No hay dos años iguales. Cada temporada del fútbol argentino tiene una diferencia con respecto a la anterior. La próxima, pese a lo prometido, tendrá una variación sustancial. En este caso se tratará de una reformulación conveniente; algo así, también, como el reconocimiento de lo ilógico de la competencia actual . Mientras se juega, se corrige la siguiente. Y se le termina de bajar el precio a la que todavía no terminó. La secuencia de cambios obliga a retroceder casi una década y media. En 2012 la AFA de entonces, gobernada por Julio Grondona, instauró tres descensos en vez de dos y eliminó las promociones. En 2014 se jugó un torneo semestral de transición y en 2015, ascensos masivos mediante, arrancó el torneo de 30 equipos . Desde allí fue un problema cómo hacerlos encajar en un formato atractivo y serio. En 2016 se jugó la primera competencia de la era con dos zonas de 15. Claudio Tapia, que asumió en 2017, había dicho que su meta era reducir la cantidad de representantes en primera. Con cuatro descensos por temporada, pasaron a ser 24. Pero llegó la pandemia y con ella, apareció la excusa para eliminar los descensos no sólo ese año sino también en el posterior. Las cosas se repiten una vez como tragedia (en 2023 pasaron a ser, en pleno certamen, dos descensos y no tres) y la segunda como farsa: en 2024, directamente se anuló que los equipos bajaran de categoría cuando faltaba apenas un par de meses para que finalizara el campeonato. Acá se aburre el que quiere, capítulo mil. Reunidos nuevamente los 30, otra vez se dio la dificultad de cómo incluir a tantos equipos en un torneo que, a una rueda, generaría jugar poco y, de ida y vuelta, se tornaría demasiado largo. Aquel 2024 fue el último año en el que coincidieron un torneo todos contra todos con una copa dividida en zonas y definida en un par de meses. El largo plazo dejó de interesar . Ganó la posibilidad de que cualquiera fuera campeón. El fútbol argentino cayó en la tentación del todo ya , de torneos tiktokeros que premian una racha sobre el largo aliento. Se sabe, la decisión de coronar a Rosario Central después de finalizada la competencia en 2025 generó, además de críticas masivas, el anuncio para este año de un campeón de tabla anual cuando debían hacerlo, a comienzos de temporada. Le dieron el nombre de liga. Ni ellos se lo creyeron , y rearmaron el formato para el año próximo para que el campeón sí haya jugado contra todos los rivales. Ante una cantidad atípica de equipos, también es atípica la cantidad de variantes. Más allá de eso, lo que puede ser tema en una charla futbolera de café o en una redacción periodística no llega a serlo en las reuniones de dirigentes de clubes. Los treinta equipos difícilmente bajen alguna vez. Por lo menos en el corto plazo. Están los que tienen temor a bajar, los que no quisieran correr el riesgo o, simplemente, los que dejan pasar el debate por solidaridad o por no querer salirse de la fila. En la reunión de directivos de la Liga Profesional, la cantidad de equipos fue el último motivo de conflicto entre River y la AFA; en realidad, el anteúltimo, ya que luego se supo que ningún representante del plantel que dirige Leonardo Ponzio iría a la conferencia de presentación del superclásico. La guerra está declarada hasta en las batallas más pequeñas. Cuando el cónclave del jueves apuntaba a votar el nuevo formato, el vicepresidente de River, Ignacio Villarroel, pidió la palabra para decir que la meta de su club seguía siendo un torneo de 20 o 22 equipos. Si bien dicha propuesta consiste en reducir el número gradualmente, Claudio Tapia le indicó a Villarroel que para eso suceda debería estudiarse la posibilidad de diez descensos de una vez. Pablo Toviggino intervino para corregir al presidente: “Deberían ser doce, no diez, porque dos equipos suben de la Primera Nacional” . Tapia, entonces, preguntó si alguien consideraba que debían tratar esa alternativa. Obviamente nadie levantó la mano. El único matiz fue la sugerencia de Nicolás Russo, presidente de Lanús, de estudiar el regreso de una promoción para 2028. De esta manera, podría conformarse parcialmente a los clubes de la segunda categoría, a los cuales no les quedó más que aceptar recientemente la vuelta de la promoción para mantenerse en la divisional. Como ejemplo, en la Serie B de Brasil ascienden 4 equipos a la A: el 20% de los que juegan. En la Primera Nacional suben 2 de 36: el 5,5%. Claro, en su momento algunos subieron intempestivamente y otros luego se salvaron de la pérdida de la categoría gracias a los decretos impuestos. Existen dificultades laterales. Al dejar de jugarse en dos grupos y ya no existir los interzonales, habrá menos partidos para dirimir los benditos descensos. Además, aquellos equipos que no se clasifiquen a los playoffs de ninguno de los semestres jugarán 30 partidos, un par menos que en la actualidad, lo que equivale a no jugar casi la mitad de los fines de semana del año . Nada que no pueda arreglarse en unos meses, con una nueva competencia o simplemente un parche preparado para ser corregido sin demasiado aviso.
No hay dos años iguales. Cada temporada del fútbol argentino tiene una diferencia con respecto a la anterior. La próxima

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