Lula ganó las elecciones y los mercados perdieron parte de su apuesta. La remontada del presidente brasileño frente a Flávio Bolsonaro obligó a corregir expectativas construidas alrededor de un cambio de gobierno. En México, en cambio, el resultado abrió la posibilidad de retomar los proyectos entre Pemex y Petrobras. Entre la inquietud financiera y el entusiasmo diplomático aparece una pregunta que sirve para ambos países: cuánto puede cambiar una elección cuando las restricciones económicas siguen siendo las mismas. La victoria de Lula mostró que su conexión con el electorado sigue siendo un activo que no puede darse por agotado. Después de terminar por debajo de Flávio en la primera vuelta, consiguió revertir el resultado y asegurar un cuarto mandato. No es cualquier presidente ni cualquier trayectoria. Pero tampoco gobernará el mismo Brasil de sus primeros años en el poder, y la experiencia no elimina las dificultades de las cuentas públicas ni las negociaciones con un Congreso fortalecido a la derecha. La reacción de los mercados refleja esa preocupación. El avance de Flávio había alimentado expectativas de reformas favorables al mercado y de un ajuste fiscal más contundente. Con el triunfo de Lula, las acciones brasileñas cayeron y el Tesoro canceló dos subastas de bonos previstas para esa semana. La corrección importa, por supuesto, pero no debe confundirse con un diagnóstico definitivo de los próximos cuatro años. En entrevista para Al Sonar la Campana este lunes, Adriana Dupita, analista de Bloomberg Economics, me planteó un matiz importante las diferencias en política económica entre Lula y Bolsonaro podrían ser menores de lo que sugiere la polarización electoral. No porque sus proyectos sean equivalentes, sino porque cualquiera de los dos habría tenido que enfrentar un ajuste fiscal considerable. Es decir, ambos candidatos podían ofrecer caminos distintos, pero ninguno tenía la posibilidad de ignorar indefinidamente la deuda, el costo de los intereses y los compromisos de gasto. Y ambos, posiblemente, tendrían que recurrir llegado el momento a un alza de impuestos. En este contexto, la fortaleza política de Lula descansa en una promesa de protección social y mejora del ingreso. El reto entonces no será necesariamente elegir entre sostener su agenda social y dialogar con el sector privado, sino explicar cómo piensa financiar esa agenda. Para dar certidumbre, Lula tendrá que traducir sus promesas en una ruta fiscal clara y abrir una interlocución que vaya más allá de tranquilizar a los mercados después de la elección. En México, la continuidad de Lula se recibió como una oportunidad. Mientras los inversionistas recalculaban sus expectativas, Claudia Sheinbaum anunció que buscaría retomar los proyectos de cooperación entre Pemex y Petrobras. Apenas unos días antes había reconocido que el entendimiento estaba detenido por el proceso electoral brasileño. La continuidad despeja una incertidumbre política y facilita la interlocución, pero todavía no demuestra qué puede producir esa relación. El memorando firmado en junio contempla evaluar oportunidades en aguas profundas y ultraprofundas del Golfo de México, revitalización de campos maduros, reprocesamiento sísmico, refinación, petroquímica y fertilizantes. Su alcance es amplio, pero no constituye un compromiso vinculante de inversión ni crea automáticamente una sociedad entre ambas empresas. La experiencia de Petrobras puede resultar valiosa para Pemex, especialmente en exploración en aguas profundas, uno de los intereses que ha señalado la presidenta. Pero una colaboración de este tipo obliga a resolver preguntas menos vistosas que el anuncio, como qué proyectos convienen, quién aporta el capital, cómo se distribuyen los riesgos y bajo qué condiciones se recupera la inversión. Lula ganó y México conserva una interlocución favorable para avanzar. Pero el resultado electoral no resuelve las cuentas brasileñas ni las mexicanas. La afinidad entre gobiernos puede facilitar la cooperación, pero no vuelve viables los proyectos. Si México quiere aprovechar la continuidad de Lula, tendrá que convertir el entendimiento con Petrobras en algo más que una fotografía de dos petroleras estatales. Porque las urnas pueden decidir quién protagoniza la promesa, pero no cuánto costará cumplirla.
Lula ganó las elecciones y los mercados perdieron parte de su apuesta. La remontada del presidente brasileño frente a Fl




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