi mejor versión y de todas las experiencias transitadas tratar de ser mejor. A mí me encanta aprender, cuando me equivoco o algo me sale mal, me encanta aprender y soy muy observador. — Tal vez es porque estás yendo más despacio y eso te lo permite. — Sí, claro. — El casamiento también, aparte de celebrar el amor, es un rito que te invita a entrelazar esos caminos. ¿Cómo lo viviste? — El casamiento fue el mejor evento que me hubiera gustado que me contraten para ir a conducirlo (risas). Yo le digo a ella la sensación con la que me fui de la iglesia fue como ir flotando. De la iglesia, yo me hubiera subido a ese auto descapotable antiguo que alquilamos y me hubiera ido a un aeropuerto ni siquiera hubiera pasado por la fiesta aunque fue hermosa. Pero esa sensación de casamiento que vos decís, fue una locura. Verla a ella entrar con su papá fue un momento único. — ¿Sentiste como una recompensa a este amor después de todo lo que te tocó pasar? — Sí, sin duda. Creo que la vida me está recompensando. Pero no es que me castigó ni mucho menos. Muchas cosas las generé yo. No estoy en lugar de víctima. Pero, ¿viste cuando te dicen: “Che, te viene la buena”? Trabajo, amor, proyectos, tele, teatro, vida, salud, salvo esto que te conté antes, me siento bien. Estoy en un proceso de bajar un poco de peso. Mi vieja está bien de salud. Estoy bien, me siento bien. Las cámaras solidarias junto a Tinelli — ¿Extrañás algo de tanta masividad, como por ejemplo en el programa de Marcelo? ¿Extrañás algo de esos 40 puntos de rating? — No extraño los 40 puntos sino esa adrenalina que era tan linda. Aunque no sé si la extraño, sino que digo qué lindo lo que nos tocó vivir, qué lindo que fuimos contemporáneos a eso. Porque hoy no existe más y no sé si tengo fuerza para eso. Me acuerdo que yo estaba ensayando el baile en el caño y me llama Marcelo para mandarme a un viaje. A Marcelo le encantaba que yo haga sus cámaras solidarias. Había un costado solidario en mí, entonces me llamaba y me decía: “Mati, esta semana hay que ir a Santiago del Estero”. Y yo estaba haciéndome el sexy en el caño y tenía que salir disparado a Aeroparque. — Aparte como un soldado. — Obvio. Ahí me decían tenés que ir y yo iba. En este caso me dijeron tenés que hacer de un arqueólogo que llega a Santiago del Estero, al paraje Labrita, porque le vamos a conseguir agua a un colegio. Te vamos a caracterizar, llegás en helicóptero y vas a anunciar una obra. — Aparte la producción que había en esa época era una locura. — Yo llegaba hablando en ruso, con el auto ploteado, el helicóptero ploteado. Aterrizábamos y salía la maestra con la directora. Imaginate un terreno todo lleno de tierra, los nenes ahí en el colegio, en la mitad del recreo, y yo bajaba... — ¿El objetivo final era un acto solidario real? — Sí, era excavar para sacar agua. Pero yo tenía que decir que había que levantar la escuela porque habíamos encontrado restos de pachanosaurius (risas). Imaginate, en Santiago del Estero, un helicóptero en la canchita de tierra. Era una cosa tan tierna. Y yo le decía a la señora: “Tengo mucha sed”. Y me decía: “Acá no hay agua”. Y cuando lograba que me traían una botella, en vez de tomarla me la tiraba en el pelo. Y la maestra me decía: “¡Acá cuidamos el agua!”. Yo estaba en modo personaje interpretando a un arquélogo malo. Encima Marcelo me dijo: “Tenés que ir a hacer la presentación de la cámara y volvés a bailar el caño”. Entonces, me volví rápido ese mismo día mientras toda esa semana se quedaban excavando hasta que llegaron a los 105 metros. Yo volví, bailé en el caño, hice todo y me volví a Santiago. Pero cuando llegué estaban todos parapetados y estaban todos los padres de los nenes esperándome con armas. — Atrincherados. Era todo drama. — “Queremos matar al arqueólogo”, gritaban (risas). Todo el equipo preocupado porque nos querían linchar. Teníamos a los nenes abrazados a la retroexcavadora para que no avancen. Era todo una locura. Pero después fue hermoso. El supuesto asistente del arqueólogo viene y dice: “Señor arqueólogo, tenemos una buena y una mala noticia”. Todos estos esperando el resultado para ver qué pasaba con la escuela... — Era un clima completamente hostil después de lo que habían anunciado. — Claro, todo clima de tensión. La buena noticia era que no estaban los restos de pachanosaurus. Y ahí yo como arqueólogo decía: “Uy qué mal”. Y él me respondiá: “Pero, ¿sabe qué? ¡Hay agua! Y ahí saltó un chorro de agua y pusieron el tema Agua , de Los Piojos. Y vos ves a los nenes y aún hoy siguen llegando mensajes con la canchita de fútbol con pasto y los nenes jugando ahí. Entonces, me decís: “¿Añorás o extrañás?”