En las presentaciones que he tenido de mi libro Las luciérnagas , he charlado con vendedores de varias editoriales. De manera reiterada me comentan que la industria editorial mexicana enfrenta un desafío que no termina en la imprenta: conseguir que los libros lleguen a más puntos. Por eso decidí echarme un clavado en los datos de una industria que tan generosamente me ha abierto las puertas. En su estudio del sector privado de 2024-2025, la Caniem contabilizó 246 editoriales. En 2025, las ventas de libros impresos alcanzaron 79.3 millones de ejemplares, una caída anual de 2.6% respecto al año anterior. Aunque la facturación total aumentó 5% en términos nominales, el crecimiento real fue de apenas 0.3%. Es decir, facturar más no significó colocar más libros, sino subir los precios. Estas cifras obligan a examinar las condiciones en que la oferta editorial encuentra lectores. Las librerías son decisivas no solo porque canalizan 27.2% de los ejemplares vendidos sino también porque seleccionan, recomiendan y permiten descubrir autores. En la Ciudad de México, el Sistema de Información Cultural registra 395 librerías y puntos de venta generales (esto es, comercios que además de libros venden otros productos, como café y alimentos). Al relacionarlos con los 9 millones 200 mil habitantes del Censo 2020 del Inegi (sin contar la población flotante diaria), resulta que hay 4.3 librerías por cada cien mil habitantes. El promedio, además, oculta una concentración considerable. Según el conteo territorial, Cuauhtémoc reúne 168 registros; Coyoacán, 45; Benito Juárez, 37, y Miguel Hidalgo, 31. Juntas concentran 71.1% de los puntos de venta. Así, la posibilidad de encontrarse cotidianamente con una librería tiene una geografía muy específica. Aún hay más: la diferencia se vuelve más clara al comparar habitantes. Cuauhtémoc registra un punto de venta por cada 3,249 residentes. En cambio, Iztapalapa, con apenas 14 establecimientos, uno por cada 131,106. Y hay datos más preocupantes: Tláhuac y La Magdalena Contreras tienen un registro cada una; Milpa Alta no registra una sola librería. La cantidad de puntos de venta tampoco permite calificar la riqueza cultural de una comunidad, eso lo tengo claro, pero lo que sí muestra el registro es una distribución profundamente desigual de la infraestructura que facilita el acceso al libro. Si comprar un libro exige organizar un viaje, entonces disminuyen las oportunidades del encuentro espontáneo. De ahí que el ecosistema de las librerías deba incorporarse a la discusión sobre desarrollo urbano, junto con la movilidad y los espacios públicos. Agrego una dificultad, la comercial, porque abrir donde todavía no existe una clientela consolidada implica asumir riesgos que una pequeña librería difícilmente puede absorber sola. La rentabilidad del establecimiento y su contribución al barrio pueden fortalecerse juntas, siempre y cuando exista un apoyo que favorezca proyectos viables. Una posible solución es que las políticas públicas se enfoquen en facilitar locales para proyectos libreros de iniciativa privada en zonas desatendidas, vincularlos con escuelas y bibliotecas, y respaldar actividades de mediación lectora. La Ciudad de México concentra editoriales, ferias y grandes librerías, pero ofrece oportunidades culturales muy distintas, según el domicilio. Para el gobierno de Clara Brugada, el desafío consiste en convertir la abundancia editorial en una presencia cotidiana más extendida.
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