No necesitábamos que las protestas recientes en Francia fueran en octubre para sentir una suerte de déjà vu mirando las impactantes escenas de enfrentamiento y violencia. Sin embargo, la tan precisa coincidencia de fechas ha hecho aún más visibles las semejanzas con nuestro estallido, quizás en parte porque se trata de un mismo tipo de fenómeno, y de una misma época. Pero esto no se restringe a lo evidente: el malestar social acumulado; la agudización de la crisis educacional y el incumplimiento de las promesas de ascenso social; la expresión del descontento mediante formas particularmente violentas; la parálisis de los gobiernos de turno, sorprendidos con la magnitud de algo que no vieron venir. El parecido reside también en ciertas reacciones, apresuradas interpretaciones de políticos e intelectuales, no inspiradas por una mirada atenta de las circunstancias, sino preparadas de antemano, con premisas e hipótesis disponibles para cuando al fin calcen las piezas. Se trata de una misma prisión comprensiva que invade a quienes, hoy en Francia y ayer en Chile, ven en una crisis que pone en jaque a la institucionalidad y amenaza destruirlo todo, el momento luminoso de la liberación definitiva. Y entonces empieza la desorientación. Apoyados en una lectura maniquea del pasado, ven en las protestas una nueva fase de la lucha de los oprimidos, como si se tratara de una sola y misma historia, donde lo que conmueve es el número y la fuerza con la cual la rabia de los olvidados se expresa. Hasta el día anterior, dormidos, no había mucha compasión ni empatía; es su despertar lo que entusiasma a estos observadores benevolentes. Como parte del mismo razonamiento, ante la violencia con que se manifiesta el descontento, la reacción opera como desvío: hacia las causas detrás de ella, hacia las otras violencias no reconocidas. La violencia misma nunca es objeto de consideración relevante. Si es que tiene otras causas, hay que ir por ellas y esperar que la violencia se apague sola. Como si no tuviera su propia lógica y fuerza y, por tanto, requiriera de un abordaje propio. Eso es lo que parece volver sospechosa o ilegítima cualquier acción que busque contenerla. Si acaso la violencia está en todos lados, la represión del Estado terminará por revelarse como arbitrariamente selectiva. Ya no hay cómo justificarla. Un video de las protestas francesas circuló masivamente estos días. En la escena, una activista feminista y experta en género responde al relato de una mujer que fue amenazada junto a su hijo de ser violada por resistir el saqueo de la tienda comercial de su edificio, diciendo que sería un “daño colateral”. Aclaró luego que con esa afirmación no quería minimizar el hecho, sino afirmar que este no tenía nada que ver con la movilización. Otra vez el desvío. No importa la persona afectada por algún abuso, sino defender la legitimidad de la movilización. Esa es la verdadera causa. Y como han reconocido en Chile figuras como el diputado Jaime Bassa, esa movilización ha sido siempre con violencia. Una especie de rasgo inevitable que, ejercido por los buenos, debe ser asumida. Nada de esto es nuevo. En su reconstrucción de la Revolución Francesa, la filósofa Hannah Arendt describe la perdición de esa empresa cuando se identifican completamente liberación y violencia. Es el momento en que la política deja de tratarse del desafío de vivir juntos, para convertirse en instancia de resolución definitiva del padecimiento de las mayorías. Su estado es intolerable no solo por su pobreza, sino sobre todo por la injusticia de su situación, fijada por dominadores que no quieren renunciar a su poder. En ese cuadro, dice Arendt, es que se monta la tragedia: la violencia se vuelve inevitable, irresistible y legítima. En ese dilema está parte de las izquierdas en el mundo, creyendo que las mueve la dureza de la vida de tantos, cuando las inspira en verdad que la realidad al fin coincida con sus categorías y que ellas puedan conducir la tan anhelada revuelta.
No necesitábamos que las protestas recientes en Francia fueran en octubre para sentir una suerte de déjà vu mirando las



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