A los 89 años, después de haber burlado durante más de una década y media a una de las fuerzas policiales más poderosas del mundo, James “Whitey” Bulger parecía protagonizar el último capítulo de su historia. Había sido condenado a pasar el resto de su vida tras las rejas, lejos de las calles de Boston donde construyó un imperio de apuestas ilegales, extorsiones y asesinatos. Pero el encierro no lo protegió de la violencia que él mismo convirtió en una herramienta de poder. El 30 de octubre de 2018 , menos de 24 horas después de llegar a una prisión federal de máxima seguridad en Virginia Occidental, el antiguo jefe de la banda fue encontrado muerto en su celda. Tenía graves lesiones en la cabeza y el rostro. La investigación determinó que terminó golpeado brutalmente por otros reclusos . Uno de los hombres señalados por el ataque era un asesino vinculado a la mafia que cumplía cadena perpetua. La escena tenía una crudeza casi simbólica: el hombre que durante años decidió quién podía vivir y quién morir en el submundo criminal terminaba convertido en víctima dentro de una cárcel. Sin embargo, la explicación de su final no se agota en una venganza entre delincuentes. Para entender por qué llegó a ser uno de los criminales más temidos de Estados Unidos hay que regresar a los barrios obreros de Boston, a los pactos clandestinos con el FBI y a una carrera en la que la traición fue tan decisiva como las balas. El chico malo de South Boston James Joseph Bulger nació el 3 de septiembre de 1929 en Boston, Massachusetts, en una familia de ascendencia irlandesa. Creció en South Boston, un barrio de fuerte identidad comunitaria, donde las redes familiares, los códigos de pertenencia y las lealtades locales podían funcionar como una protección. Su familia no siguió un único camino. Uno de sus hermanos, William Bulger, desarrollaría una carrera política y llegaría a ocupar posiciones de enorme influencia en Massachusetts. James, en cambio, encontró temprano su lugar en la delincuencia. Desde la adolescencia acumuló detenciones por robos, agresiones y otros delitos. Su primer arresto se produjo cuando tenía 14 años y terminó en un reformatorio. Durante un período sirvió en la Fuerza Aérea estadounidense, entre 1948 y 1952 , pero esa experiencia no lo apartó del mundo criminal. En la década de 1950 participó en robos y asaltos a bancos. Fue detenido en 1956 y recibió una condena federal que lo llevó por distintas prisiones, entre ellas Alcatraz, la célebre cárcel de la isla de San Francisco. Recuperó la libertad en 1965, después de cumplir alrededor de nueve años. La prisión no lo reformó. Cuando volvió a Boston tenía experiencia, contactos y una reputación que podía convertir en capital dentro del negocio ilegal. En vez de abandonar el delito, se incorporó a una estructura criminal que pronto se volvería una de las organizaciones más temidas de la región. El apodo “Whitey” , que aludía a su cabello claro, terminaría asociado a una figura mucho más oscura: un hombre capaz de combinar una apariencia relativamente discreta con una brutalidad que sus rivales conocían demasiado bien. El ascenso en la banda de Winter Hill La organización Winter Hill Gang –célebre en el crimen organizado de origen irlandés-estadounidense con base en ese barrio- operaba principalmente en el área de Boston y tenía su base histórica en Somerville, una ciudad vecina. Su nombre quedó ligado a una red de delincuentes que obtenía ganancias mediante apuestas ilegales, extorsiones, préstamos usurarios, tráfico de drogas y otros negocios clandestinos. Bulger no llegó a la cima de inmediato. Durante años se movió dentro de ese ambiente, aprendiendo a negociar, intimidar y eliminar obstáculos. Su oportunidad decisiva apareció a fines de la década de 1970, cuando Howie Winter, el jefe, y otros integrantes quedaron comprometidos judicialmente por una trama de apuestas hípicas. La caída de Winter abrió el camino para que Bulger y su socio Stephen “Stevie” Flemmi consolidaran el control. En los barrios donde actuaba, su nombre podía bastar para que alguien aceptara una exigencia o desistiera de enfrentarlo. La violencia no era un elemento secundario de sus negocios. Formaba parte del mecanismo con el que imponía disciplina, castigaba deslealtades y despejaba el camino a sus intereses. Las investigaciones posteriores lo vincularon con numerosos homicidios, algunos cometidos para impedir que antiguos asociados colaboraran con la policía. En el mundo de Bulger, la sospecha de una traición podía resultar tan peligrosa como una rivalidad comercial. Los hombres que conocían sus secretos podían convertirse en testigos incómodos; los que amenazaban con hablar, en objetivos. La organización no se sostenía solamente por el dinero que generaba , sino por la certeza de que desobedecer podía tener consecuencias irreversibles. Pero el instrumento que le permitió prolongar su dominio durante años no fue únicamente la intimidación. Una de las mayores paradojas de su carrera fue que, mientras dirigía actividades criminales, también mantenía una relación clandestina con la institución encargada de perseguir a hombres como él. El informante que jugaba para dos bandos En 1975, el agente del FBI John Connolly tomó a Bulger como informante confidencial. La operación se desarrolló en el marco de la ofensiva federal contra la mafia italiana y otras organizaciones criminales de la región. Él podía aportar datos sobre sus rivales, y esa información resultaba valiosa para los investigadores. La lógica era perversa: el FBI obtenía información para golpear a organizaciones rivales y Bulger conseguía margen de maniobra para fortalecer la suya. En lugar de limitar sus delitos, el vínculo con la agencia contribuyó a que durante años pudiera actuar con una impunidad extraordinaria. Connolly, que