Ayer, al inaugurar el Simposio Global de Inversionistas del Milken Institute en la Ciudad de México, el secretario de Hacienda, Édgar Amador, resumió su mensaje en una frase. “Las cosas están mejorando para la economía de México”, dijo ante fondos e inversionistas que llegaron, varios desde Washington, a tomarle el pulso al país. No fue un acto de fe, sino de aritmética. El PIB creció 1.9 por ciento anual en el segundo trimestre. El IGAE avanzó 3.4 por ciento en julio y 3.5 en agosto, y el indicador oportuno del INEGI apunta a 3.7 por ciento en septiembre, la tasa anual más alta para un mes desde septiembre de 2023. Con los estimados, la tasa trimestral para el periodo julio-septiembre, se estima en 3.5 por ciento, y la de los nueve primeros meses del año en 1.94 por ciento. El secretario refirió un desempleo de 2.6 por ciento, mínimo histórico, exportaciones que crecen 30 por ciento en lo que va del año —con las de cómputo más que duplicadas— y una inversión extranjera directa récord de 34 mil millones de dólares en el primer semestre. Agregó que más de 83 por ciento de los envíos a Estados Unidos ya se ampara en el T-MEC, desde 50 por ciento en 2024, con un arancel efectivo promedio de 3.2 por ciento. El contraste con lo que esperaba la mayoría de los analistas es notable. En junio, el consenso de las encuestas de Banxico y de Citi México ubicaba el crecimiento de 2026 en 1.1 por ciento. La OCDE lo tenía entonces en 0.8 y apenas en septiembre lo elevó a 1.5. El camino, además, fue zigzagueante. En marzo, tras el buen cierre de 2025, el consenso había subido a 1.5 por ciento. Con la escalada arancelaria y la guerra en Medio Oriente, lo recortó de vuelta a 1.1 y desde entonces ha corregido a cuentagotas. Hoy hay bancos que hablan de cifras cercanas a 2 por ciento y nuestros cálculos, con base en el IGAE, apuntan a un cierre por arriba de ese nivel. El rango de Hacienda, de 1.8 a 2.8 por ciento, recibido en su momento con escepticismo casi unánime, luce hoy más cercano a los datos que las proyecciones de sus críticos. Quienes siguen este espacio no deberían sorprenderse. El 27 de febrero escribimos aquí que 2026 arrancaba mejor de lo previsto y que no sería extraño ver más ajustes al alza. El 8 de junio, tras conversar con el propio Amador, apuntamos que había elementos para pensar en un crecimiento mayor al proyectado. Muchos nos criticaron por tener un exceso de optimismo, sin valorar si se trataba de una mejor información. El 22 de julio señalamos que la economía “había metido segunda” y que el año podía cerrar claramente por encima del consenso. El 28 de septiembre lo pusimos en el título de esta columna: “El crecimiento de 2026 va a sorprender”. Y hace una semana estimamos que el año terminará arriba de 2 por ciento. No lo recordamos para presumir puntería, sino para plantear una pregunta que el gremio suele esquivar. ¿Quién reconoce públicamente que erró el pronóstico? En 2025 ocurrió algo parecido. La OCDE llegó a proyectar una caída de 1.3 por ciento y el FMI un retroceso de 0.3, y el año cerró con un avance de 0.8. Las correcciones llegaron después, en silencio, una décima a la vez, como si las estimaciones anteriores nunca hubieran existido. Conviene, entonces, un ejercicio de transparencia. Quien esto escribe también compartió la cautela a finales del año pasado, cuando el 2.3 por ciento puntual de Hacienda parecía tener más de voluntad que de cálculo. La diferencia no está en acertar siempre, porque nadie lo hace, sino en corregir abiertamente cuando los datos cambian. Errar un pronóstico no desacredita a nadie. Sostenerlo contra la evidencia, sí. Dicho lo anterior, al optimismo hay que ponerle su grano de sal. El cuarto trimestre enfrenta una base de comparación más alta, un canal exportador tecnológico que puede moderarse y una negociación arancelaria con Estados Unidos todavía sin definición. El petróleo arriba de 115 dólares y el repunte de la inflación a 3.6 por ciento en la primera quincena de octubre —que habría llegado a 5.2 sin los estímulos a las gasolinas, según el propio Amador— erosionan el ingreso disponible, mientras el peso opera en su nivel más débil en casi un año y Banxico, con la tasa en 6.50 por ciento, delibera si hay espacio para relajarla. Para 2027 las interrogantes crecen. La revisión del T-MEC sigue sin desenlace, los requerimientos financieros del sector público bajarán a 3.9 por ciento del PIB, lo que acota el impulso del gasto, y el ciclo de inversión en inteligencia artificial, que explica buena parte del empuje exportador, no está escrito en piedra. El consenso ve el próximo año en alrededor de 1.8 por ciento y Hacienda entre 1.9 y 2.9. El arrastre estadístico de un buen cierre de 2026 ayudará, pero cada trimestre tendrá que ganarse, pues las bases de comparación serán altas. Mañana, el INEGI publicará la estimación oportuna del PIB del tercer trimestre. Si confirma lo que anticipan los indicadores mensuales, la discusión relevante ya no será si la economía sorprendió al alza —eso es indiscutible— sino cuántos estarán dispuestos a decir, con todas sus letras, “me equivoqué”.
Ayer, al inaugurar el Simposio Global de Inversionistas del Milken Institute en la Ciudad de México, el secretario de Ha





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