En el viaje de regreso a Roma desde Francia (el último previo a su operación), un periodista le preguntó a León XIV si no había traspasado la frontera que separa a la Iglesia del Estado con sus alusiones al derecho a la vida y a la doctrina social católica. El Papa, entonces, recordó que cuando aborda estas cuestiones está aplicando el Evangelio a la vida de las personas. Y se diferenció explícitamente de las posiciones que pretenden que la religión debe recluirse a la esfera privada. El Papa defiende su derecho y el de los católicos a participar activamente en la vida pública. Como recuerda Hannah Arendt, para los griegos lo que constituye a la polis es la acción (praxis) y el discurso (lexis), las dos dimensiones a la par. Las proezas de los héroes aunaban acción y discurso. Homero en La Ilíada dice sobre Aquiles que era “el agente de grandes acciones y el orador de grandes palabras”. Quedaban privados de defender sus puntos de vista sobre las cuestiones comunes de la polis los esclavos, las mujeres y los extranjeros, a los que se llamaba bárbaros por cómo sonaban sus palabras ininteligibles a los oídos griegos. En distintos momentos de la modernidad la política también quiso recluir la palabra de la comunidad católica al ámbito privado. Las palabras pueden reconocer o negar a los demás, habilitar o inhabilitar las posibilidades de actuar y de hablar de los otros. “Solo la pura violencia es muda”, sentencia Arendt en La condición humana. La violencia empieza donde termina el diálogo, cuando la palabra en vez de comunicar agrede. Es notable que la reflexión sobre la IA de su primera encíclica Magnificat Humanitas lleve a León XIV a proponer como primera contribución a una civilización más humana el prestar atención a nuestras palabras. “Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra. El poder de las palabras es enorme y lo experimentamos en nuestra comunicación cotidiana, cuando alguien nos dice algo que cambia nuestro estado de ánimo, ya sea para bien o para mal. La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en el que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una importancia fundamental; debemos decir “no” a la guerra de las palabras y de las imágenes, debemos rechazar el paradigma de la guerra”. Más allá de la defensa de la justicia social que podrá herir la sensibilidad del gobierno, la prédica del Papa en Argentina seguramente se orientará también a apuntalar otra forma de hacer política, más cuidadosa de todas las personas, incluyendo a las que están en otra postura ideológica, con especial atención a los más vulnerables. Es una exigencia evangélica, previa a cualquier bifurcación ideológica, muy necesaria en nuestro país donde la tendencia a la polarización política global alcanza actualmente niveles de división y hostilidad que superan los picos más altos de nuestra histórica grieta. En su libro Metáforas de la vida cotidiana, el lingüista estadounidense George Lakoff explica cómo el discurso político busca imponer su perspectiva a través de metáforas. La metáfora bélica, de la política y de los medios, está presente también en nuestra vida cotidiana. Vivimos nuestras discusiones como una guerra y la investigación política muestra cómo se extiende en nuestro país la polarización afectiva (intentar atacar a la persona del contrincante más que echar luz sobre el tema) a las relaciones amorosas, familiares, de amistad o sociales. “Esforcémonos, ha dicho también el Papa este año, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz”.
En el viaje de regreso a Roma desde Francia (el último previo a su operación), un periodista le preguntó a León XIV si n

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