Fue la villana de muchas novelas y desde que apareció en televisión en Alta comedia en 1993, atravesó decenas de ficciones, entre ellas Alén luz de luna, Ricos y famosos, Campeones, Montecristo . Celina Font nunca dejó de actuar y, hace unos años, también se animó a mostrarse como cantante con su primer álbum, Quererte tanto. Ahora acaba de estrenar Dos patronas , un grotesco criollo contemporáneo que puede verse en El camarín de las musas, todos los domingos a las 20. En diálogo con LA NACION , la actriz cuenta cómo es hacer hoy teatro independiente, cuánto se invierte y cuánto se gana. Además, habló de su trabajo en Sagai (Sociedad Argentina para la Dirección de Actores e Intérpretes) y de cómo trabajan para que vuelva la ficción a la televisión de aire. También recordó algunos de sus personajes más queridos. — Dos patronas reflexiona sobre el vínculo entre una mujer profesional y su empleada doméstica y cómo esos lazos laborales se mezclan con los personales. ¿Qué te atrajo de la propuesta? —Fue una hermosa sorpresa cuando Vicky Hladilo, autora y directora, me invitó a participar de este proyecto porque me ha gustado mucho su trabajo y cuando leí la obra no tuve ninguna duda de que quería estar. Me divierte esta historia que se mete con estos vínculos laborales que mezclan los cuidados, porque es la relación entre una mujer profesional que va a buscar a su exempleada doméstica para que vuelva a trabajar en su casa porque su vida está patas para arriba y la necesita. Son vínculos de trabajo que se mezclan con el afecto, con la intimidad, con las relaciones interpersonales. Es una obra muy inteligente y, además, todo está abordado desde un tono de comedia, cosa que es muy compleja. —¿Qué significa hoy hacer teatro independiente? —Hice mucho teatro independiente, muy poquito comercial y algo de oficial. Teatro es lo que nos gusta hacer a los actores, lo que sabemos hacer. Para mí sigue siendo un espacio de enorme libertad y experimentación, de trabajo colectivo y de búsqueda. Y justamente hoy ese tiempo se volvió un bien difícil de conseguir porque muchos artistas necesitan priorizar trabajos que les permitan sostenerse. Cuando estrenás, hay posibilidades de empezar a tener algún tipo de retorno económico, que muchas veces es para pagar deudas. Esta obra también tiene el apoyo de ProTeatro, que es un subsidio estatal del Instituto del Teatro, que por supuesto no cubre todas las necesidades de producción. Es una ayuda, pero necesitás muchísimo más para poder montar una obra de teatro independiente con los recursos básicos. —¿Es por amor al arte entonces? —Entre comillas, sí. Y sin duda hay mucho amor y hay mucho arte. Claramente implica muchísima inversión, pero también hay obras que logran tener recorridos más amplios en el teatro independiente y hay muchos ejemplos de algunas que perduran por años y terminan haciendo una diferencia para sus intérpretes. Hoy por hoy, más que nunca, actuar en teatro independiente requiere que tengas otros ingresos también; no podés vivir exclusivamente de eso. Y, sobre todo, tiene que ver con una necesidad de defender tu identidad como artista. Por otra parte, el teatro independiente permite un tipo de exploración que, a veces, el teatro oficial o el teatro comercial no tiene porque no da el tiempo. —¿Están conformes con la obra? — Es un espectáculo que realmente nos da mucho orgullo y estamos disfrutando muchísimo con estos compañeros divinos que me tocaron en suerte. Hay un gran trabajo en equipo. Siento que todavía tengo muchísimo por explorar como actriz y me siguen interesando especialmente los personajes complejos, las mujeres con una historia propia, con contradicciones, luces y sombras, y las propuestas que me permitan seguir explorando lenguajes. “Hay varias cosas dando vueltas” —¿Y vos tenés otros proyectos? —Saqué un disco hace un tiempito, Quererte tanto, y lo estuve mostrando y presentando, lo que me da muchísimo orgullo porque es el fruto de un montón de esfuerzo y de amor. Seguí tocando hasta mayo y voy a retomar el año que viene con otro proyecto musical, pero más vinculado al teatro. Lo estamos preparando con Guillermo Hermida, que lo va a dirigir. Estuvimos escribiendo el texto y ahora estamos trabajando con la música que va a formar parte de ese espectáculo, que es un unipersonal. Y, por otro lado, hace poquito estrené Vientre ajeno , una ficción vertical que me gustó mucho poder hacer y que me permitió volver, un poco, a mis orígenes de villana [risas]. Y estoy preparándome para el rodaje de la nueva película de Guadalupe Yepes. Estoy contenta porque hay varias cosas dando vueltas. —No es nuevo lo de la música, pero recién te animaste a mostrarlo hace muy poco tiempo, ¿por qué? -Es una relación cíclica la que tengo con la música. Mi actividad principal siempre fue la actuación y la música fue paralela y por momentos se cruzaron. Cuando saqué el disco, fue el momento de mostrar lo que hacía. Tenía el tiempo y la energía y el amor que eso requiere. Y también fue una forma de presentarlo en sociedad porque hasta ese momento lo había