Escribo desde Punta Arenas, mirando el Estrecho de Magallanes, tierra mítica, que hoy tiene el potencial para convertirse en nueva centralidad global. Lo hago en el marco del Seminario Internacional de Arquitectura, “Territorio y Futuro AUSTRAL: El Sur como proyecto”. Iniciativa de la curadora María Pilar Pinchart junto a Sergio Salazar, gracias a un proyecto Fondart con el apoyo de las Universidades del Desarrollo, Texas Arlington, y los anfitriones de la U. de Magallanes. Su valor radica en que desde el arte, la arquitectura y la ingeniería se articularon diálogos tan improbables como urgentes sobre patrimonio y derechos, conservación y paisajes extractivos, vivienda e identidad, cartografía y representación, infraestructura y energía, innovación y desarrollo territorial. Con destacados expositores arquitectos y académicos como el neerlandés y profesor de la Universidad de Tongji en China Ole Bouman, artistas nacionales y representantes de instituciones públicas y privadas como el capitán de fragata Jaime García o el gerente de Planificación de Edelemag Jorge Reyes entre otros. En mi presentación propuse que durante siglos, Magallanes fue el extremo y periferia, pero hoy comienza a ser centro -o nuevamente mitad del camino- por las paradojas de la geopolítica. Con el estrecho de Ormuz bajo ataque, y mientras el cambio climático restringe el Canal de Panamá, el tráfico por el Estrecho de Magallanes creció más de 70% en agosto y septiembre. A eso se suma el hidrógeno verde, cuyas inversiones en carpeta silencian a los agoreros de una supuesta burbuja. HNH Energy obtuvo la aprobación ambiental más cuantiosa en la historia del SEIA, por US$11 mil millones, y TotalEnergies busca invertir otros US$16 mil millones. A la logística global, hidrógeno y amoníaco verdes se suma una tercera expectativa: los data centers. El frío natural abarata el enfriamiento de servidores, el viento garantiza energía y la Fibra Óptica Austral ya nos conecta con el resto del país. Para una industria intensiva en energía, Magallanes es candidata evidente, abundan energía, agua y suelo. Los diálogos de AUSTRAL nos enseñan que en Magallanes cada bonanza dejó riqueza, pero también ciudades y comunidades que crecieron por accidente, con sacrificio y resiliencia como condición. Solo los peaks de construcción de dos proyectos de H2 podrían sumar 14 mil trabajadores. El desafío no es atraer inversión, sino prepararnos para ella. Generando un plan estratégico-territorial con escenarios de “boom o bust” que definan condiciones e incentivos; evaluando impactos acumulativos y no proyecto a proyecto; incorporando nueva oferta de vivienda e infraestructura para retener a quienes se quedarán y reparar la deuda con los locales, y que parte de la renta vuelva al territorio convertida en ciudad. Magallanes puede ser, con la Antártica a la vista, el laboratorio de un desarrollo austral distinto. Le sobra viento, pero necesita con urgencia es un plan. Por Pablo Allard , decano Facultad de Arquitectura UDD
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