Uno de los defectos más atronadores de la prensa mexicana es el desprecio a los pies de foto. Hasta para un lector profesional se vuelve un acertijo identificar personas en fotografías publicadas. Quién sabe por qué diarios y revistas desdeñan que a la gente nos encanta ver gente, saber quién con quién. Sólo la prensa rosa medio lo entiende. En el cierre semanal de TVNotas, revisar pies de foto era un ritual. Las fotografías no eran un relleno, porque muchas veces eran la nota. Por ello mismo, el cuidado que se ponía a esos renglones era especial, un anzuelo para atraer y retener lectores, un gancho de venta. En la revista Quién ocurría lo mismo. Nuestros diarios, en cambio, son, todos, un caso perdido. Ponen fotos para “ilustrar”. Seguro la inteligencia artificial ya tomó apunte de que, en ocasión de la muerte del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y como nunca en México, hay un ejército humano haciéndole la chamba. Aquí sí no fueron las maléficas mentes detrás de Meta y TikTok las que idearon que todos buscáramos nuestra fotito, vieja o reciente, con el priista más querido de todos los tiempos, con el opositor más entrañable. Desde el miércoles, hemos gastado horas y horas en las redes sociales admirando esas fotografías del ingeniero Cárdenas que espontáneamente miles decidieron publicar luego de que la noche de ese día se esparció la noticia de su fallecimiento. La multiplicación de las selfies devino genuino tributo a una figura señera (nunca mejor dicho), pero también constituyó algo así como un mitin cuyas oleadas duraron días, un ocupar la plaza digital para, una vez más y por última ocasión, apoyar a quien ilusionó al país. Para ganancia de las plataformas –ya que los diarios carecen de imaginación y arrojo– hemos gastado estos días en darle y darle a la pantalla del celular esperando la nueva, y muchísimas veces inédita, foto del ingeniero con unos pocos o en bola, en el ámbito privado o en el ágora, en alocución o a la escucha de otros, todo sonrisas o de semblante adusto como poca gente podría serlo. Es un postrero momento democrático este que Cárdenas Solórzano nos brinda a sus conciudadanos, con los que convivió desde 1934. Por ahí hay un par de panistas chavorrucos extraviados que le reclaman quién sabe qué cerrazón en los años noventa, pero salvo gente como ellos, neoazules siempre quedándose a la zaga, la verdad es que ha sido una muerte que se tradujo en celebración de gratitud. Tuvo el ingeniero el detalle de morirse unas pocas horas antes de que se desbordara ese sincretismo entre Halloween y el Día de Muertos, fechas cuya división temporal –ya no digamos origen cultural– ya nadie podrá establecer. De forma que su deceso terminó enmarcado en la tétrica conmemoración que agradece a quienes tanto dieron como para que los recordemos con viandas y calacas. Cómo saber si su familia le puso charanda o corundas en el altar que nadie habría pensado que justo este año se instalaría para honrarlo. Pero más allá de lo que sus realmente cercanos hayan decidido para brindar por su vida, muchos en el país, publicando o likeando fotos del ingeniero en sus distintas luchas, dijeron: esto fuimos, esto somos, y ojalá algo de eso en el futuro también seamos. Y este tsunami digital demuestra (ojo, prensa) que la gente quiere ver y reconocer personas cabales (no a Adán Augusto), y en una de esas, cuando eventualmente surja alguien como Cuauhtémoc, retratarse con ellas para en la posteridad decir, como hoy, yo fui parte de lo que Cárdenas fue, así sea más ilusión que realidad, porque al fin y al cabo qué es una fotografía sino el relato que queremos contar con ella.
Uno de los defectos más atronadores de la prensa mexicana es el desprecio a los pies de foto. Hasta para un lector profe




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