había crecido en el mismo entorno de Boston y conocía a Bulger desde joven, fue una pieza central de esa relación. Las investigaciones concluyeron que lo alertó sobre movimientos de las autoridades y le permitió anticiparse a medidas que podían conducir a su detención. También se estableció que la corrupción de funcionarios había comprometido la capacidad de los investigadores para actuar contra él. La información sobre su condición de informante empezó a circular públicamente a fines de los años ochenta. En 1988, una investigación periodística del Boston Globe expuso el vínculo con el FBI. La revelación no terminó de inmediato con la protección de la que disfrutaba. Bulger siguió operando, mientras la trama de complicidades continuaba proyectando sombras sobre las investigaciones. La fuga: 16 años fuera del alcance de la ley A comienzos de la década de 1990, el cerco judicial empezó a estrecharse. Las autoridades estatales y federales avanzaban sobre la estructura de Winter Hill y preparaban acusaciones que amenazaban con terminar con la libertad de su jefe. En 1994, Connolly le advirtió que se aproximaba una operación policial. Bulger comprendió que el tiempo de la protección se agotaba y desapareció. En enero de 1995 fue acusado formalmente por delitos vinculados con el crimen organizado. Pero cuando los investigadores fueron a buscarlo, ya no estaba. Había dejado Boston y comenzaba una fuga que se extendería durante más de 16 años. Su compañera Catherine Greig estuvo a su lado durante buena parte de ese período. El caso se convirtió en una de las grandes persecuciones criminales de Estados Unidos. Bulger ingresó en la lista de los diez fugitivos más buscados del FBI. En 2000, después de la captura de Osama bin Laden, llegó a ocupar el primer lugar de esa nómina. La recompensa por información que permitiera localizarlo fue elevada a dos millones de dólares. La fuga también tuvo consecuencias para quienes facilitaron su impunidad. Connolly fue procesado por su relación con Bulger y condenado a una larga pena de prisión. La caída de Bulger llegó finalmente en California. El 22 de junio de 2011, agentes federales lo localizaron en un departamento de Santa Mónica, cerca de Los Ángeles. Tenía 81 años y vivía bajo una identidad discreta junto a Greig, también detenida. El juicio que terminó con el mito El proceso federal comenzó en Boston en junio de 2013. Bulger tenía 83 años y enfrentaba cargos por asesinatos, extorsión, tráfico de drogas y otros delitos. La acusación reconstruyó el funcionamiento de su organización y expuso el papel que desempeñó en una serie de homicidios cometidos durante los años de su dominio. Para los familiares de las víctimas, el proceso representaba una oportunidad largamente esperada: durante años vieron cómo el acusado evitaba a la Justicia protegido por sus contactos. Bulger no se presentó como un hombre dispuesto a reconocer sus actos. Su defensa cuestionó aspectos de la acusación y negó que hubiera sido un informante del FBI en los términos sostenidos por los fiscales. Él tampoco declaró en el juicio. El 12 de agosto de 2013, el jurado lo declaró culpable de 31 de los 32 cargos por los que fue juzgado. Entre los delitos probados figuraban su participación en 11 asesinatos, además de actividades de crimen organizado, extorsión y tráfico de drogas. Recibió dos cadenas perpetuas consecutivas , además de una pena adicional. El mensaje judicial era inequívoco: moriría en prisión. A los 83 años, el antiguo jefe de Winter Hill perdió la libertad y ya no contaba con los recursos que durante décadas le habían permitido imponer sus propias reglas. El traslado a una celda mortal y las condenas El 29 de octubre de 2018 fue trasladado desde una prisión de Florida a la Penitenciaría Federal Hazelton, en Bruceton Mills, Virginia Occidental, una institución de alta seguridad. Llegó por la noche y fue alojado en una unidad de la prisión. No alcanzó a permanecer allí un día completo. A la mañana siguiente, las cámaras de vigilancia registraron movimientos que después serían centrales para reconstruir lo ocurrido. Dos hombres ingresaron en su celda alrededor de las 6.19 horas y salieron unos minutos más tarde. Cuando el personal penitenciario lo encontró, cerca de las 8.20, estaba inconsciente y presentaba lesiones visibles en la cabeza y el rostro. Fue declarado muerto a las 9.04. Tenía 89 años. Las primeras informaciones apuntaron a Fotios “Freddy” Geas , un antiguo sicario de la mafia que cumplía cadena perpetua por otros asesinatos. Tenía vínculos con el mundo mafioso y, según la investigación, podía considerar a Bulger un traidor por haber colaborado con el FBI. Paul DeCologero , otro recluso, también fue señalado por su participación en el ataque. La causa avanzó durante los años siguientes. En agosto de 2022, la fiscalía federal anunció la imputación de Geas, DeCologero y Sean McKinnon por delitos vinculados con el homicidio y su encubrimiento. Los tres quedaron bajo sospecha por distintos roles, aunque no se les atribuyó idéntica responsabilidad. En septiembre de 2024, Geas se declaró culpable de homicidio voluntario en el marco de un acuerdo judicial que descartó cargos más graves que podían exponerlo a una nueva condena perpetua. Fue sentenciado a 25 años adicionales de prisión por la muerte de Bulger. DeCologero recibió 51 meses de prisión por su participación en el caso. McKinnon, por su parte, una condena equivalente al tiempo que ya había permanecido detenido, después de declararse culpable de mentir a los investigadores, en un ambiente mafioso donde quedó más que demostrado que la traición era cosa de todos los días.
A los 89 años, después de haber burlado durante más de una década y media a una de las fuerzas policiales más poderosas




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