. Esa sensación sí. Hoy la forma de comunicar es otra. Nosotros lo vemos sentados en un escritorio, que no está mal. Pero eso era realmente emocionante. — Es que era cambiarle la vida a la gente. — Hemos vivido cosas que han sido increíbles. No es que extrañe mi pasado ni mucho menos, pero soy un agradecido de que, por ejemplo, que Marcelo haya pensado en mí para hacer eso, haber sido contemporáneo de todas estas cosas. Hay que guardarlas, atesorarlas, saber que las transitamos, que las hicimos, que están por suerte en una red, en una nube, que las podemos ver cuando queramos y aggiornarse a lo nuevo, acomodarse a lo que va. Pero tenemos eso en la mochilita. Proyectos actuales y el deseo de ser padre — Si pudieses tomarte un mate con el Mati de hace 10 años atrás, antes de todo lo que te pasó, ¿qué le dirías? — Me vas a hacer llorar. En muchas situaciones me hubiera dicho: “Salí de ahí, maravilla”. En otras me hubiera dicho: “Andá más despacio, tranquilo”. A todas las edades para atrás le hubiera dicho lo que dijiste hace un rato: “Estate presente, consciente y disfrutá esto. Hablá menos, escuchá más y no confíes tanto”. — ¿Te han traicionado mucho? — Sí. Pero no está mal tampoco porque eso me da herramientas y me hizo más fuerte. Vas aprendiendo. — Y haciendo el mismo ejercicio, pero mirando para adelante. Si pudiese venir el Mati dentro de 10 años, ¿qué te gustaría que te cuente? — No lo había pensado. En 10 años, tendría casi 60. Y me gustaría verme mejor que ahora. Ser un Brad Pitt , ponele, que tiene 70 y está genial (risas). — ¿Te gustaría ser papá? — Sí, nos gustaría ser papás. Tenemos ganas. Estamos viendo cuándo es el momento. No lo estamos buscando. — Y Martu es chiquita todavía. — Sí, pero tiene ganas. Tenemos ganas. Pasa que también nuestra vida es tan nómade de alguna manera, que digo, bueno, me voy a Mar del Plata, estoy más tranquilo, hago una base y de repente te pasa la vida por delante. — Vas a hacer teatro con Fátima. — Voy a trabajar con Fátima en el Holiday el verano, producido por Miguel Pardo , festejando los 20 años de Fátima en Carlos Paz. Mi última obra en Carlos Paz fue antes de enfermarme, en 2015. Y vuelvo ahora, 11 años después, con otra sabiduría, otro aprendizaje. Estoy conduciendo, que es lo que siempre quise y hoy tengo mi programa, de 9 a 11, mi espacio en Net , que lo hago con tanto amor. Estoy feliz. Me gustaría que el de 60 me diga: “Che, qué bien estos 10 años. Cómo los capitalizaste, cómo aprendiste”. — ¿Y te quedó algún miedo? — No, no tengo miedo. El miedo no existe. Puede ser una sensación fea de perder a mi vieja, por ejemplo. Qué pasará el día de mañana, a quedarme sin trabajo, a volver a enfermarme o que no se vaya este zumbido. No lo sé. Pero la palabra miedo no. — Has logrado desdramatizar todo. — Y sí. Porque tragedia más tiempo es comedia. Pero si no lo vemos de esa manera, hoy no tendría que estar acá después de todo lo que viví. En 2011 casi me cortan la pierna, sufrí la internación. No me hago la víctima, me río de mí. Ya me divierto, la paso bien. Me salen mal las cosas o lo que sea y trato de divertirme. También estoy en un momento de mi vida en el que los límites correctos con educación y con respeto es saber que mi libertad termina donde empieza la tuya. Mi tiempo lo administro yo. Te puede gustar o no lo que hago, pero esta es mi forma de vivir, de desarrollar la vida, lo que trato de aprender y de profesar. No soy ejemplo de nada, pero sí pongo límites. — Estás en un lindo momento. — Sí, hermoso. Yo me levanto feliz y no es fácil. ¿Viste cuando uno pregunta qué somos, a qué vinimos? Somos lo que damos. ¿Damos alegría? ¿Damos malestar? ¿Damos malas noticias? Si una persona es feliz, es generosa, todo eso vuelve. Yo estoy convencido de que la vida, Dios o quien sea, me dio una segunda oportunidad para transitar. ¿Pero por qué? Porque te juro que me la gané. Yo sé que hice bien las cosas. Y me la banco. Porque hice bien las cosas cuando pude haberlas hecho muy mal. Ser buena gente es un trabajo. Me acuerdo una vez en Jerusalén , que fuimos con mi hermano, y estabamos en el Muro de los Lamentos, sentados en donde fue la Última Cena. Habíamos comprado un sándwich para compartirlo. Y mi hermano, que es una persona muy inteligente, me dijo: “¿Vos creés que sos buena persona porque sos religioso, sos creyente? ¿Creés que cumplís con todas las premisas?”. “Sí”, le digo. Y me dice: “¿Vos sabés cuál es la única premisa que es la misma, que tiene el mismo común denominador que en todas las religiones? No le hagas a los demás lo que no te gustaría que te hagan. Y te lo pongo como positivo para que se te haga más difícil: haceles a los demás lo que te gustaría que te hagan". Es la única premisa que está en todas las religiones. Así trato de vivir. A veces me sale, a veces no.
“El tiempo es lo único que tenemos, lo más valioso, lo que no compramos y no vuelve” , reflexionó Matías Alé en Ellos ,





댓글