Mientras usted lee estas líneas, cerca de 159 millones de brasileños están convocados a las urnas para decidir, en segunda vuelta, si Luiz Inácio Lula da Silva obtiene un nuevo mandato o si la presidencia regresa a la derecha de la mano del senador Flávio Bolsonaro , hijo del expresidente, preso e inhabilitado tras la condena por la trama golpista que siguió a su derrota de 2022. Las encuestas llegan a esta jornada sin definiciones claras . La última medición de la firma Quaest otorga 45 por ciento a Bolsonaro y 44 por ciento a Lula, una diferencia que está dentro del margen de error. Hace dos semanas, las mismas casas daban al opositor ventajas de cuatro y hasta seis puntos; la recta final estrechó la carrera hasta el empate técnico. Los mercados de predicción , en cambio, no ven un volado. En Polymarket , donde se han cruzado apuestas por más de 190 millones de dólares, Bolsonaro aparece con 78 por ciento de probabilidades de triunfo, y en Kalshi la lectura es casi idéntica. La brecha entre ambos instrumentos tiene explicación. Las encuestas fotografían intenciones declaradas; los mercados incorporan además el impulso de la primera vuelta, en la que el hijo del expresidente superó con claridad lo que le atribuían los sondeos. Gane quien gane hoy, Brasil es apenas la primera escala de una secuencia electoral de seis meses que puede redibujar el mapa político de Occidente. La segunda escala está en España . El 29 de noviembre habrá elecciones generales anticipadas y el promedio de 16 casas encuestadoras coloca al Partido Popular con 31.7 por ciento, al PSOE de Pedro Sánchez con 26.8 y a Vox con 18.7. Las proyecciones de escaños dan a la suma de los dos partidos de derecha alrededor de 204 diputados, muy por encima de los 176 que marcan la mayoría absoluta. El dato más revelador es la composición del movimiento, pues Vox es la fuerza que más crece y habría captado 1.7 millones de votos que antes eran del PP. La tercera escala es Francia , con primera vuelta el 18 de abril y definición el 2 de mayo de 2027. Marine Le Pen recuperó en julio la elegibilidad que había perdido tras su condena en primera instancia y los sondeos de octubre la colocan en 35 por ciento de la intención de voto inicial, con ventaja en todos los escenarios de segunda vuelta que se han medido, incluido un 68 contra 32 frente al izquierdista Jean-Luc Mélenchon . Los disturbios que incendiaron ciudades francesas desde el 17 de octubre, lejos de debilitarla, consolidaron su imagen como la voz del orden. En medio de esa secuencia hay una elección que apunta en sentido contrario y conviene no perder de vista. El 3 de noviembre, Estados Unidos renovará la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, donde los republicanos defienden mayorías de 220 contra 215 y de 53 contra 47 respectivamente. Los promedios de encuestas dan a los demócratas ventajas de entre 5 y 12 puntos en la preferencia nacional, los modelos de Decision Desk les asignan 77 por ciento de probabilidad de ganar la Cámara baja y la aprobación de Donald Trump ronda 33 por ciento. La aparente paradoja confirma la regla . El péndulo no premia una ideología, castiga a quien gobierna cuando el bolsillo aprieta . Y en Estados Unidos quien gobierna es la derecha. América Latina ya recorrió buena parte de este camino . Javier Milei ganó en Argentina en 2023 y ratificó su fuerza en las legislativas de octubre pasado. Daniel Noboa fue reelecto en Ecuador. Rodrigo Paz cerró en Bolivia dos décadas de hegemonía del MAS. José Antonio Kast se impuso en el balotaje chileno de diciembre y Nasry Asfura en Honduras. Este año, Keiko Fujimori ganó la presidencia de Perú en su cuarto intento, con 50.1 por ciento contra 49.9 de Roberto Sánchez, y Abelardo de la Espriella se impuso en Colombia por poco más de 250 mil votos sobre Iván Cepeda, tras un reconteo impugnado. Las excepciones son Uruguay , donde la izquierda de Yamandú Orsi retuvo el gobierno, y México . The Economist dedica su portada de esta semana a las consecuencias de este reacomodo . El semanario evoca al periodista George Dangerfield y “la extraña muerte de la Inglaterra liberal”, escrita sobre los años previos a la Primera Guerra Mundial, para advertir que el centro político europeo podría correr una suerte parecida. Su diagnóstico es que la revuelta en las calles francesas no es un conflicto de raza ni de religión, sino de costo de la vida y servicios públicos deteriorados, agravado por un hecho de fondo. Los gobiernos ya no tienen dinero para comprar la paz social . Macron pudo desactivar a los chalecos amarillos en 2018 con miles de millones de euros; hoy Francia crece 1 por ciento, carga un déficit fiscal de 5 por ciento del PIB y paga sobretasas en sus bonos que recuerdan la crisis del euro. Más de 80 por ciento de los franceses se declara pesimista sobre su futuro. Si el centro se derrumba, anticipa la revista, vendrán una Unión Europea paralizada, riesgo de contagio financiero y un Vladimir Putin envalentonado . Un entorno global complejo y amenazante. ¿Y México? Nuestro país va, por ahora, en contra del ciclo. Claudia Sheinbaum conserva niveles de aprobación que ya quisieran los gobernantes europeos, apoyados en los programas sociales y una oposición debilitada. Pero la lección de esta temporada electoral es que ningún péndulo está quieto para siempre. La paz social cuesta dinero y las finanzas públicas mexicanas tienen márgenes cada vez más estrechos ; el primer termómetro propio llegará en las intermedias de 2027. Hay, además, un dato geopolítico que debe registrarse. Si la secuencia se cumple, el gobierno mexicano negociará la revisión del T-MEC en un entorno en donde Washington, Brasilia, Madrid y París podrían ser sedes de gobiernos de derechas de distinto cuño. Nadar a contracorriente exige el doble de brazadas. Convendría tenerlo presente.
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