mantenido casi en secreto (risas). La música siempre me acompañó y hace poco lo di a conocer y voy a seguir. Son facetas dentro de la actividad que desarrollo y con las que me muestro de manera cíclica. Entonces, siempre que actúo mucho, empiezo a extrañar el canto. View this post on Instagram —¿Todo lo que hacés tiene que ver con el arte? —Sí, yo siento que todo gravita alrededor de mi actriz y que es el hilo que me organiza. Ahora, tengo ganas de volver a escribir, por ejemplo. Hace unos años escribí una película con Marcos Carnevale y que él dirigió: No soy tu mami . —Decís que la actriz te organiza, ¿cuándo empezaste a actuar? —Estaba estudiando Bellas Artes y una muy amiga que estudiaba conmigo me comentó que estaba haciendo un taller de teatro con Carlos Gandolfo. Y no me lo olvido más porque escuché su nombre y sentí algo fuerte; yo no tenía ni idea de lo que hacía, pero tuve una intuición y creo que no pasaron ni tres días que ya me había inscrito en el taller con Gandolfo. Y seguí estudiando Bellas Artes de manera paralela; me faltaron muy poquitas materias para terminar porque entendí que mi camino era la actuación y que era una actriz que pintaba. —¿Seguís pintando? —No, ya no. Retomé algo de mi interés por lo visual años más tarde cuando estudié cine porque también de muy jovencita había estudiado un poquito de fotografía. Entonces, cuando estudié cine se me resignificó todo el aprendizaje que había hecho en Bellas Artes, ya con imágenes en movimiento. Villanas despechadas —¿Cuál fue la primera ficción que hiciste? —Algún capítulo de Alta comedia . Alguna cosita en algún cortometraje. Un personaje en Los Machos . Pero mi primera oportunidad fuerte fue con Alén luz de luna . Fue como la primera vez que firmé un contrato y me fui a vivir a San Martín de los Andes por un tiempo. —Fuiste la villana de esa novela y de muchas otras. ¿Qué novela o qué personaje recordás con más cariño? —Hablamos de otra televisión, otro tipo de personajes femeninos, donde la mala era muy mala y la buena era muy buena. En Alén luz de luna era una mujer despechada, entre comillas. Y, sin dudas, recuerdo el personaje que hice en Campeones , que se llamaba Griselda. —¿Cómo era? —Era como una botinera-manager de su joven novio boxeador. Terminó muy mal la pobre Griselda, pero fue un personaje que tuvo muchísimo impacto en el público. Y también recuerdo a la alcohólica que interpreté en 099 Central , que tenía arrojos de despechada. Se usaban mucho esos personajes en esa época: la despechada. Disfruté mucho y después aparecieron otros tipos de personajes... Por ejemplo, Montecristo ya pertenece a una nueva generación de novelas, con una estructura más moderna y no tan culebrón. Ahí hice un personaje lindo y complejo que tenía diferentes capas porque arrancaba medio mafiosa y terminaba más sufrida. Me gustaba mucho el clima que transmitía esa ficción que trataba temas muy fuertes como identidades de bebés apropiados en la dictadura militar y lo que pasaba con esos bebés cuando eran adultos. Era una ficción diferente, más sofisticada, más moderna. También estuve en Pequeña Victoria, que se metió mucho con el tema de las maternidades. —Sos parte de Sagai, ¿cuál es tu trabajo? —Soy vocal y también formo parte de la comisión de género. Además de trabajar en la protección de los derechos de propiedad intelectual de los intérpretes, hoy estamos muy involucrados en impulsar la recuperación de la ficción argentina. Porque, como siempre decimos, no hay derechos que proteger si no hay trabajo. La semana pasada hicimos un encuentro que se llamó “La ficción se pregunta” y estuvieron Adrián Suar, Carlos Rottemberg, Marcos Carnevale, Pablo Echarri y Vanessa Ragone. Es el primer encuentro de muchos que vendrán y la idea es buscar los resortes necesarios para poder reactivar la ficción que fue siempre muy fuerte en Argentina y que tiene que volver. Hay que generar acuerdos y consensos para que esto vuelva a ocurrir, porque es una pena realmente. De su hijo adolescente a sus años en Ecuador —Se sabe poco de tu vida privada, ¿tenés familia? —Sí, tengo un hijo adolescente, Felipe, que está haciendo sus últimos años en la secundaria; muy amado. Y no tengo pareja en este momento. —Viviste algunos años en Ecuador, ¿qué podés contar de esa experiencia? —Nací en Rosario y en 1981 nos fuimos a Guayaquil con mis padres y mi hermano por un ofrecimiento de trabajo que le hicieron a mi mamá. Estuvimos tres años y volvimos cuando ya había democracia, en 1985, en plena primavera alfonsinista. Yo era adolescente y recuerdo que había un gran estímulo, un reverdecer artístico maravilloso y un clima de apertura y efervescencia cultural. Sin duda, eso me alimentó mucho el deseo artístico que ya tenía, pero que no estaba muy configurado todavía. —¿Tus padres tienen que ver con el mundo artístico? —Nada que ver. Mi mamá es arqueóloga y mi papá era comerciante de maderas.
—Era como una botinera-manager de su joven novio boxeador. Terminó muy mal la pobre Griselda, pero fue un personaje que






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