Soumaya Keynes, columnista en el Financial Times , es sobrina tataranieta de John Maynard, el famoso economista del mismo apellido. También es chozna (hija de tataranieta) de Charles Darwin. Antes la leía en The Economist , pero también sé que tiene un podcast, trabajó en el Ministerio del Tesoro británico, y escribió un libro. Suena a una persona ocupada, que trabaja mucho. No creo que sea millonaria. Su antepasado economista perdió su fortuna tres veces en la bolsa de valores. John Maynard no dejó dinero, pues. Pero, si eres británica, y vienes de familias tan prominentes, probablemente te va mejor que a la mayoría. No llegas a Cambridge si no es así, pues. Soumaya no es una persona promedio; y se ve que trabaja un montón. Su ilustre antepasado, en un documento intitulado “The Economic Possibilities for Our Grandchildren”, de mediados de los 30, predijo que en 100 años la gente trabajaría unas 15 horas a la semana para sus necesidades esenciales, y el resto del tiempo por gusto. Me encantaría preguntarle a Soumaya Keynes qué opina de esto, y si solamente una tercera parte de sus horas trabajadas son por gusto. Con la inteligencia artificial, la predicción de JM Keynes, que solamente parecía darse en trabajos manuales y de bajo perfil, baja remuneración, podría extenderse a los trabajadores de cuello blanco, y de la economía del conocimiento. A Soumaya, y al autor de estas letras, ya los puede reemplazar la IA. (De hecho, es apabullante la cantidad de gente que escribe sus columnas con IA en estos días). Esto hace que, en el imaginario popular, y de la prensa, haya un apocalipsis del empleo. No hay evidencia de ello todavía; por el contrario, en el mundo desarrollado el empleo parece estar en un momento estelar. No obstante, The Economist, y otras publicaciones, parecen obsesionados con esto. Una búsqueda de los últimos meses en esa revista con el acrónimo inglés “AI” y “work” dará decenas de resultados. Uno de los artículos recientes dice que si la IA desplaza a los trabajadores, perderemos más que la paga asociada al trabajo; perderemos capacidades cognitivas por un retiro temprano, la estructura diaria que da un empleo, y quizá el sentido de la vida mismo. Aquí hay dos ideas filosóficas encontradas, que vale la pena desmenuzar. En la tradición marxista, que me dicen que viene directo de ideas victorianas, el trabajo dignifica al ser humano. De ahí Marx concluye que la división del trabajo y la sustitución de la manufactura artesanal por la industrial deshumaniza a las personas, y esa es la plusvalía que el capitalista le quita al trabajador. Hay algo de demagogia en esa idea, ciertamente. Mi amigo bávaro Hans, a quien ya he mencionado aquí, asegura que esta idea victoriana-marxista sobre el trabajo no está lejos del “Arbeit mach frei” que adornaba en forja las letras de entrada de los campos de concentración nazis. La revolución marginalista (Jevons, Menger, Walras, entre otros), en los años 1870, postula que el trabajo es un mal, y su inverso en el tiempo, el ocio, es un bien. El trabajo es tan malo que te tienen que pagar porque lo hagas. Hay trabajos menos disfrutables que otros; no veo a muchos jóvenes buscando ser, por ejemplo, buzos de aguas negras en la CDMX. Todos queremos un trabajo intelectual, en una oficina con una puerta, con horarios razonables, responsabilidades acotadas, y una paga que nos permita más que resolver nuestras necesidades fundamentales. El sueño de John Maynard Keynes, pues. Musk quiere regalarle una acción de SpaceX a cada niño de los Estados Unidos. Anthropic está poniendo el 5 por ciento de sus acciones en un fondo para apoyar trabajadores desplazados. Pero, nada de eso mitigará el impacto que la humanidad recibirá por el cambio en los mercados laborales. Quizá es el momento para dejar la laptop y mejor dedicarnos a fabricar instrumentos antiguos, o a hacer jardines victorianos, como hizo George Harrison, en su etapa post-Beatle. Aunque odies tu trabajo, o lo ames, la remuneración que te da es algo que seguramente te gusta, igual que a mi, igual que a todos. El mercado laboral ya no será un gran mecanismo para llevar ingreso a los hogares. Eso nos pondrá a pensar a todos, ahora qué venderemos, si ya nuestras horas no valdrán mayor cosa. Eso vuelve emprendedores a muchos trabajadores que no corrían riesgos de negocio; solamente tenían que vender sus horas. Un mundo con más ocio, pero menos feliz. Más incierto.
Soumaya Keynes, columnista en el Financial Times , es sobrina tataranieta de John Maynard, el famoso economista del mism

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