Los informes de gobierno, las glosas y las comparecencias están lejos de ser los mecanismos de rendición de cuentas que cabría esperar en una república democrática. En estos tiempos de oposición adormecida se han convertido en rituales cortesanos de complacencia y despilfarro propagandístico. Entre el protocolo rancio y las salutaciones interminables, es insólito que algún funcionario diga algo digno de comentarse. Autoelogios, lugares comunes, aplausos mecánicos y bostezos. Más lugares comunes, más aplausos y más bostezos. Eso es todo. La reciente comparecencia de Pablo Vázquez, secretario de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, rompió por un día esta monotonía. Vázquez –quien asumió el cargo en septiembre de 2023, pero formó parte del equipo de Omar García Harfuch desde 2019– afirmó que encabeza “la mejor policía del país”. Es una afirmación debatible, pero no un disparate, como lo hubiera sido antes de la transformación de la policía capitalina. Durante su comparecencia, el secretario explicó las prioridades que orientan su estrategia de seguridad, tres de las cuales me parecen especialmente importantes. Primero. Fortalecer la presencia policial en las colonias periféricas, históricamente abandonadas por las autoridades y especialmente vulnerables a la delincuencia. Segundo. Garantizar que toda mujer que pida ayuda encuentre una policía y una fiscalía que la protejan, acompañen y respalden, y combatir la impunidad en los casos de violencia de género, particularmente los feminicidios. Tercero. No eludir el combate a dos fenómenos delictivos especialmente difíciles, que muchas autoridades prefieren dejar de lado: la extorsión y la desaparición de personas. Difícilmente podría argumentarse que Vázquez defiende una política de mano dura y encarcelamiento indiscriminado, al estilo Bukele. Sus prioridades son progresistas, sin caer en el nihilismo de los abrazos. Pero más importantes que el discurso son los resultados. Uno de los más contundentes es la reducción de la percepción de inseguridad, medida mediante encuestas del INEGI, independientes de los registros oficiales de delitos. Entre septiembre de 2019 y septiembre de 2026, esta percepción disminuyó en las 16 alcaldías capitalinas. En promedio, bajó más de 20 puntos porcentuales, casi el doble que en las demás ciudades medidas por la ENSU, donde cayó 11 puntos. En 2019, tres alcaldías –Iztapalapa, Tláhuac y Cuauhtémoc– figuraban en el cuartil de mayor percepción de inseguridad del país; en 2026, ninguna. Desde luego, la percepción de inseguridad no mide directamente la calidad policial, ni estos avances pueden atribuirse exclusivamente a Vázquez. Son resultado de una estrategia iniciada en 2019 y sostenida durante tres administraciones –incluida la del propio Vázquez–. Detrás hay una transformación institucional que ha fortalecido la investigación y la inteligencia policial, mejorado la coordinación con la fiscalía y combinado presencia territorial con operaciones contra organizaciones criminales. Además de la notable disminución de los homicidios, los feminicidios también van a la baja: entre enero y septiembre de 2026 se registraron 29 víctimas, casi la mitad que en el mismo periodo de 2024. Y las capitalinas perciben una mejoría: en 2019 se sentían más inseguras que las mujeres del resto del país; hoy se sienten menos. La brecha de percepción de inseguridad entre mujeres y hombres también es menor en la capital. La trayectoria de Vázquez merece atención por su continuidad institucional. Se trata de un secretario transexenal, algo poco común en la seguridad pública mexicana. Llegó durante el gobierno de Sheinbaum, asumió la titularidad con Martí Batres y fue ratificado acertadamente por Clara Brugada. En un país donde cada gobierno suele traer a su propio jefe de policía y una nueva estrategia, esa continuidad es alentadora. La permanencia de mandos probados, como es el caso de Vázquez, permite acumular experiencia, preservar capacidades y evitar que en cada administración se empiece de cero. Esta estabilidad adquiere especial relevancia tras las políticas de austeridad y renovación de cuadros impulsadas por López Obrador, que debilitaron las capacidades profesionales de numerosas dependencias. En un país donde tantas instituciones han perdido experiencia y personal especializado, es indispensable reconocer a quienes han construido equipos sólidos y trabajan con auténtica vocación de servicio. Conozco a Pablo y me consta su compromiso con la Ciudad de México. Tiene la camiseta bien puesta. También sé que la policía capitalina carga con un pasado de abusos y corrupción que los chilangos de más edad recordamos y que tardará años en superar. Por eso reconozco el liderazgo del secretario, el empeño de su equipo y el trabajo de los miles de policías que diariamente nos cuidan. No sé si tenemos ya la mejor policía del país, pero sí una institución considerablemente mejor que la de hace siete años. Y ese avance merece reconocerse y preservarse.
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