Después de meses de pesimismo, la economía mexicana empieza a mandar señales diferentes. Los últimos datos obligan a revisar la narrativa de estancamiento que dominó buena parte de 2026. La pregunta ya no es solamente por qué México crece poco, sino si estamos presenciando un simple rebote después de la desaceleración o el inicio de un cambio de tendencia. Los datos justifican cierto optimismo. El INEGI informó que el Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE) creció 0.6% mensual en agosto y 3.5% respecto al mismo mes del año anterior, su segundo incremento mensual consecutivo. Más importante aún es la composición: las actividades secundarias crecieron 3.6% anual y las terciarias 3.7%. Dentro de la industria, las manufacturas aumentaron 3.2% y la construcción 7.9% anual. Algo está cambiando. La recuperación está vinculada en buena medida con el sector externo. Las exportaciones han mantenido un dinamismo considerable y comienzan a transmitirse con mayor claridad hacia la producción manufacturera. Particularmente interesante es el crecimiento de las exportaciones de equipo de cómputo hacia Estados Unidos, fenómeno que puede adquirir una dimensión estratégica ante la reorganización de las cadenas norteamericanas asociadas con inteligencia artificial, centros de datos y nueva infraestructura digital. Analistas citados por El Financiero consideran que el mayor dinamismo de las exportaciones ya empieza a reflejarse en las manufacturas, al mismo tiempo que aparecen señales de recuperación de la inversión pública y privada. Sin embargo, conviene no confundir recuperación con transformación estructural. El Fondo Monetario Internacional todavía proyecta un crecimiento de apenas 1.5% para México en 2026 y 1.8% para 2027. Pero detrás de esas cifras aparece una paradoja mucho más interesante: mientras las exportaciones de bienes y servicios crecerían 8.6% este año, la inversión aumentaría solamente 0.3%, después de haber caído 6.3% en 2025. Ahí está probablemente el verdadero problema de la economía mexicana. México está exportando más, pero todavía no está invirtiendo lo suficiente para convertir ese dinamismo exportador en una nueva plataforma de crecimiento. Esta no es una distinción menor. Una economía puede experimentar varios trimestres favorables gracias al ciclo estadounidense, al tipo de cambio, a determinadas exportaciones o a la recuperación del consumo. Pero para elevar permanentemente su tasa de crecimiento necesita algo diferente: acumulación de capital, infraestructura, innovación tecnológica, financiamiento productivo y empresas dispuestas a reinvertir una proporción creciente de sus utilidades. La experiencia asiática resulta ilustrativa. Corea del Sur, China y posteriormente economías como Vietnam no se limitaron a incrementar sus exportaciones. Utilizaron el acceso a los mercados internacionales como instrumento para ampliar sus capacidades productivas nacionales. Las exportaciones generaron divisas; las divisas facilitaron la adquisición de tecnología; la tecnología elevó la productividad, y las empresas reinvirtieron una parte considerable de sus beneficios en nuevas capacidades productivas, investigación y desarrollo y proveedores nacionales. México siguió una trayectoria diferente. Desde el TLCAN construimos una formidable plataforma exportadora, pero no logramos desarrollar con la misma intensidad los encadenamientos internos que deberían acompañarla. Exportamos automóviles, electrónicos, equipo médico y, crecientemente, productos vinculados con la economía digital, pero una parte considerable de los componentes, maquinaria y tecnología necesarios para producirlos continúa siendo importada. Por eso el dato de agosto debe verse como una oportunidad, no como una llegada. La recuperación manufacturera podría convertirse en algo mucho más importante si México consigue aprovechar la reorganización productiva que está ocurriendo en América del Norte. La revisión del T-MEC, las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China y la revolución de la inteligencia artificial están obligando a las empresas a reconsiderar dónde producir semiconductores, servidores, baterías, componentes eléctricos, equipo energético y bienes intermedios. México tiene una oportunidad excepcional para capturar una parte de esa producción. Pero hacerlo requiere pasar del nearshoring pasivo al desarrollo productivo activo. Eso significa desarrollar proveedores nacionales, ampliar el crédito de largo plazo, fortalecer a NAFIN y Bancomext como instrumentos de transformación productiva, utilizar inteligentemente las compras públicas, acelerar la infraestructura energética y logística y, sobre todo, generar incentivos para que las empresas reinviertan utilidades en México. También significa reconocer una restricción fundamental: sin inversión no hay crecimiento sostenido. Incluso el FMI, tradicionalmente cuidadoso frente a las políticas industriales, señala que elevar el crecimiento potencial mexicano requiere estimular la inversión privada, cerrar brechas de infraestructura y profundizar la intermediación financiera. La OCDE llega a una conclusión semejante. Su diagnóstico para México insiste en que la recuperación de la inversión privada será gradual y que elevar el gasto que incrementa la productividad resulta indispensable para mejorar las perspectivas de crecimiento. Los próximos datos serán decisivos. Si el crecimiento industrial continúa, si las exportaciones siguen transmitiéndose hacia las manufacturas y, especialmente, si la inversión comienza a acompañarlas, podremos empezar a hablar de algo más que un rebote. Pero existe una oportunidad adicional que no deberíamos desperdiciar. México podría proponerse transformar la recuperación de 2026 en el comienzo de un nuevo ciclo de inversión 2027–2030, aprovechando simultáneamente la integración norteamericana, la sustitución regional de importaciones asiáticas y la revolución tecnológica asociada con la inteligencia artificial. El objetivo no debería ser simplemente celebrar que volvemos a crecer. Debería ser preguntarnos qué clase de crecimiento queremos construir. Porque una recuperación se convierte en desarrollo solamente cuando las exportaciones generan inversión; la inversión crea capacidad productiva; la capacidad productiva desarrolla proveedores nacionales, y éstos generan innovación, productividad y mejores salarios. Los datos recientes son una buena noticia. Pero la verdadera noticia todavía está por escribirse: si México logra transformar este rebote en una nueva trayectoria de crecimiento.
Después de meses de pesimismo, la economía mexicana empieza a mandar señales diferentes. Los últimos datos obligan a rev

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