En los últimos tiempos, el insulto, la descalificación y la humillación fueron ganando espacio en las redes sociales, en los medios de comunicación y en los debates públicos. La confrontación parece haberse convertido en un espectáculo que captura la atención, consigue adhesiones y se reproduce a gran velocidad. En ese escenario, disentir ya no siempre significa debatir ideas, sino, a veces, atacar a quien las sostiene. Pero el problema no es solamente comunicacional, es político, social y, sobre todo, pedagógico. Porque las formas de relacionarnos también educan; cada palabra, cada gesto y cada modo de resolver un desacuerdo transmite una idea acerca de quiénes somos, qué lugar le damos al otro y cuáles son los límites que estamos dispuestos a respetar. No podemos pedirles a los más chicos que resuelvan sus conflictos mediante el diálogo si los adultos les mostramos que el agravio es una manera legítima de imponerse. Tampoco podemos hablar de convivencia escolar como si fuera un contenido que se enseña una vez al año, en una jornada especial, y no como una construcción cotidiana que atraviesa todas las relaciones. La escuela enseña matemática, historia y ciencias; pero también enseña a convivir: lo hace cuando un docente escucha a un niño humillado, cuando una autoridad interviene o cuando alguien reconoce un error. La convivencia y el buen trato no significan evitar los conflictos ni pretender que todos pensemos igual. Educar implica formar sujetos capaces de vivir con otros, de aceptar diferencias y de construir acuerdos. En este punto, la responsabilidad de los adultos es ineludible. Las infancias y las adolescencias no aprenden solamente de nuestros consejos, sino, fundamentalmente, de lo que hacemos, de la coherencia entre nuestro decir y nuestro hacer. Si les pedimos que no denigren, pero naturalizamos el insulto en nuestras conversaciones; si les hablamos de empatía, pero ridiculizamos a quien se equivoca; si les exigimos respeto, pero descalificamos a quienes piensan distinto, el mensaje pierde valor. Una sociedad democrática tiene desacuerdos y posiciones diferentes, pero la cuestión es cómo tramitamos esas diferencias. Podemos cuestionar una idea sin destruir a quien la expresa; podemos poner límites sin humillar; podemos ejercer autoridad sin recurrir al miedo. La firmeza no necesita violencia y el respeto no exige obediencia ciega. Y esto también debería interpelar a quienes ejercen responsabilidades públicas. La palabra de quienes ocupan lugares de liderazgo tiene una dimensión que excede lo individual. Sus expresiones circulan, se reproducen y contribuyen a establecer qué comportamientos parecen aceptables en la vida colectiva. La autoridad no se sostiene únicamente en el cargo que se ocupa, sino también en la responsabilidad con que se ejerce. Liderar supone comprender que el modo de tratar al otro también habla de la sociedad que se quiere construir. A esto se suma la cultura digital, donde los algoritmos amplifican contenidos que provocan indignación, enfrentamiento y reacciones inmediatas. Los chicos y los jóvenes necesitan aprender a reconocer esas dinámicas, evaluar lo que consumen y comprender que detrás de cada interacción hay decisiones, intereses y consecuencias. Por eso, la alfabetización digital no puede limitarse a saber utilizar dispositivos, sino que debe incluir la capacidad de participar responsablemente, distinguir información de manipulación y comprender que detrás de una pantalla hay personas reales y también trolls o perfiles falsos, y saber distinguirlos. Pero ninguna herramienta tecnológica reemplaza la experiencia de ser escuchado, respetado y reconocido. Los vínculos se construyen con tiempo, presencia y palabras. Se fortalecen cuando alguien puede expresar lo que siente sin ser ridiculizado, cuando encuentra un adulto que lo orienta y cuando descubre que equivocarse no lo convierte en alguien indigno de respeto. Por eso, educar en el buen trato requiere mucho más que campañas contra el bullying o reglamentos de convivencia. Exige revisar nuestras prácticas, construir espacios donde la palabra tenga valor y enseñar a tramitar la frustración, la diferencia y el enojo sin convertirlos en agresión. Exige también que los adultos podamos revisar nuestras propias conductas y reconocer que educar no nos coloca por fuera de aquello que pretendemos enseñar. En tiempos de hostilidad, cuidar los vínculos es una tarea educativa impostergable. No porque debamos formar personas que nunca debatan, sino porque necesitamos que sean capaces de intercambiar opiniones sin deshumanizar, de disentir sin destruir y de convivir sin renunciar a sus ideas. En definitiva, una sociedad no se define solamente por los conocimientos que produce, la tecnología que desarrolla o las oportunidades que ofrece, sino también por la manera en que se tratan sus conciudadanos, especialmente sus dirigentes políticos, quienes son referentes sociales. Por lo tanto, aprender a vivir con otros es una tarea urgente y necesaria.

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