Conocí a Cuauhtémoc Cárdenas en 1995, en casa de Lorenzo Meyer, en una comida con quienes, desde El Colegio de México, habían colaborado de alguna manera en la campaña presidencial de 1994. Al año siguiente, le hice llegar un libro que publiqué entonces y que fue muy popular entre la izquierda, Para Reconstruir México. En octubre, me invitó a desayunar con el recientemente elegido presidente del PRD, Andrés Manuel López Obrador, que tenía un ejemplar subrayado del libro, y me pidió que lo ayudara. Fui su asesor económico por cerca de un año. Ya he narrado en otra parte acerca de esa aventura. A fines de 1997, el ingeniero Cárdenas me invitó a su gobierno en Ciudad de México como coordinador general de Planeación y Desarrollo, puesto en el que me desempeñé hasta que él pidió licencia para competir en la elección presidencial del 2000. En esos días, yo estaba convencido de que lo mejor era construir una alianza con Fox para asegurar la derrota del PRI, y eso amplió la distancia con el ingeniero, que había ido creciendo durante 1999. Después de eso, creo que lo vi un par de veces en el siguiente cuarto de siglo. Gracias a Cárdenas pude conocer muy bien al PRD y sus compañeros de viaje, y aprendí cómo funciona (es un decir) la administración pública. Fui testigo de primera mano de la forma en que López Obrador le fue tendiendo la cama al ingeniero, empezando por una maniobra en la que AMLO se apropió de una bandera para toda la vida, Fobaproa, y al mismo tiempo logró que Cárdenas no tuviera dinero para su gobierno en la ciudad. Poco después de eso, López logró expulsar a Muñoz Ledo del PRD, lo que me confirmó la intuición que tenía, y que externé con Cárdenas. Recuerdo haberle preguntado si él confiaba en AMLO, y su respuesta fue de molestia conmigo. Como decía, en ese 1999 nos fuimos distanciando, aunque seguí colaborando en su gobierno. Cuauhtémoc era de finas maneras, y de pocas palabras. “El príncipe”, le apodaba Meyer. Ahora que ha muerto, muchos han celebrado esas características, y algunos han criticado que haya incurrido en el exceso: en demasiada paciencia, titubeo, moderación, que abrieron el espacio para alguien totalmente opuesto. No creo que haya duda de la posición totalmente contraria de López Obrador, de muchas palabras y pocas maneras, impaciente, explosivo y grosero. Heredero del fundador del Régimen de la Revolución, Cuauhtémoc no era un demócrata. Enfrentó a los “neoliberales” para defender el legado de su padre, ese régimen autoritario y corporativo que tanto ha dañado a México. Al hacerlo, fue parte de la ruptura que derrumbó al régimen por unos años, nos permitió experimentar la democracia, y terminó en una resurrección aún más dañina, encabezada por quien él impulsó para que pronto lo traicionara. El tiempo que pude colaborar con ese grupo me permitió entender mucho mejor al viejo régimen, y es la causa directa de Cien Años de Confusión, el libro en el que propuse una diferente interpretación del México del siglo XX, que fue popular en la derecha, pero no en la izquierda. Nunca platiqué con él al respecto, aunque supongo que no fue muy de su agrado. Yo, en cambio, estaré siempre agradecido con las oportunidades que me ofreció, que enriquecieron notablemente mi entendimiento. Como se suele decir en los libros, los errores que quedan son sólo míos. El tiempo de Cárdenas terminó en realidad a inicios de este siglo, traicionado y humillado por López Obrador, cuyo apetito por el poder ha sido infinito, como espero que ya sea claro. Quienes hoy están en el poder no son herederos de Cárdenas, son los partícipes de esa traición. Origen es destino.
Conocí a Cuauhtémoc Cárdenas en 1995, en casa de Lorenzo Meyer, en una comida con quienes, desde El Colegio de México, h




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